Sangra una vez al mes

Ella es un poco gris en su día a día. Suele limpiarse las lágrimas con sonrisas deslavazadas, llena de premura. Pero es que es así, no lo sabe evitar, y en el fondo tampoco quiere.

A su manera melancólica y romántica se acompaña la vida de soledades no compartidas.  Los cafés a medias nunca han sido sus preferidos, mejor en solitario, templados y viendo llover sobre la ciudad.

Siempre deja los recuerdos reposando y las heridas bien abiertas, sin necesidad de sanar porque todo lo quiere sentir bien, hasta que duela lo suficiente para poder dejarlo marchar.

Sangra cada mes, no solo entre las piernas, sino también por los ojos cuando se le llenan de sombras sin reclamar. Una vez al mes se queda en carne viva, expuesta con sus emociones marcadas a fuego en la cara.

Pero sigue, como seguimos todas.

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Está dentro de ti

Solo te podía ver en la distancia y a veces ni siquiera te distinguía de la marejada de fondo que siempre te acompañaba.

Eras imposible de abordar, rodeada por el nutrido grupo de satélites que formaban tu coraza.

Vivías en una burbuja, brillante y atractiva en su exterior, imposible de ignorar la magia que te envolvía.

Salvo cuando alzas el velo protector, entonces las imperfecciones te vuelven humana y real, imperfectamente perfecta en un mundo donde sobran Barbies de plástico.

Déjate caer y vencer, lucha y vuélvete a erguir.

Está dentro de ti, esperando que te atrevas a continuar: ella, de la que me enamoré cuando solo eras tú.

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Frío en el corazón

La niebla hecha jirones se despliega ante mí mostrándome un camino incierto que ya no sé si quiero recorrer. Entre nubes me veo correr, desesperada por alcanzar aquello que se perdió hace tanto tiempo pero que no puedo dejar ir todavía, aunque debería.

El tren avanza penoso entre los peñascos nevados y los árboles helados, un paisaje más propio de Narnia que de la vida real. Pero está bien así, detrás del cristal me siento a salvo de todo excepto de mis propios pensamientos, excepto de mí misma…

La vuelta a casa debería calentar el corazón, no llenarlo de pequeñas estalactitas que hielan la ilusión de un reencuentro frío y carente de emoción.

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Dejarse vencer

Llegó el día en que tuve que hacerme una promesa a mí misma: no volver a llorar. Me olvidé de quien era, de mis fortalezas y de mi seguridad. Las dejé a buen recaudo en algún lugar, bien adentro de mí, olvidadas sin más.

Cuando me veo reflejada en el espejo tengo que pensar un momento, pararme y reconocerme bajo esa capa de ordinariez que me ha cubierto silenciosa, como un simple hechizo punzante que ha desfigurado quien soy.

Cuando este día llegó, el de las promesas que os decía, me lo prometí a fuego en el alma: no dejarme vencer por ese otro yo que acecha cuando pierdo el control.

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Somos vida, un 25 de noviembre más

Todavía son demasiados los que quieren vernos arder en el fuego de la ignorancia y la superstición. Son muchos los que aún nos quieren con las alas sujetas a la espalda envueltas en alambre de espino.

Siguen existiendo esos que creen que valemos menos porque sangramos una vez al mes, piensan que es vergonzante y lo que no comprenden es que nuestra sangre es vida, hasta que pasa a sus manos, entonces solo tiene un nombre: muerte.

Pero lo que no saben es que cada vez somos más, cada vez somos más las y los que nos reunimos a la luz de la lumbre en las noches de luna redonda, paganos de mente y corazón pero libres de ataduras que nos ensucien el alma.

Ellos continúan engañándose, pero somos más, siempre lo hemos sido, supervivientes en tiempos de paz y guerra. Somos las descendientes de las que murieron en la hoguera, por curanderas, de las que se pudrieron en la cárcel por querer tener voz y voto y de las que cambiaron cambiaron sus nombres por los de sus maridos para poder publicar. Somos hijas de las que no eran mujeres porque vestían como hombres, de las que no podían comprar una lavadora sin la firma de otro, de las que callan los moratones, de las vendidas como ganado.

Somos la verdad que se esconde bajo los velos, la realidad impregnada en el color de nuestra piel. Somos las mismas de toda la vida, porque eso somos nosotras: vida.

 

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Mi habitación propia

“Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción” Virgina Woolf.

Son pocos los espacios que tenemos en los que podemos ser libres y ser quienes realmente somos. Son escasos los momentos en los que la realidad no nos roba cada pedazo de vida, absorbido por la urgencia del ahora mismo y de las responsabilidades. Y es que hemos llegado a un punto en el que los llamados “problemas del primer mundo” nos eclipsan la vista y la mente de lo que de verdad importa: la vida, la amistad, un trabajo digno, satisfacer el alma con las pequeñas cosas…

Muchos ni siquiera tienen el privilegio de quejarse de que no tienen una habitación propia, porque son demasiados todavía los que no son dueños de su propia vida, ni siquiera de su propia mente.

