De hospital

Todo es peor cuando lleva la coletilla “de hospital”: comida de hospital, luces de hospital, café de hospital… Dicen que son lugares de pena y mal agüero, que sabes de qué manera entras, pero no como vas a salir.

Julia no está muy segura de que todo esto sea verdad. De lo único que estaba segura cuando traspasó el umbral del hospital era de su familia, una diferente que todavía se estaba formando, pero era la suya, la que ella siempre había deseado. Sabía también como iban a ser los próximos meses de su vida: duros e interminables, pero llenos de felicidad e ilusión. También conocía el cuerpo que duerme todas las noches al otro lado de la cama, pero ahora ya no está segura de nada; no sabe ni conoce nada de cómo van a ser los próximos días.

La espera es angustiosa y el minutero del reloj de pared avanza a trompicones, tan pronto no ha pasado un minuto como han pasado diez, pero a ella no le importa, continúa con la mirada disoluta y acuosa resiguiendo los bordes de las baldosas que conforman el suelo. Hasta que por fin la voz de la enfermera resuena en las anodinas paredes de la sala de espera anunciándole que todo ha sido un susto, que es una niña y que están esperándola para que vaya a conocerla.

Julia sigue sin saber nada de como va a ser su vida a partir de ahora, pero lo que sí sabe es que por fin está completa y que cuando la dicha es buena, ni el café de hospital sabe tan mal.

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Hogar

Nuestra cama es mi hogar, ese lugar único e inaccesible donde puedo ser yo misma sin descafeinar.

Las sábanas enredadas entre las piernas, arrugadas en aquellos lugares donde necesito aferrarme cada noche contigo, hablan de ti y de mí, de cuando hacemos el amor y hasta de cuando perdemos un poco la razón.

Cuentan historias de placenteros ojos en blanco, de gemidos a media voz y jadeos a media tarde, de besos secretos y palabras prohibidas. Te pueden contar cuantas tarde de lluvia nos pasamos compitiendo con el soniquete de las gotas contra la ventana, tantas, que todavía saben a poco. También pueden dar razón de los para siempre, de las muchas despedidas, como siempre entre tú y yo, pero también de los reencuentros por todo lo alto.

Pueden decir eso y mucho más porque nuestra cama es hogar y tu pecho mi parapeto.

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Sangra una vez al mes

Ella es un poco gris en su día a día. Suele limpiarse las lágrimas con sonrisas deslavazadas, llena de premura. Pero es que es así, no lo sabe evitar, y en el fondo tampoco quiere.

A su manera melancólica y romántica se acompaña la vida de soledades no compartidas.  Los cafés a medias nunca han sido sus preferidos, mejor en solitario, templados y viendo llover sobre la ciudad.

Siempre deja los recuerdos reposando y las heridas bien abiertas, sin necesidad de sanar porque todo lo quiere sentir bien, hasta que duela lo suficiente para poder dejarlo marchar.

Sangra cada mes, no solo entre las piernas, sino también por los ojos cuando se le llenan de sombras sin reclamar. Una vez al mes se queda en carne viva, expuesta con sus emociones marcadas a fuego en la cara.

Pero sigue, como seguimos todas.

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Está dentro de ti

Solo te podía ver en la distancia y a veces ni siquiera te distinguía de la marejada de fondo que siempre te acompañaba.

Eras imposible de abordar, rodeada por el nutrido grupo de satélites que formaban tu coraza.

Vivías en una burbuja, brillante y atractiva en su exterior, imposible de ignorar la magia que te envolvía.

Salvo cuando alzas el velo protector, entonces las imperfecciones te vuelven humana y real, imperfectamente perfecta en un mundo donde sobran Barbies de plástico.

Déjate caer y vencer, lucha y vuélvete a erguir.

Está dentro de ti, esperando que te atrevas a continuar: ella, de la que me enamoré cuando solo eras tú.

