Danza en la tormenta (Colaboración para L&P)

Colaboración quincenal para Letras & Poesía, para quien se lo haya perdido.


Florecía cada noche bajo su boca, abierta en canal hasta el alma y un poco más abajo. Vulnerable y despojada de toda piel.

Su cadera en unión perfecta y en línea continua con la de él, como cielo y mar en el horizonte, inseparables a pesar de las tormentas de verano que oscurecen al primero y encabritan al segundo. Se fusionan una y otra vez en un baile sin final, dependientes ambos para tocar el cielo y bajar a lo profundo del mar.

Cada vaivén de ambos provoca el estallido de la noche abierta y estrellada ante sus ojos. Porque entre ambos nace vida, crean y destruyen, todo a la vez, sin orden ni concierto. Recorren un camino de ida del que no podrán volver si no es con el alma en llamas y el corazón en las manos.

Pero su tiempo es limitado. Conservarán en la memoria demasiados pocos amaneceres enrollados en el otro, buscando aquello que tienen delante, ciegos a lo que se evaporó en la humedad de la noche.

Como se les disipó el amor sin enterarse.

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Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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La soledad de las letras (Colaboración para L&P)

Colaboración quincenal para Letras & Poesía, para quien se lo haya perdido. L&P


“Estando sola en este gran mundo, no lo estoy del todo” Emily Dickinson.

Desde pequeña he sentido fascinación por la soledad, pero no cualquier tipo de soledad sino aquella reservada para los enamorados de las letras. Como Emily Dickinson en realidad nunca estaba, ni estoy, sola: los libros y la escritura son compañeros de viaje cuando se trata de vivir.

Entre las páginas de los libros aprendí cosas que nadie antes me había enseñado: terminé de entender en qué consistía exactamente el sexo cuando era pequeña y descubrí mundos que, aunque imaginarios, me hicieron pasear por la Tierra Media y creer en que la magia, a fuerza de creer en ella, tiene que existir de verdad. Comprendí que mientras un libro caiga en tus manos, mientras puedas inventar una historia, no estarás solo.

Y es que la soledad del lector es la misma que la que tiene que experimentar el escritor para que su inspiración tome forma material y salga a través de sus dedos. Es un proceso solitario en el que aunque se esté escribiendo en la mitad de una estación de tren, en realidad te rodea una isla de soledad. Una soledad únicamente compartida con las historias que bullen en tu cabeza.

El olor del verano hace que sea inevitable recordar aquellos veranos pasados en la terraza de mi abuela, pasando de un libro a otro sin apenas darme cuenta, llenando página tras página de cuadernos con letras que nunca verán la luz porque no eran lo suficientemente buenos, porque todavía no lo son.

Dicen que gran parte de lo que somos surge en la adolescencia… La mía discurrió entre libros y letras de prueba, acompañada de personajes con los que compartí sus vidas y la mía, que me inspiraron para escribir, pero también para vivir.

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