La buena suerte

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Su humor hacía juego con el del cielo sobre la ciudad que no presagiaba nada bueno, y es que nunca le habían gustado los martes y aquel día era un gran martes y trece.

Como todos los días arrastraba los pies por los roñosos adoquines de una ciudad adormilada a la hora de la siesta. Se había vuelto a escabullir por la puerta de la cocina, todo hombros encorvados y miradas furtivas hacia cada esquina.

Avanzaba paso a paso, contando cada una de las baldosas que dejaba atrás y cuidando de no pisar ninguna de las rayas que dibuja la acera. En su concentración no escuchó los quejidos de su anciana madre por haberse escapado otra vez desde la casucha en la que vivían, ni tampoco se percató de la escalera abierta de par en par que acababa de atravesar hasta que fue demasiado tarde… Hoy en día los técnicos de telefonía ponen sus escalones en cualquier desafortunada parte.

Con la respiración agitada se concentró en avanzar despacio y respirar desde el pecho, como insistía su psicóloga desde hacía años. Con la mirada desenfocada y las piernas casi incapaces de sujetarle, por fin alcanzó la familiar puerta del local y pidió su habitual par de cartones.

Entre cartón y cartón, el corazón volvió a latirle con normalidad y la tarde se fue sin que nadie de los que allí estaba se dieran cuenta. Los cartones siguieron llegando y él tachando y desechando uno tras otro y otro más… Y así sin darse cuenta ese otro que vive en su interior y que rara aparecía gritó:

— ¡¡¡Bingo!!!

Y salió de allí con tres mil euros del bote en el bolsillo todavía sin tenerlo muy claro, hasta que se topó de frente con un aterciopelado gato negro con los ojos fijos en él…

Apareció al día siguiente: tirado en un callejón con la panza abierta, y el bolsillo también sin rastro del cheque.

Maldita la mala suerte que había venido por fin a llevárselo.

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Suéltame de una vez

Me gusta el olor a ropa recién lavada cuando la tiendes bien temprano por la mañana, cuando todavía se está secando el rocío de la madrugada. Las manos se me quedan heladas al contacto con la ropa, casi no siento ni las pinzas ni la cuerda de tender. Inerte, como en tantos otros aspectos aspectos de mi vida me dejo arrollar por los acontecimientos, sin freno ni voluntad.

Y cuando la colada ya ondea liberada al viento no puedo evitar la envidia. Me celo de su libertad de movimiento, de su alegre danza a los ojos del sol.

Es un momento de liberación, pero también de final para mí: significa que debo volver adentro, a la oscuridad de su tiranía, a la locura de esos ojos que me miran con un odio eterno e injustificado. Cada día deseo ser una sábana, desprenderme con fuerza y de un tirón de las pinzas de su odio que me sujetan y salir volando por fin.

Quizás un día lo haga, antes de que él tome la decisión por mí.

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Nacional X

Las lentejuelas le brillan en la falda y en el escote, día y noche todos los días de la semana, como el cartel de neón que anuncia sus servicios en la carretera nacional dirección a Madrid. Se supone que debe brillar con luz propia en cada momento de su nueva existencia, dispuesta y con buena voluntad.

La pintura desvaída en la cara emborrona sus rasgos ahora apenas irreconocibles en el espejo.

Las medias rasgadas, los tacones ajados.

En realidad no importa mientras puedan seguir explotándola.

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Como letras de Sabina

Primera colaboración del año con Letras & Poesía


Hace tiempo que el olvido se comió esa parte de mí donde reinabas en alborotado silencio, ordenándolo todo de esa manera tan tuya y tan poco mía.

Nos deshicimos la vida de golpe, tirándonos sin mirar si había cama sobre la que aterrizar cada noche, para luego tirárnosla a la cara sin ni siquiera llegar a parpadear… Demasiado deprisa, demasiado intenso, demasiado auténtico para vivirlo y saborearlo todo a la vez.

