Bambas musicales

Se conocieron escribiendo poesías al lado del mar, uno comenzaba lanzando un verso que el otro terminaba sin conseguir que rimasen entre sí. Mientras jugaban a rimar, se perdieron en el enamorar.

Él es de pocas palabras, pero amante incondicional de la música, tenía un verso siempre perfecto escapándose de entre sus labios, suaves y perfectos para besar. Combinaba versos con besos de poesía maltrecha, balanceando al ritmo el pie derecho, siempre con las mismas bambas negras, cada verano un poco menos lustrosas. En realidad la música resonaba a todas horas en sus oídos aunque nadie más la escuchase, las notas se deslizan trasparentes a lo largo de su campo de visión, preparadas para que él las moldee a su antojo. Ella se prendó de su misterio y capacidad de crear belleza tangible, de la que con cada acorde se te eriza uno por uno el vello del cuerpo.

El sofá de su salón se convierte todas las mañanas en un baratillo de risas entre partituras y bocetos de textos que ambos protagonizan. Coautores de la misma vida, se narran cada mañana entre las sábanas, se buscan y se encuentran entre los sinónimos de posibilidades que les ofrece la vida.

Las letras y la música son sus alianzas invisibles, viven en una historia interminable con su banda sonora en bucle de manera permanente.

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Violines en el metro

Dos minutos para que el tren haga su entrada en la estación. Ha bajado las escaleras mecánicas corriendo, casi como si fuera de la gran ciudad, y justo vio como las puertas del vagón más próximo se le cerraban en las narices sin remedio. Frustrada, camina hasta el banco más próximo y se deja caer con toda la fuerza su peso. Queda medio minuto para el próximo metro. Ella menea la pierna que tiene cruzada por encima de la otra con impaciencia, mira a cada momento el reloj que tiene en la muñeca, porque aunque acaba de comprobar si tiene mensajes en el móvil, es incapaz de recordar la hora que marcaba.

Por fin ve las luces al fondo del túnel. Se levanta y acerca a la línea amarilla disuasoria. En cuanto se abren las puertas entra con paso firme, con los codos a cada lado de los costados, creándose un espacio inexistente entre la gente que como ella resoplan ante cada parada que no es la suya. Antes de que el tren se ponga de nuevo en movimiento, ya tiene la mirada enterrada en la pantalla del móvil… y de golpe ya están anunciando su parada y esta mañana todavía no le ha visto.

El tren vomita violentamente a casi todos los que lleva en su interior, y las carreras por las escaleras que ya se mueven por sí mismas se reanudan incesantes. Va por los pasillos a toda velocidad, atenta a cada sonido, con la esperanza de escuchar esa canción que suele comenzar a sonar en cuanto atisba entre la multitud madrugadora su pelo bermellón. Esta mañana no ha tenido suerte, su sitio está vacío. Comienza un día un poco más triste que el anterior…

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La bailarina que hace sentir

Colaboración mensual con  Letras & Poesía


El escenario se rinde ante la magnitud de la bailarina. Ella, con todo su diminuto ser, inunda de esencia hasta al último espectador del gran auditorio. Se deja mecer por el sonido de la música, combándose y estremeciéndose con cada acorde. Ejecuta con precisión cada movimiento, llegando a tiempo a cada corte, como si la música de un mapa se tratara. Los ojos cerrados ven a través de sus párpados, se mueven frenéticos con cada sacudida de ella.

La bailarina no mira a nadie, pero se comunica con todos; no se dirige a nadie en particular, pero todos y todas la entienden. Es el idioma universal de la danza y la música. La delicadeza de los cuerpos plegándose ante las notas que suenan acompasadas.

Las palabras son preciosas, pueden ser tanto dardos envenenados como flechas de amor, pero no siempre son necesarias para hacer sentir… Una mirada puede clavarse más profundo que el cuchillo más afilado, una caricia que estremece como un susurro delicado tras la oreja, la risa de un bebé, el gimoteo de tu perro cuando te siente triste. Ninguno articula palabras inteligibles, pero se les  escucha más alto que si te gritasen por un altavoz.

Llega el final de la actuación y todo queda en silencio: la música se extingue despacio, la bailarina se detiene y mantiene la posición final, nadie entre el público habla todavía, pero la emoción es palpable…

De repente la ovación final, todo estalla y la bailarina por fin abre los ojos agradecida, una vez más sin hablar.

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Be a rockstar

Ser estrella del rock y vivir en el autobús, una ciudad sin nombre cada noche, para no equivocarte. Saborear las noches de verano en toda su fuerza: el sudor corriendo entre los pechos, la camiseta empapada y el pelo pegado a la cara.

Ir por la vida con la camisa arrugada y el alma partida en dos, pero no importa: quizás la próxima canción sea el hilo adecuando para recoserte con puntadas bien prietas. O quizás no, y en el próximo gran pueblo encuentres esa brizna de inspiración que viene faltándote y termine por completarte.

