Confinamiento hogareño

Las calles en las que la gente suele apelotonarse están desiertas; las tiendas que a diario vomitan personas de manera incesante, tienen la persiana echada;las cafeterías siempre rebosantes tienen las luces apagadas y las terrazas recogidas. La capital del reino está desierta, asolada por un enemigo que solo se combate desde el interior de los hogares, manteniendo la distancia con los demás.

Son días de incertidumbre, de miedo y de echarse de menos. Las distancias parece mayores desde detrás de la cortina, sin apreciar vida al otro lado, salvo un perro que pasea a su dueño por enésima vez en el día.

Solo se observa vida a las ocho de la tarde, cuando las ventanas se abren, los balcones se colman y de repente suenan música, aplausos… se escucha vida otra vez, vida agradecida con los que lo hacen posible.

Ni tú estás conmigo ni yo contigo; las casas son campos de mina con una televisión en cada estancia que nos asusta a cada hora. Solo queda resistir y pensar que el verano y la libertad están a la vuelta de la esquina.

Licencia Creative Commons
Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

 

Galicia

Había una vez un reino que muchos decían saber que estaba encantado. Custodiado por montañas al este y al sur, al norte y al oeste solo se puede acceder por mar, a través de una costa tan irregular como las manualidades con tijeras de un niño de dos años o de un abuelo con el pulso demasiado trémulo. Con el cielo casi siempre nublado, el olor a tierra mojada se hace sentir casi en cualquier lugar, incluso en tras las noche más larga y calurosa del verano, nunca se sabe cómo de nublada puede amanecer la mañana.

Hablando de magia… las leyendas son muchas y muy variadas, solo hace falta pasear por alguno de los húmedos bosques escuchando el discurrir de los arroyos para ver un destello aquí o allá, o viendo al final del verano de la puesta de sol en la playa, enamorándote del color y del olor que se te pega en el alma cada vez un poquito más. Y en los inviernos oscuros y sombríos, siempre habrá un fuego amigo que te guíe al calor de la cocina de hierro de alguna abuela. Aquí ellas siempre tienen razón y si auguran mal de amores, mejor hacerles caso, eso sí, nunca responderán de manera directa a una pregunta, ¿por qué hacerlo cuando se puede responder con otra pregunta?

El nuestro es un reino donde se hablan dos lenguas diferentes, una de ellas tan autóctona que se cuela en el sonido de la otra cuando sus gentes no la usan, tan especial e irrepetible esta última, que no suena por igual en cualquier punto cardinal. Un acento tan enraizado que no se pierde nunca, aunque la necesidad obligue a usar el inglés a diario, el pensamiento siempre será gallego, pues la morriña pesa demasiado en el corazón.

 

 Imagen de cheli ortiz en Pixabay

Licencia Creative Commons
Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Aquellos niños

Ayer me encontré con la vecina del primero en el portal y me comentó que no sabía que teníamos niños, sorprendida le confirmé que no, que no tenemos, y dejé a la mujer tan desconcertada como ella me había dejado a mí.  No encontré sentido a su pregunta en aquel momento, y no volví a pensar en ella hasta hace un rato.

Con las mejillas todavía arreboladas, mi reflejo me devuelve la mirada desde el espejo semi empañado del lavabo. En verdad parece que todavía tenga los veinte años que la gente sigue suponiendo que tengo, claro que la gente supone cualquier cosa, como que en nuestra casa hay niños que corren descalzos por el parqué a media tarde, que se ríen como locos y se revuelcan por el sofá para terminar aterrizando con un golpe sordo en el suelo, que los grititos y risas sofocadas provienen de juegos infantiles y no de dos locos enamorados desde hace tantos años.

Podríamos decir que sí, que tenemos niños, que todavía mantenemos a esos niños que fuimos bien anclados en nuestro interior, que aquellos adolescentes con varios grados de temperatura corporal por encima de lo normal siguen intactos. Podríamos decir muchas cosas de quienes fuimos, todavía más de quienes somos hoy, pero lo cierto es que lo único que importa es el tú y yo.

Licencia Creative Commons
Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

A los que esperan en casa

Sois vosotros, sois los pilares que les hacen resistir, en quienes piensan para volver a casa tras cada día difícil, por quienes se angustian cuando la jornada se alarga y no pueden tomarse un momento para avisaros.

Sois la otra cara, la sufridora, la que hipoteca su vida por la de ellos y por la de todos en realidad, porque les seguís por todo el país, voláis lejos con alas prestadas, con el orgullo que solo entre vosotros podéis compartir porque no todos lo entienden.

Son muchas las veces que habéis de callar, aguantar los insultos casuales temiendo reacciones adversas, pasando de largo ante pintadas ofensivas, tratando de encontrarle explicación a algo que no lo tiene.

Pero calláis y bajáis la cabeza, porque no merece la pena, porque todos pertenecéis a la misma familia.

Licencia Creative Commons
CafÈs para el alma de Andrea RodrÌguez Naveira est· sujeto a Licencia Creative Commons AtribuciÛn-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

De hospital

Todo es peor cuando lleva la coletilla “de hospital”: comida de hospital, luces de hospital, café de hospital… Dicen que son lugares de pena y mal agüero, que sabes de qué manera entras, pero no como vas a salir.

Julia no está muy segura de que todo esto sea verdad. De lo único que estaba segura cuando traspasó el umbral del hospital era de su familia, una diferente que todavía se estaba formando, pero era la suya, la que ella siempre había deseado. Sabía también como iban a ser los próximos meses de su vida: duros e interminables, pero llenos de felicidad e ilusión. También conocía el cuerpo que duerme todas las noches al otro lado de la cama, pero ahora ya no está segura de nada; no sabe ni conoce nada de cómo van a ser los próximos días.

La espera es angustiosa y el minutero del reloj de pared avanza a trompicones, tan pronto no ha pasado un minuto como han pasado diez, pero a ella no le importa, continúa con la mirada disoluta y acuosa resiguiendo los bordes de las baldosas que conforman el suelo. Hasta que por fin la voz de la enfermera resuena en las anodinas paredes de la sala de espera anunciándole que todo ha sido un susto, que es una niña y que están esperándola para que vaya a conocerla.

Julia sigue sin saber nada de como va a ser su vida a partir de ahora, pero lo que sí sabe es que por fin está completa y que cuando la dicha es buena, ni el café de hospital sabe tan mal.

Licencia Creative Commons
Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.