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Ojalá para siempre: unidas y fuertes

Hoy más que nunca somos las nietas de aquellas que murieron quemadas por luchar por sus derechos, por no conformarse y querer para sí mismas y para sus hijas un presente y un futuro mejor.

Por ellas llevamos dentro todo lo necesario para seguir levantándonos por nosotras mismas, por nuestras hijas y también por nuestros hijos, para que sean parte de una lucha que nos incumbe a todos y todas

Somos herederas de la fuerza de nuestras madres, de nuestras abuelas y todas las mujeres antes que ellas que lucharon porque fuéramos iguales que la otra mitad de la población del mundo.

Somos más de la mitad en realidad, porque somos más longevas, aunque en muchas ocasiones nos limitamos a sobrevivir cuando en nosotras nace la vida, somos vida.

Si nosotras paramos, la vida se paraliza.

Ojalá un mundo donde seamos y nos sintamos libres, donde no tengamos que mirar atrás en una calle oscura con el móvil en ristre, por si acaso.

Ojalá una sociedad donde las miradas sean limpias y no ensucien la belleza de unos cuerpos hechos para admirar.

Ojalá pronto, ojalá para siempre: unidas y fuertes.

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Retazos pasionales

Es como cuando ves a alguien besarse de verdad, con ganas, hasta casi comerse en la boca del otro.

Tienen tanta prisa y ansia que se entrelazan fuerte, lengua con legua, bebiéndose el alma por la boca.

Ellos eran de ese tipo, de los impacientes, de los que se aman tan rápido como fuerte. Sin medida.

La pasión los arrasó sin piedad, despojándolos de toda vanidad.

De jovencitos eran imparables: una fuerza de la naturaleza combinada.

Hoy son la pareja que pasea cogida con la misma fuerza de antaño por el parque, sin soltarse nunca las manos.

La memoria a ella la abandonó, pero el la conserva por los dos.

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Entre ataduras

Colaboración para Letras & Poesía


Eras como la cubierta de uno de esos vinilos de los ochenta: vistosa y llena de colores, de las que te atraen para que las acaricies sobre el plástico sin darte ni cuenta.
Solo te fijas en el colorido y en lo bien que suena la cara A del disco, para qué te ibas a fijar en la B si la A es tan sexi.
Eso fue lo que me pasó a mí, solo vi una cara de ti.
Solo vi aquello que me quisiste mostrar, y para cuando descubrí el retrato completo: ya se me habían comido los gusanos.
Porque sabes, yo te creía siempre y sin teorías, porque para mí tu palabra bastaba.
Pero no para ti, para ti yo siempre dejaba que desear:
No era lo suficiente cariñosa, ni tampoco bonita.
Me considerabas débil y fácil de controlar.
Te desesperaban mis necesidades, pero no me dejabas volar.
Me atabas bien corto, no fuera que tuviera algo que pensar.
Y aunque te cansaste pronto de mí, nunca me dejaste marchar.
Fue entonces cuando me di cuenta: la cuerda dejó de apretar y yo tuve que admitir que me hiciste desaparecer.

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La buena suerte

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Su humor hacía juego con el del cielo sobre la ciudad que no presagiaba nada bueno, y es que nunca le habían gustado los martes y aquel día era un gran martes y trece.

Como todos los días arrastraba los pies por los roñosos adoquines de una ciudad adormilada a la hora de la siesta. Se había vuelto a escabullir por la puerta de la cocina, todo hombros encorvados y miradas furtivas hacia cada esquina.

Avanzaba paso a paso, contando cada una de las baldosas que dejaba atrás y cuidando de no pisar ninguna de las rayas que dibuja la acera. En su concentración no escuchó los quejidos de su anciana madre por haberse escapado otra vez desde la casucha en la que vivían, ni tampoco se percató de la escalera abierta de par en par que acababa de atravesar hasta que fue demasiado tarde… Hoy en día los técnicos de telefonía ponen sus escalones en cualquier desafortunada parte.