Poco importa en realidad, las almas perdidas son ricas en emociones, en pasiones y en libertad. Vuela libre mientras puedas, antes de que los demonios de la realidad y las responsabilidades te seccionen cada una de las plumas de tus alas.

No quieras bajarte de la vida en la siguiente parada, puedes descubrir que es billete único sin stop hasta mi mundo: el mundo real.

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Dejarse llevar

En medio de una habitación a media luz se balancean al ritmo que marca la música de su juventud. Después de una vida juntos, él se desliza con la misma poca gracia que antaño, esquivando cuando puede los pies de su compañera, ahogando un silencioso suspiro de satisfacción un día más.

Son más de cuarenta años de recuerdos  perdidos entre las partículas del polvo que se balancean despacio, con el ritmo cambiado. Igual que ellos, que giran a su antojo cuando el tempo deja de contar y solo importa alcanzar el final de otra canción en los brazos del otro.

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Musas viajeras

Para algunos viajar es una necesidad, otra forma de alimentar el alma y recargar las musas cuando estas se quedan sin poderes para la inspiración.

Hay algo mágico en descubrir las cosas curiosas que tiene la vida. Es hermoso como no dejamos de sorprendernos ante las pequeñas curiosidades que sin esperarlo nos aportan una ráfaga de inspiración para nuestro arte particular.

Cosas como encontrarte con un festival de música folk en medio de la oscuridad en un pueblo costero. Sobre el escenario, un grupo con integrantes de origen asiático interpretan el folk con dejes orientales tan integrados que apenas se hacen notar. Solo en terras celtas, claro.

Con una sonrisa y el lamento de la armónica en los oídos, sabes que has llegado a ese sitio por algo, para que una de esos golpes de vientos te traiga algo inesperado, tanto, que ni siquiera sabías que pudieras necesitar.

Solo te encontrará si sales a buscarlo…

Y que las musas te encuentren trabajando, mejor si es viajando…

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La pianista

Sentada frente al piano se enfrenta de nuevo a las teclas. Desde aquí la veo a contraluz, su silueta se recorta imperfecta con la luz de la mañana, la primera que se sienta en la banqueta desde que dio a luz.

La escogida es “Claro de luna”. Las notas fluyen firmes y seguras hasta donde estoy, envueltas en ese halo mágico que siempre me ha fascinado de la música y que yo no soy capaz de ejecutar como ella.

Ella. La que tiene un don, ese don que la ha llevado a recorrer países para que la escucharan tocar, y que antes de llegar si quiera a pensar que ese destino sería suyo, sacrificó su infancia, su adolescencia y su juventud por un sueño imposible. Hasta que se convirtió en posible noche tras noche y poco a poco fue perdiendo el brillo de las cosas que brillan con luz propia para convertirse en una de esas que, sí, brillan, pero a costa de otros. En este caso a costa de ella y de su propia vida.

La pasión nos arrastra largo camino antes de que podamos frenarla, si es que algún día llegamos a poder. Poder es querer dicen por ahí, pero para poder hay que tener una poderosa razón.

La suya se despierta todos los días a la misma hora. En este mismo instante, las notas musicales son interrumpidas por el sonoro llanto que rasga la tranquilidad de la vivienda, reclamando una atención que su madre en trance no puede procurarle.

La cojo en brazos suavemente y la arrullo con cuidado, no siempre le gustan del todo los mimos. Despacio, la llevo hasta la sala del piano, donde ella sigue tocando ajena al mundo y a sus banalidades, ajena incluso al nuevo amor de su vida, que rivaliza por vez primera con su primer y único amor: la música.

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La música

La música es una gran parte de la vida, de la inspiración diaria. Cada canción forma parte de la felicidad con la que nos gusta convivir, de las emociones que nos arrasan ciertas letras o notas en cuanto se cuelan en el canal auditivo…

Puede significar la nada para algunos y el todo más inmenso para unos pocos afortunados que la saben apreciar, pero siempre resulta imprescindible. Todos tenemos una banda sonora que nos acompaña en los mejores momentos, pero sobre todo siempre hay una canción adecuada para un mal trance, para ese instante impregnado en lágrimas o para esa mala noche de insomnio cuando por fin nos ayuda a dejarnos ir, bajar la guardia y dormir…

Es el mejor estímulo y la droga más dura, esa que te pone a tope para todo y para todos, que te lleva a lo más alto cuando de verdad lo necesitas y te acompaña hasta el subsuelo de tus días más desgraciados. Siempre va a ser la sábana más sedosa que te envuelva en las noches secretas de pasión, donde no existe nadie más que dos amantes danzando al ritmo de la banda sonora escogida…

Y es que… tarareando la vida se vive mejor.

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