Aquellas y aquellos que somos tan afortunados de tener un refugio al que llamar nuestro deberíamos saber aprovecharlo, y dejar de quejarnos de una vez porque las hojas del otoño están cayendo una vez más y es un espectáculo demasiado bonito para obviarlo.

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¿Por qué escribes?

Me preguntan por qué o para qué escribo. Nunca es fácil contestar a esa pregunta.Resulta difícil explicar la sensación de vaciado que produce la escritura, la terapia intensiva de dejarte ir entre las letras, sin llegar a pensar demasiado qué estás escribiendo en realidad.

Es complicado de entender, casi imposible para quien no conoce del amparo que pueden producir unos versos.

¿Para qué escribo? 

Escribo para mí, para ser yo.

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Reflexiones de septiembre

Las hojas de los árboles comienzan a rodar por las aceras haciendo crujir mis pasos a cada rato. Es septiembre y su llegada, un mes que por momentos se siente más comienzo que el propio enero.

Todos los comienzos son motivo de excitación y nervios, como cuando eres pequeño y una vez acabado agosto estás deseando que empiece septiembre para volver al cole. El olor a libros nuevos, lápices, rotulatores y el reencuentro con los compañeros. Luego te haces mayor y ese sentimiento es reemplazado por otra emoción un poco más negativa, es la aparición de las obligaciones.

No obstante, con o sin obligaciones, todos sentimos ese gusanillo a la vuelta de algo. Siempre nos preguntamos cómo será este año, qué sorpresas traerá la nueva etapa. Pues el tiovivo nunca para de girar con la ilusión repartida entre sus caballitos. Vuelta a vuelta, siempre predecible, pero emocionante al mismo tiempo.

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Musas viajeras

Para algunos viajar es una necesidad, otra forma de alimentar el alma y recargar las musas cuando estas se quedan sin poderes para la inspiración.

Hay algo mágico en descubrir las cosas curiosas que tiene la vida. Es hermoso como no dejamos de sorprendernos ante las pequeñas curiosidades que sin esperarlo nos aportan una ráfaga de inspiración para nuestro arte particular.

Cosas como encontrarte con un festival de música folk en medio de la oscuridad en un pueblo costero. Sobre el escenario, un grupo con integrantes de origen asiático interpretan el folk con dejes orientales tan integrados que apenas se hacen notar. Solo en terras celtas, claro.

Con una sonrisa y el lamento de la armónica en los oídos, sabes que has llegado a ese sitio por algo, para que una de esos golpes de vientos te traiga algo inesperado, tanto, que ni siquiera sabías que pudieras necesitar.

Solo te encontrará si sales a buscarlo…

Y que las musas te encuentren trabajando, mejor si es viajando…

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La soledad de las letras (Colaboración para L&P)

Colaboración quincenal para Letras & Poesía, para quien se lo haya perdido. L&P


“Estando sola en este gran mundo, no lo estoy del todo” Emily Dickinson.

Desde pequeña he sentido fascinación por la soledad, pero no cualquier tipo de soledad sino aquella reservada para los enamorados de las letras. Como Emily Dickinson en realidad nunca estaba, ni estoy, sola: los libros y la escritura son compañeros de viaje cuando se trata de vivir.

Entre las páginas de los libros aprendí cosas que nadie antes me había enseñado: terminé de entender en qué consistía exactamente el sexo cuando era pequeña y descubrí mundos que, aunque imaginarios, me hicieron pasear por la Tierra Media y creer en que la magia, a fuerza de creer en ella, tiene que existir de verdad. Comprendí que mientras un libro caiga en tus manos, mientras puedas inventar una historia, no estarás solo.

Y es que la soledad del lector es la misma que la que tiene que experimentar el escritor para que su inspiración tome forma material y salga a través de sus dedos. Es un proceso solitario en el que aunque se esté escribiendo en la mitad de una estación de tren, en realidad te rodea una isla de soledad. Una soledad únicamente compartida con las historias que bullen en tu cabeza.

El olor del verano hace que sea inevitable recordar aquellos veranos pasados en la terraza de mi abuela, pasando de un libro a otro sin apenas darme cuenta, llenando página tras página de cuadernos con letras que nunca verán la luz porque no eran lo suficientemente buenos, porque todavía no lo son.

Dicen que gran parte de lo que somos surge en la adolescencia… La mía discurrió entre libros y letras de prueba, acompañada de personajes con los que compartí sus vidas y la mía, que me inspiraron para escribir, pero también para vivir.

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