Con la respiración agitada se concentró en avanzar despacio y respirar desde el pecho, como insistía su psicóloga desde hacía años. Con la mirada desenfocada y las piernas casi incapaces de sujetarle, por fin alcanzó la familiar puerta del local y pidió su habitual par de cartones.

Entre cartón y cartón, el corazón volvió a latirle con normalidad y la tarde se fue sin que nadie de los que allí estaba se dieran cuenta. Los cartones siguieron llegando y él tachando y desechando uno tras otro y otro más… Y así sin darse cuenta ese otro que vive en su interior y que rara aparecía gritó:

— ¡¡¡Bingo!!!

Y salió de allí con tres mil euros del bote en el bolsillo todavía sin tenerlo muy claro, hasta que se topó de frente con un aterciopelado gato negro con los ojos fijos en él…

Apareció al día siguiente: tirado en un callejón con la panza abierta, y el bolsillo también sin rastro del cheque.

Maldita la mala suerte que había venido por fin a llevárselo.

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Me gustas así

Me desperté con el olor de las tostadas francesas en la nariz, idénticas a aquellas que comíamos todas las mañanas en pijama en aquel verano junto a la playa.

Recuerdo muchos placeres de ese viaje y también la manera en que te estirabas cada amanecer mirando al mar. Siempre me ha gustado mirar como te mueves, con ese paso lento y desganado de genio despistado.

Me gusta observarte entre el flequillo, que te irrites porque te sientes vigilado y te vuelvas demasiado torpe hasta para ti.

Y que cuanto más torpe, más rías.

Me gustas así, porque no te escondes y puedo verte de verdad y hacía demasiado que te escondías.

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Recuerdos infantiles

Me acuerdo que estábamos a finales de agosto, en la recta final de las vacaciones de verano, pero yo seguía en las mismas que la primera semana en casa de la abuela: escondida entre los árboles frutales de la huerta de detrás de casa devorando libro tras libro. Los libros era lo único que variaba en realidad.

Mi piel seguía siendo de un blanco nuclear igual que cuando llegué de la ciudad, total, el sol no llegaba a filtrarse del todo entre las hojas de mis árboles. Pese al empeño de la abuela que como todos los años trataba de evitar que la miopía ganase otra dioptría, pasaba las horas entre las páginas de decenas de libros arropada por el silencio de mi alrededor…

Espera… ¿Silencio?

Quienes dicen que en las aldeas el silencio es abrumador es porque no conocen demasiado los sonidos reales que te rodean cuando te sientas a escuchar. En mis lecturas se colaban fragmentos de todo tipo: sierras eléctricas que siempre encuentran algo que cortar, estemos a 40º o bajo cero, alguna gallina que decide que es hora de poner un huevo y te lo hace saber cacareo en grito, perros que se indignan porque alguien se digna a pasar por delante de la cancela que custodian, nietas que llaman a voces a sus abuelas porque no saben en que finca están trabajando y ya es hora de comer…

Ahora no obviemos las “silenciosas” y frescas noches del campo gallego: en cuanto cae la noche los grillos comienzan un concierto que dura y dura hasta la madrugada, con intervenciones estelares de alguna lechuza incluso y de nuevo los perros tienen también su parcela todavía más furiosos que por el día. La verdad es que la noche está plagada de sonidos poco identificables derivados de una repentina ráfaga de viento solitaria, de un zorro escabulléndose de un gallinero… ¡Y no nos olvidemos que a las cinco de la mañana los gallos tocan diana!

La tranquilidad que proporciona todo esto en conjunto solo es comparable con el rumor de las olas del mar… Pensar que mi infancia me ha regalado una banda sonora semejante no me puede hacer sentir más afortunada.

P. d.: sin olvidarnos de algún ruidoso día de lluvia que siempre hay, al fin y al cabo estamos hablando de Galicia.

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