La vida de un abrazo

Apretarte entre mis brazos con fuerza, sentir cómo te relajas acompasando tu respiración a la mía, cómo los lloros que te convulsionan desaparecen poco a poco.

Un suspiro cerca de mi oreja me indica que estás lista para que afloje, pero no para que te suelte. Todavía no. Nos quedamos otro rato así. Las generaciones que nos separan a las dos se diluyen entre ambas, salvando a grandes zancadas la distancia, volviéndola insignificante.

Desde afuera, parece que soy yo la que te esté abrazando, pues con los años y el paso de la vida, tu estatura disminuye. Aquel cuerpo que antes me dominaba con una sola mano, hoy puedo envolverlo con el mío. No así tu mirada, igual de salvaje y poderosa que siempre, capaz de dirigir los destinos de todos nosotros.

Hoy estamos tristes, cada vez quedan menos de aquellos que formaron tu juventud. Su recuerdo lo mantendremos caliente entre ambas. O así debería haber sido. Hoy no puedo abrazarte, ni siquiera acercarme demasiado. Nos cogemos de la mano todavía oliendo a alcohol, manteniendo una distancia que nunca ha existido antes para poder mantenerte a salvo aquí conmigo…


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El sonido del silencio

Desde mi silla favorita te escucho hablar. En verdad no es una silla cualquiera, es más una butaca, una especie de silloncito que me regalé para sentarme a pensar. Siempre me ha gustado perderme entre la niebla de mis pensamientos viendo el mundo rodar, lejos de todo. Demasiado lejos también de ti, quizás.

Ese “tenemos que hablar”, resonó en mí con banda sonora propia, igual que una producción barata de televisión con actores demasiado mayores para sus roles a desempeñar. Soltaste esas tres palabras y el resto fue ruido, vocablos sin sentido formulados para explicarme, para que te entendiera, para que comprendiera lo impensable.

Todo cobró sentido cuando escuché la puerta cerrarse tras de ti. El silencio real me golpeó con intensidad, por primera vez la soledad me saludaba para quedarse después de haber jugado tanto a acercame a ella.


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Tu venida

Última colaboración con letras y poesía que podéis leer aquí, espero que os guste!


Aguardo todavía sangrante tu regreso, con pinturas de guerra en el corazón, adornado con costurones que lo atraviesan de norte a sur, de este a oeste y viceversa, regulando el tráfico irregular que me provoca tu reciente recuerdo.

Dicen que te perdí antes de haberte tenido, que era muy joven, que no era mi tiempo y mucho menos el tuyo. Dirían lo que fuera, esa es la verdad, afirmarían que el cielo ahoga a los vivos y que el mar revive a los muertos en vida. Dirían lo que dijeron cuando todo comenzó, cuando te atisbaron por primera vez entre los pliegues holgados de mi ropa. Miraban, observaban en la distancia, entre apenados y cautelosos, prudentes y atentos al efecto llamada en sus hijas, tratando de protegerlas del mundo, olvidándose de que el monstruo suele estar debajo de la cama.

Me quedé sola, aunque ya nunca lo estaba. Te hablaba, pero no podías contestarme, lo que no sabía es que nunca llegarías a hacerlo. Ahora la pena se refleja también en sus rostros, mucho más que antes, pero yo sé que también están aliviados de que no estés, de que te quedaras a medio camino… pero me lo guardo en el cajón de rencor en que me he convertido.

Puede que ya nadie entienda de quién estoy hablando, que el amasijo de carne blanda y sangrante que todavía soy nuble la claridad de mi juicio, pero sigo esperándote, aunque sepa que ni siquiera llegaste a venir.

Imagen de Alexas_Fotos en Pixabay

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Radioactive

El mundo es un lugar radioactivo, lleno de trampas mortales listas para exterminar a los colonizadores que le están destruyendo de dentro a fuera. O quizás debería serlo.