Siempre seremos como esa canción de Sabina: de los buenos noventa, seca, con letras muy fuertes para según qué oídos, pero también imposible de olvidar incluso queriendo. Hace demasiado que nos escuchamos en bucle las excusas, como un vinilo demasiado rayado que no pasa del cuarto corte, que te mata con sus chirrídos, pero que aun así no eres capaz de tirar porque qué bien suenan las tres anteriores, joder.

Nunca dejaremos de ser como ese poemario de bolsillo, tan manoseado, agrietado y lleno de marcas que solo tú entiendes y sin el que no puedes pasar de una estación de metro a otra. Y aunque lo arrastras contigo por el fondo de cada uno de tus bolsos, sigue ahí, fiel tras cada golpe inesperado.

Igual que las posesiones que guardamos por pura nostalgia, así nos mantenemos el uno al otro: en un eterno stand by lleno de por si acasos que nunca llegan a materializarse.

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Conversaciones interiores absurdas (o no)

Desde el otro lado de la cafetería su mirada me atraviesa, observándome justo por encima de la espuma espesa de su café con leche.

Estoy incómoda y no sé como he de comportarme ante esa mirada que me perfora la cabeza gacha. Este no es mi ambiente… los silloncitos pegados a los ventanales de la cafetería repletos de señora muy pintadas y con demasiada laca me incomodan, sé que me han mirado dos veces cuando he entrado, admirando a la luz de las decenas de lucecitas que parpadean en el enrejado del techo mis maltrechas Vans de toda la vida. Por esto, me he sentado en la primera mesa que he visto y he enterrado mi nariz en el cuaderno: el dibujo siempre me a mantenido a salvo.

Justo cuando terminaba de esbozar una vieja dragona que presuntuosa se limpia las escamas con las garras, he reparado en esa mirada.

La he dibujado claro, porque eso es lo que hago cuando algo me gusta, y cuando me disgusta también.

Pero… ¿Acercame a él? NO.

¿Darle pie para que sea él el que inicie el movimiento? De ninguna manera.

Mejor me quedo aquí, rodeada de viejas dragonas imaginarias y no tan imaginarias, sintiéndome fuera de lugar un rato más.

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Ya (no) es tu día

Colaboración quincenal para Letras & Poesía


Hoy es uno de tus días, uno de esos en los que siempre nos encontrábamos en el punto cero, donde todo comenzó, sobre los adoquines de las calles que nos vieron tropezar y caer mientras crecimos.

Yo tenía demasiados pocos años y tu alguno más. Tú te acordabas de mí, de cuando todavía no sabíamos contar, pero hiciste como que no, igual que yo. Parecía más fácil así. Cruel el destino cuando te presenta delante lo que siempre has sabido que no, pero te empuja a intentar que sí.

Pero como te decía, hoy es uno de tus días, solo que ya no lo es, pero porque yo no quiero, porque ya no puedo quererlo. A pesar de ello, tus canciones siguen ahí, en la carpeta de los por si acaso, junto con las cartas que se acumulan y me colapsan el disco duro de recuerdos y sentimientos que ocupan demasiado para ser enviados por correo electrónico o postal.

Sigue siendo tu día, aunque en realidad, ya no lo sea. Es seguro que hoy nos vamos a cruzar: tu de camino a tu casa en la misma desvencijada bicicleta que tenías hace diez años y yo de camino a la mía, rodeados de gente a cada paso. Pero habrá un momento en que mis ojos se pegarán a los tuyos, fuerte, como cuando te miraba turbia desde abajo y tu respondías desde arriba.

Solo será un segundo porque a pesar de que es tu día, en realidad ya no lo es.

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Desmemoria

Me gustaría escribirte una carta como las de antes, un mensaje escrito sin pretensiones de inmediatez como los de ahora que se acumulan sin abrir en la bandeja de entrada esperando a ser descartados en dos segundos.

Quisiera escribirla e imaginar como la recibes, extrañado por encontrar en el buzón algo diferente a la habitual propaganda, pero también absurdamente emocionado al ver mi letra desastre en el reverso del sobre.

