Y entonces qué

Desde la superficie y sin pararnos a respirar, recorremos el camino de la vida aguantando la respiración, con el estómago apretado y los ojos escaneando todo a nuestro alrededor, los músculos agarrotados prometen una gran resaca emocional.

Desconfiamos primero y preguntamos después, incluso cuando se trata de nosotros mismos. No nos paramos, arrollamos a nuestro paso, empeñados en conseguir esto y lo otro sin disfrutar ni el recorrido ni las paradas en las distintas estaciones de la vida.

La pregunta es inevitable: ¿y entonces qué? Qué pasa cuando ya tienes la carrera, el trabajo o ese sueño cumplido, qué pasa entonces. En qué momento vas a vivir, a respirar, a ser. Cuándo vas a profundizar en ti, a conocerte, a rascar un poco más allá de la cobertura que ofrecemos a los demás.

Desnúdate, conócete por dentro, tócate por fuera y por dentro, siéntete. Empezarás a vivir.

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Aparentas ser

Juegas al teléfono roto sin cobertura tratando de alcanzarme otra vez, pretendiendo que vuelva a enredarme contigo.

Eres tan de ayer que vuelves a estar de moda, como cualquier prenda u objeto vintage que nos enamora desde un escaparate. Incluso ese carácter espinoso que tanto te esfuerzas en mostrar combina con los cactus decorativos de cualquier salón de diseño.

Eres tan real como ambiguo. Eres tantas cosas que ya no sé distinguirte.

Lo único que sé con seguridad es que eres el mismo error cometido una y otra vez, así de sencillo y complicado a la vez. Me tiendes de nuevo la mano y sé que no debo cogerme, lo tengo tan claro como que ya estoy aferrada a ella antes incluso de querer darme cuenta.

Deseos de año nuevo

Pasear todos los días por la orilla del mar; leer tranquila y sin prisas con un café al lado; levantarme tarde y desayunar mis cosas favoritas; buscar el donde se esconde el sol en el océano cada noche; dormir la siesta con mi abuela, con su mano acariciando mi cara mientras afuera truena; respirar con fuerza; el sonido del silencio; el olor de pan recién hecho; el tacto de esa bufanda tan suave.

Enumerar deseos es fácil, es como decir la lista de la compra de memoria: sabes las cosas que debes decir porque son imprescindibles en el día a día, pero qué hay de eso que no recuerdas a la primera, o de lo que sabes que necesitas pero te falta voluntad para llevar a cabo, qué hay de ti.

Vamos a sacudirnos las gotas de lluvia que nos calan el alma. Vamos a vivir, a sentir y a permitirnos ser.

Imagen de S. Hermann & F. Richter en Pixabay

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Susurros tras la pared

Las paredes son tan finas como un biombo de bambú, la banda sonora de las mañanas nos acompaña a todos los vecinos, los sonidos de entrechocar las tazas del desayuno, el hervir de las cafeteras italianas de toda la vida y los apresurados portazos que te hacen saber que el del cuarto llega tarde al trabajo.

El correr de la vida se paraliza a partir de las nueve en mi edificio. Los más madrugadores se han ido hace horas, los niños hace un rato que han comenzado las clases, y las abuelas bajan silenciosas con sus carritos a la compra para la comida de sus nietos. Es entonces cuando comienza mi jornada, con el segundo café de la mañana el teclado del ordenador parece mucho más abordable. El sonido de las teclas me acompaña hasta cerca de mediodía, no sé si conservaré algo de lo escrito todas estas horas, pero por lo menos no me sentiré culpable por otro día improductivo en la improvisada oficina que es mi salón.

La hora de la comida se aproxima y los sonidos comienzan de nuevo, más tenues claro, no todos vuelven a casa para comer, pero sé que él si lo hace. Sabré que ha llegado porque las paredes de mi piso se estremecerán con el portazo con el que deleita a los cimientos del edificio cada día. A ella no se la escucha claro, es como una ratoncita, a veces se la escucha rebullir de aquí para allá, pero siempre silenciosa y afanada. Él es su opuesto más ruidoso, como un elefante que se hace notar en su casa y en cada una de las estancias de la mía. El ruido es increíble, pero el sonido del silencio de ella es atronador. No hay gritos sin embargo, su voz me llega imprecisa a través de las paredes, contenida, se aprecia el rechinar de dientes de él, un grito susurrado y cargado de odio contra ella. Me llega amortiguado, tengo que prestar atención para poder escucharlo, para poder notarlo, pero está ahí, igual que la mirada huidiza de ella y su sonrisa fugaz cada vez que coincidimos en el balcón dándole las últimas caladas al penúltimo cigarro del día.

Los gritos son susurros que están ahí, solo hay que pararse y prestar la atención necesaria y sobre todo, querer hacerlo.

Imagen de Free-Photos en Pixabay .

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Las cosas bonitas de la vida

Me gustan las cosas bonitas y con luz, que me hagan sentir bien y reconfortada…

Una cafetería con encanto; unas luces anaranjadas que recuerden al fuego; una librería antigua y abarrotada de libros por todas partes, no importa si está un poco desastrada… las tiendas con aires antiguos, o vintage, que está más de moda decirlo así; una cabaña en medio de ninguna parte en un invierno con nieve, o un océano cristalino a mis pies.

No es cuestión de superficialidad. Todo aquello que tiene un aire especial me trae ráfagas de inspiración sazonada de felicidad que me llenan de vida, y también de esperanza. Esperanza en que puede haber otro mundo con un color distinto, más sensible y real que este en el que nos ha tocado pelear para vivir. Me da esperanza en que no todo es moda y que la gente especial existe y puede vencer a toda la ordinariez que puebla la Tierra.