En el Apocalipsis de nuestra época, mientras los colonos nos hallamos encerrados observando desde detrás del visillo, buscando una oportunidad para hacer el mal, reviviendo sentimientos colaboracionistas propios de otras épocas, acusando sin ton ni son, dejándonos llevar por el pánico y por el odio hacia los que son diferentes, o los que se ven parecido pero no igual a lo que el espejo nos muestra; mientras todo eso pasa, el mundo al otro lado del cristal florece, respira y se despereza, se descontractura del sometimiento al que lo teníamos sujeto. Ya no vibra, ni tiembla con angustia. Las otras formas de vida toman el control temerosos del día en que nos liberen del confinamiento, cuando con botas militares destruyamos el pequeño atisbo de recuperación.

Nuestra forma de vida es un problema y nos negamos a admitirlo. Arruinamos a nuestro paso todo lo que tocamos y ni siquiera somos capaces de notarlo, de dar un paso al frente y cambiar. Decimos con la boca llena que somos humanos, que la nuestra es la mejor manera. Repetimos con desprecio: “no seas un animal”, cuando ellos no llevarían a cabo muchas de las más repugnantes acciones que nos aderezan cada día las comidas y las cenas durante el noticiario diario.

La liberación será paulatina, poco a poco volveremos a invadir los caminos, los mares y los cielos, echando sin contemplaciones a sus otros habitantes. Ojalá la tan mentada nueva normalidad tenga poco que ver con la anterior.


Colaboración con Letras y Poesía, ver aquí

Imagen de Joshua Woroniecki en PixabayLicencia Creative Commons
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Y entonces qué

Desde la superficie y sin pararnos a respirar, recorremos el camino de la vida aguantando la respiración, con el estómago apretado y los ojos escaneando todo a nuestro alrededor, los músculos agarrotados prometen una gran resaca emocional.

Desconfiamos primero y preguntamos después, incluso cuando se trata de nosotros mismos. No nos paramos, arrollamos a nuestro paso, empeñados en conseguir esto y lo otro sin disfrutar ni el recorrido ni las paradas en las distintas estaciones de la vida.

La pregunta es inevitable: ¿y entonces qué? Qué pasa cuando ya tienes la carrera, el trabajo o ese sueño cumplido, qué pasa entonces. En qué momento vas a vivir, a respirar, a ser. Cuándo vas a profundizar en ti, a conocerte, a rascar un poco más allá de la cobertura que ofrecemos a los demás.

Desnúdate, conócete por dentro, tócate por fuera y por dentro, siéntete. Empezarás a vivir.

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Así te descubrí

Descubrirte fue una casualidad, una suerte entre millones, de esas inesperadas que te embargan y te elevan.

¿Sabes esa sensación que te llena cuando descubres algo que no esperabas? Como cuando metes la mano en el bolsillo de un pantalón que hacía siglos que no te ponías y te encuentras con un billete con infinitas arrugas. Algo ínfimo que te llena y se convierte en imprescindible. Tu comida favorita en casa de tu abuela, el olor de la colonia que tu madre usaba cuando eras niño.

Sensaciones. Placeres. Vida vivida sin más expectativas.

Así fue como te descubrí, esperando sin esperar, como ese que se acerca demasiado a ver las olas romper contra el acantilado durante un temporal, que confía en que nada le va a ocurrir y no se puede perder ese espectáculo de la naturaleza y, sin embargo, es arrastrado sin remedio bajo el agua.

Tú fuiste mi corte de digestión imprevisto, me dejaste sin aliento y llena de ilusión. Eras quien andaba buscando dentro de mí, ese pedazo oculto por la ordinariez de la vida cotidiana.

Imagen de Roger Mosley en Pixabay

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Confinamiento hogareño

Las calles en las que la gente suele apelotonarse están desiertas; las tiendas que a diario vomitan personas de manera incesante, tienen la persiana echada;las cafeterías siempre rebosantes tienen las luces apagadas y las terrazas recogidas. La capital del reino está desierta, asolada por un enemigo que solo se combate desde el interior de los hogares, manteniendo la distancia con los demás.