Te tomarías tu tiempo para leerla, estoy segura de ello, saboreando cada palabra mientras imaginas las inflexiones de mi voz casi como si te la estuviese leyendo yo misma, incluso te puedo ver cerrando los ojos como para poder observarme.

Es un sueño simple: escribir y mandar una carta… un sueño hoy irrealizable. El tiempo te ha robado las posibilidades, se te ha llevado la memoria de una vida a medio vivir.

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Retornos de otoño…

Hace un mes que estoy desaparecida, ¿la razón? una oposición que me tenía loca. Ya vuelvo a ser libre y vuelvo de lleno a escribir y publicar y a leeros. ^^


En la tele de la terraza no dejan de repetir que el tiempo está loco, que estamos viviendo un veroño de órdago, un año más.

Tanto es así que tienes el plan perfecto entre manos: una coca-cola bien fría delante, acompañada de ese poemario que nunca tienes tiempo de terminar. Se trata de poemas sugerentes, elegantes, pero también evocativos a los placeres que tanto tiempo hace que no catas. Es por ello que de cada tanto no puedes evitar levantar la vista, alejándola de esas palabras que se te clavan fuerte en ciertas partes de la mente.

Es en una de esas pausas cuando le ves. No está solo, son un grupo de chicos y chicas entre copas, tonteando unos con otras, entonados demasiado pronto, aunque nunca lo sea lo suficiente en realidad. Salvo ese par de ojos que están fijos en ti por encima de la copa ginebra que saborea despacio, entornando la mirada a cada sorbo, como para estudiarte mejor, igual que el lobo de Caperucita.

Te ruborizas y bajas la vista, solo un momento, para luego alzarla de nuevo son una sonrisa en cada pestaña.

Quien sabe como terminará la tarde… Todo es posible con este calor inusual, hasta terminar saboreando un gintonic en la boca de otro en el baño de un bar.

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Solo que no eras tú

Las últimas luces del día acompañan al bus que me lleva a casa, es un día como cualquier otro, observando como la sequía invade un poco más el canal del río de mi ciudad. Salvo que hoy soy más consciente que nunca de soledad que viaja a mi lado en el asiento contiguo a mí.

La melancolía del otoño arranca las hojas caducas de los árboles y las arrastra por las aceras junto con mi ánimo. Es uno de esos días: tristes, pero bonitos en su propia dimensión de tristeza.

El traqueteo del bus casi me adormecía hasta que de repente se sube este chico un par de paradas antes de llegar a la mía. No tiene nada de particular, ni siquiera me parece un atractivo especial, pero al pasar por mi lado casi inmediantemente vuelvo mi mirada hacia su espalda.

Esa colonia….

Esa es la tuya. Fuerte, tanto que parece calar hasta los pulmones, aunque a mi me gusta así. Solo que no eres tú. Solo es tu fragancia, ni rastro de tu sonrisa ni de tu cálida esencia.

Un simple atisbo de ti y casi puedo olerte, sentirte tras mi espalda igual que siempre. Solo que no estás.

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El faro de Bares

La vida del farero en Bares es dura y fría, sobre todo en los largos inviernos del año. También podría pensarse que es una existencia solitaria en medio de la punta formadora de tormentas de Galicia.

Podría pensarse, porque en verdad no es nada solitaria. Cada día llegan como abejas a la miel: turistas armados con Canons y Nikons esperando retratar las maravillas de esta parte del fin del mundo… Aunque luego siempre siempre se paran anonadados y entre chillidos excitados tratando de descifrar cual es el gallo entre las gallinas de mi corral.

De vez en cuando también aparece alguno o alguna, libreta y bolígrafo en mano. A esos te los puedes encontrar apoyados en cualquier risco, abstraídos en su mundo de ideas mientras garabatean sin parar en sus hojas en blanco.

Todos vienen en busca de algo, no creo que sepan con exactitud el qué. Simplemente vienen. No se dan cuenta de que ya lo tienen y los acantilados de la Estaca solo ayuda a liberarlos.

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