Así te descubrí

Descubrirte fue una casualidad, una suerte entre millones, de esas inesperadas que te embargan y te elevan.

¿Sabes esa sensación que te llena cuando descubres algo que no esperabas? Como cuando metes la mano en el bolsillo de un pantalón que hacía siglos que no te ponías y te encuentras con un billete con infinitas arrugas. Algo ínfimo que te llena y se convierte en imprescindible. Tu comida favorita en casa de tu abuela, el olor de la colonia que tu madre usaba cuando eras niño.

Sensaciones. Placeres. Vida vivida sin más expectativas.

Así fue como te descubrí, esperando sin esperar, como ese que se acerca demasiado a ver las olas romper contra el acantilado durante un temporal, que confía en que nada le va a ocurrir y no se puede perder ese espectáculo de la naturaleza y, sin embargo, es arrastrado sin remedio bajo el agua.

Tú fuiste mi corte de digestión imprevisto, me dejaste sin aliento y llena de ilusión. Eras quien andaba buscando dentro de mí, ese pedazo oculto por la ordinariez de la vida cotidiana.

Imagen de Roger Mosley en Pixabay

Licencia Creative Commons
Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

 

Recuerdos con sabor – II Aniversario

Esta semana se cumplen dos años del nacimiento de Cafés para el Alma. Gracias por ayudarme a empezar, por mantenerme y por seguir ahí. De mis recuerdos más dulces. Un fuerte beso con sabor a café. Andrea.


Hay días en que es necesario volver la vista atrás y concentrarnos en los buenos recuerdos y tal vez también darle una pensada a los malos.

Todo recuerdo trae aparejado un sabor especial, ya sea dulce o amargo, pero puro en esencia. Algunos son una delicia saborearlos y llevarlos por cada una de las papilas gustativas para apreciarlos mejor, otros nos hacen escupir de rabia y dolor.

Recordar dulce: un paseo por la playa, el sonido de tu risa, un abrazo bien apretado, la comida de la abuela, un café después de comer, los desayunos de los domingos, las sábanas enredadas, las siestas eternas, un beso en la frente, el olor a hogar, las luces de la ciudad cuando llueve…

Recordar amargo: las despedidas inesperadas, los besos no correspondidos, las cartas sin respuesta, un corazón roto, la pérdida, engaño y desengaño, la mentira, la sensación de soledad…

Y qué bonito cuando eliges que se te ocurran más cosas dulces que amargas.

Ojalá siempre días melancólicos con un dulce sabor.

Licencia Creative Commons
Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Está dentro de ti

Solo te podía ver en la distancia y a veces ni siquiera te distinguía de la marejada de fondo que siempre te acompañaba.

Eras imposible de abordar, rodeada por el nutrido grupo de satélites que formaban tu coraza.

Vivías en una burbuja, brillante y atractiva en su exterior, imposible de ignorar la magia que te envolvía.

Salvo cuando alzas el velo protector, entonces las imperfecciones te vuelven humana y real, imperfectamente perfecta en un mundo donde sobran Barbies de plástico.

Déjate caer y vencer, lucha y vuélvete a erguir.

Está dentro de ti, esperando que te atrevas a continuar: ella, de la que me enamoré cuando solo eras tú.

Licencia Creative Commons
CafÈs para el alma de Andrea RodrÌguez Naveira est· sujeto a Licencia Creative Commons AtribuciÛn-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

De otra vida

El destello de un pintauñas descascarillado entre la multitud. El color granate brillando descolorido en la oscuridad. Tu mano pequeña sobre mi pecho, en medio de tu tatuaje preferido. El cuerpo pegado al mío, como si temieras que me fuera a escapar de tu alcance de repente.

Después de la cama el café con leche en el balcón, una taza para ambos era perfecta, igual que el pitillo a medias que siempre acababas por acaparar.

Fogonazos de recuerdos de otra vida.

Hoy el tatuaje de mi pecho descansa vacío, un agujero negro en medio de mi corazón sin tu mano que lo tapone.

Licencia Creative Commons

Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Desmemoria

Me gustaría escribirte una carta como las de antes, un mensaje escrito sin pretensiones de inmediatez como los de ahora que se acumulan sin abrir en la bandeja de entrada esperando a ser descartados en dos segundos.

Quisiera escribirla e imaginar como la recibes, extrañado por encontrar en el buzón algo diferente a la habitual propaganda, pero también absurdamente emocionado al ver mi letra desastre en el reverso del sobre.