No voy a disculparme porque me agrade lo especial de la vida, ni porque encuentre reconfortante la belleza escondida en las cosas tristes y difíciles, esas de las que casi siempre se nutren mis letras.

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Solo respirar

Desde aquí puedo ver como respira. Sé lo mucho que le cuesta traspasar el umbral de ese edificio que ve hasta en sueños. Pero lo hace, vuelve a llenarse de oxígeno y avanza, un pie detrás del otro, uno de cada vez.

Solo tiene que respirar y lo sabe, imaginarse como sus pulmones florecen como una primavera anticipada, como de cada alveolo nace una rosa, una margarita o una peonía y expulsar lentamente el dióxido de carbono que su cuerpo rechaza. Así una y otra vez, siendo consciente de cada uno de los movimientos inconscientes que hace su cuerpo para mantenerse con vida.

Amor, lujuria y sexo eran muy fáciles antes, cuando podía respirar. Ahora cada vez que lo intenta, las bocanadas que aspira desordenadamente arrollan las ganas, el deseo y la pasión.

Por eso las flores. Por eso los colores, por eso la alegría, por eso la vida.

La vida, que atrae más vida, solo hay que llamarla con la suficiente insistencia.

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Aquellas letras que perdió

Nunca le había costado tanto encontrar las palabras, siempre habían sido sus aliadas desde la infancia. Leer tantos libros desde tan temprana edad le había asegurado un buen repertorio de vocabulario, de pequeña incluso se jactaba de poder insultar por lo bajini a quien se metiera con ella sin que se la entendiera del todo, haciéndolo en el castellano antiguo o en el latín que sacaba de las novelas históricas que consumía.

Siempre se había sentido acompañada si tenía un libro entre las manos, más tarde comenzó a ser ella la que contaba las historias, para sí misma claro, pero daba vida y eso la hacía vivir todavía más intensamente. Por el camino y con los años fue perdiendo fe e ilusión, pero nunca abandonó porque le gustaba y porque siempre tenía algo que contar en la punta de los dedos.

Hasta que dejó de fabricar magia.

Hoy es el día de Sant Jordi, el día del libro, y se pasea entre estantes en busca de nada en particular, quizás un poquito de esa chispa que antes fluía casi sin esfuerzo. Sabe que volverá, que es cuestión de tiempo y de estar atenta a cualquier destello mágico que haga brotar de nuevo las palabras, pero no puede evitar sentirse un tanto perdida sin su compañía.

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Hogueras en la ciudad

Dan las ocho y en el polígono del sur se hace de noche, como cada día las hogueras comienzan a arder para templar el ambiente de una primavera todavía demasiado fría. Mires donde mires se alzan las columnas de humo, engordando la campana de contaminación de la ciudad, envolviendo las calles numeradas con ese característico olor.

Cada esquina tiene historia y nombre propio aunque cada vez te cuenten una historia diferente, si quieres fijarte, te darás cuenta de que ciertos detalles siempre persisten. Son esas pequeñas particularidades las que te cuentan la realidad de sus vidas. Realidad que maquillan cada día antes de salir de casa, que los demás preferimos obviar por no incomodarnos al pasar.

Las gafas de la ignorancia no pesan en la conciencia de casi nadie, el humo de las hogueras difumina la realidad que convive con la incomodidad.

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Quien soy yo

Yo soy la chica rara de la libreta, la que te puedes encontrar en el roncón más apartado de tu bar favorito, o en esa pequeña cala poco transitada que te viene a la mente cuando piensas en el mar.

Llego silenciosa, amortiguando las pisadas de mis desgastadas Vans, procurando mimetizarme con el entorno. Me camuflo en cualquier esquina que me permita observar sin llamar la atención, y es entonces cuando comienza el juego.

Me gusta inventarme la vida de los demás, imaginarme que los gin tónics que toman las chicas que tengo al lado son de celebración por algún éxito alcanzado, o quizás conmemoración de la despedida de un mal desamor. Prefiero pensar que el joven que pase a un abuelo en muletas es en  verdad su nieto y que cada domingo después de comer salen a llenarse de arena los zapatos. Quiero creer que la pareja que discute enzarzada en una esquina lo hace por diferencias de sus creencias, que el debate es apasionado pero sano y será zanjado en un remolino de sábanas deshechas.

A mis gafas de ver le gusta filtrar lo malo por lo bueno, colar el mal color de lo diario y teñirlo con el color del ocaso, pues la realidad es demasiado real como para vivirla todo el rato, por eso no dudo en escaparme a ese otro mundo de color.

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Reflexiones a la esperanza

Las primeras veces son difíciles, algunas hasta duelen, pero luego todo se hace más fácil… O eso nos decimos con esperanza. A veces nos cuesta mantenerla, la esperanza digo, porque es una amiga huidiza poco dada a quedarse al lado de uno.

Con frecuencia nos perdemos por el camino que no sabíamos que queríamos recorrer, incluso nos equivocamos cuando queremos volver a casa. Nos cuesta horrores aflojar ese nudo del estómago que apretamos a cada hora un poco más fuerte sin ni siquiera darnos cuenta.

Es difícil reflexionar y admitir dónde nos equivocamos, levantarnos cuando nos caemos. Parece más fácil mantenernos en el suelo y lamentarnos antes de volver a erguirse con todas las heridas visibles, como cuando ese temor nocturno nos asalta y nos refugiamos bajo las mantas, como si estas fueran un escudo protector capaz de salvarnos de cualquier amenaza.

La esperanza es huidiza, agárrala y déjate llevar por ella…

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