Son días de incertidumbre, de miedo y de echarse de menos. Las distancias parece mayores desde detrás de la cortina, sin apreciar vida al otro lado, salvo un perro que pasea a su dueño por enésima vez en el día.

Solo se observa vida a las ocho de la tarde, cuando las ventanas se abren, los balcones se colman y de repente suenan música, aplausos… se escucha vida otra vez, vida agradecida con los que lo hacen posible.

Ni tú estás conmigo ni yo contigo; las casas son campos de mina con una televisión en cada estancia que nos asusta a cada hora. Solo queda resistir y pensar que el verano y la libertad están a la vuelta de la esquina.

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Aparentas ser

Juegas al teléfono roto sin cobertura tratando de alcanzarme otra vez, pretendiendo que vuelva a enredarme contigo.

Eres tan de ayer que vuelves a estar de moda, como cualquier prenda u objeto vintage que nos enamora desde un escaparate. Incluso ese carácter espinoso que tanto te esfuerzas en mostrar combina con los cactus decorativos de cualquier salón de diseño.

Eres tan real como ambiguo. Eres tantas cosas que ya no sé distinguirte.

Lo único que sé con seguridad es que eres el mismo error cometido una y otra vez, así de sencillo y complicado a la vez. Me tiendes de nuevo la mano y sé que no debo cogerme, lo tengo tan claro como que ya estoy aferrada a ella antes incluso de querer darme cuenta.

Mala combustión

Hay momentos que se quedan grabados en la mente, puede que no recuerdes las palabras que usaste, o quizás sí y las repitas inconsciente una y otra vez en la mente, como un mantra que te aporta seguridad, como una sensación que te acosa sin dejarte respirar.

Puede que no tengas claro qué día de la semana era o qué llevabas puesto mientras sucedía, pero seguro que si te pregunto qué sentías sabrás contestarme muy bien, ni siquiera necesitarás pensar demasiado en ello, con sentirlo será suficiente. Una ola de energía de traspasa con fuerza, lista para arrollarte si no tienes los pies bien anclados al presente; la realidad se volverá borrosa y una pequeña parte de ti querrá volver atrás y ya no habrá salvación.

Es curioso el poder que tienen algunos desencadenantes. Suena Rozalén con su “Vuelve” y parece que estoy sintiendo cómo me vibra el móvil en un imaginario mensaje, el mismo que he recibido durante tanto tiempo en las mismas ocasiones que casi se había vuelto parte de mi paisaje emocional.

Parece que casi te estoy viendo doblar la esquina de la casa de tus abuelos, el aire despistado y el pelo revuelto. El corazón se me desboca como cada una de las veces que creo atisbar tu reflejo entre la gente, la boca seca y el temblor en los dedos de las manos, todo mi cuerpo reacciona contigo, como la clásica reacción de dos componentes químicos destinados a combinarse…

Lástima que la nuestra sea una combinación demasiado letal para poder sostenerse. Lástima que no eras tu, ni siquiera en mi cabeza sigues siendo, ya solo cabe la imagen que yo guardo de aquello que parecía, pero que no llegó a ser.
Imagen de lisa runnels en Pixabay

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Deseos de año nuevo

Pasear todos los días por la orilla del mar; leer tranquila y sin prisas con un café al lado; levantarme tarde y desayunar mis cosas favoritas; buscar el donde se esconde el sol en el océano cada noche; dormir la siesta con mi abuela, con su mano acariciando mi cara mientras afuera truena; respirar con fuerza; el sonido del silencio; el olor de pan recién hecho; el tacto de esa bufanda tan suave.

Enumerar deseos es fácil, es como decir la lista de la compra de memoria: sabes las cosas que debes decir porque son imprescindibles en el día a día, pero qué hay de eso que no recuerdas a la primera, o de lo que sabes que necesitas pero te falta voluntad para llevar a cabo, qué hay de ti.

Vamos a sacudirnos las gotas de lluvia que nos calan el alma. Vamos a vivir, a sentir y a permitirnos ser.

Imagen de S. Hermann & F. Richter en Pixabay

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