Te tomarías tu tiempo para leerla, estoy segura de ello, saboreando cada palabra mientras imaginas las inflexiones de mi voz casi como si te la estuviese leyendo yo misma, incluso te puedo ver cerrando los ojos como para poder observarme.

Es un sueño simple: escribir y mandar una carta… un sueño hoy irrealizable. El tiempo te ha robado las posibilidades, se te ha llevado la memoria de una vida a medio vivir.

Licencia Creative Commons
Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Noches adolescentes

La tormenta de verano que  por fin se desata sobre la ciudad me recuerda nuestras carreras bajo los balcones cualquier lluvioso sábado noche de otoño antes de los exámenes, viviendo sobre la delgada línea que separa adolescencia de juventud.

Las noches entre risas y amigos que se sucedían una tras otra, siempre con la línea temporal marcada a las cuatro, que era nuestra cita a solas para comernos a besos bajo la luz intermitente de cualquier farola, pues el todavía impuesto toque de queda se cumplía a las cinco de la mañana.

Luego de vuelta a casa: yo descalza dando saltos sobre los adoquines de la ciudad y tú con mis agudos zapatos de tacón pendiendo de una mano, ambos borrachos, pero de pasión el uno por el otro.

Por último la dura despedida en mi portal. Los besos ardientes en el hueco de la escalera. Lenguas enredadas con sabor a tequila viejo en tu garganta y en la mía. La ropa revuelta y profanada. Las caricias furtivas demasiado por debajo de la línea alba. Tu cuerpo duro contra el mío.

Al final: solo una mirada enamorada bastaba antes de la puerta del portal nos separase, la misma que me dedicas hoy desde tu lado de la cama en una noche de recuerdos de las primeras veces compartidas.

Licencia Creative Commons
Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Ráfagas de recuerdos

¿Te acuerdas de aquel amor de adolescencia, ese que te persiguió hasta tu juventud mientras tratabas de dejarlo atrás?

Después de haber leído esa pregunta es más que posible que un solo nombre se te haya venido a la cabeza a la velocidad del rayo, que una única cara sea la que se haya aparecido delante de tus ojos abiertos mirándote casi fijamente, como si estuviera justo ahí.

Sabes bien de quién te estoy hablando, siempre hay un “alguien” que cala más hondo, que hace más daño, que se queda más adentro para siempre. Suele ser la persona con la que aprendemos todo: a querer y luego a amar, a besar y a soñar, con quién descubrimos el placer por primera vez con otra persona, pero también lo que puede doler eso que tanto quieres.

Son esas relaciones compuestas de blancos puros y negros azabaches, donde todos los sentimientos pasan de cero a cien en milésimas de segundo, porque aún no sabes que las cosas que surgen a fuego lento se disfrutan más y tienen un mejor final.

Esos amores son los que dejan una huella indeleble en alguna parte de cada uno de nosotros. Unos pueden llegar a ser duraderos, otros solo son un recuerdo envuelto en los vientos de la memoria, pero todos son inolvidables.

Licencia Creative Commons
Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Relato #recuerdos

– Niña ¿qué estás buscando? No paras quieta!

La joven se bajó de la banqueta en la que se había subido para alcanzar a mirar en lo alto de un armario y miró a su abuela que la observaba con cierta sorna. Sin decir palabra, salió de la estancia para continuar su misteriosa búsqueda en las otras habitaciones de aquella que sentía como su única casa, aunque solo pasara en ella las vacaciones escolares.

No existía una sensación mejor que la que tenía cuando estaba allí, cada rincón era una extensión de su propio cuerpo y podía desplazarse a oscuras por cada espacio, tal era su conocimiento y seguridad. Salvo por un pequeño detalle, las ordenadas pilas de libros pendientes de leer continuaban desapareciendo paulatinamente sin que le hubiera llegado siquiera el turno al libro de ser leído.

En aquel momento incluso se había quedado sin el que estaba leyendo en la actualidad… Se había despistado y lo había abandonado a su suerte mientras iba al baño y el enemigo acechaba!

– Te tengo!- murmuró para sus adentros tras encontrar al pobre libro agazapado en la despensa detrás de unos tarros de conserva.

Todo lo digna que pudo, volvió aferrada al libro y con una sonrisa de triunfo en la cara a hacerle compañía a su abuela.

– Así que lo has encontrado… El próximo estará más difícil ajajajaja

Abuela y nieta se miraron y sonrieron con la misma sonrisa feliz en la cara…

Licencia Creative Commons
Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.