Caer en el abismo

Después de la cuarta copa de vino todo se le empieza a difuminar.  Ella no bebe, en realidad ninguno de los dos suele probar el alcohol, pero la tensión era demasiado fuerte, e imposible obviar el tren con miles de vagones de recuerdos y sentimientos enterrados.

Así que bebieron. Pero esa sensación sigue ahí, justo en la boca del estómago, semejante a estar al borde de un precipicio e intentar inclinarte hacia delante con sumo cuidado todo lo que puedas, pero sin llegar a caerte. Es un sentimiento poderoso, atrayente como un imán hecho a su justa medida.

Esta noche, el tocadiscos suena en un rincón tarareando viejas glorias cubanas. Las ventanas abiertas de par en par permiten que la noche templada llegue hasta el sofá donde las dos figuras continúan suspendidas a medio camino de la boca del otro, a punto de abalanzarse sin arnés de seguridad y de cabeza al abismo más profundo.

Como en ese momento previo cuando eres consciente de que vas a hacer algo que no debes, que está mal en algún sentido cósmico, y a pesar de ello te ves a ti mismo haciéndolo antes de ejecutar la acción, de la misma manera, ellos saben que sus cuerpo se encontrarán una vez más, para escenificar lo que tan claro puede ver el ojo del alma.

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El vapor del spa

En el spa del gimnasio, tras una sudorosa tarde de ejercicios, trata de relajarse y poner la mente en blanco dejando que el agua remueva todas sus malas vibraciones. Con la mirada clavada en ninguna parte, termina por notar su presencia. Vibrante y masculina, su aurea parece reclamar la atención de todos a su alrededor.

No puede resistirse y le busca la mirada, insistente hasta que ambos pares de ojos chocan de manera frontal. Sonrisa automática, de esas que suben de inmediato a la mirada y se queda ahí prendida.

Cada miércoles se reproduce el mismo cruce de miradas, los mismos gestos y los mismos repasos visuales al contorno del cuerpo del otro ayudados por lo ceñido de los trajes de baño.Hasta este miércoles que se encontraron por fin fuera de los vapores del spa y se decidieron a producir su propia nube de calor.

Los asientos tirados hacia delante, la oscuridad alrededor y el sonido del silencio atronador. Los cristales de las ventanas  completamente empañados revelan la clandestina pasión de los amantes, firmada por sus manos entrelazadas contra el vidrio más cercano, como si de un revival de cierta escena del hundido Titánic cobrara vida con cada exhalación de deseo.

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