El sonido del silencio

Desde mi silla favorita te escucho hablar. En verdad no es una silla cualquiera, es más una butaca, una especie de silloncito que me regalé para sentarme a pensar. Siempre me ha gustado perderme entre la niebla de mis pensamientos viendo el mundo rodar, lejos de todo. Demasiado lejos también de ti, quizás.

Ese “tenemos que hablar”, resonó en mí con banda sonora propia, igual que una producción barata de televisión con actores demasiado mayores para sus roles a desempeñar. Soltaste esas tres palabras y el resto fue ruido, vocablos sin sentido formulados para explicarme, para que te entendiera, para que comprendiera lo impensable.

Todo cobró sentido cuando escuché la puerta cerrarse tras de ti. El silencio real me golpeó con intensidad, por primera vez la soledad me saludaba para quedarse después de haber jugado tanto a acercame a ella.


Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Así te descubrí

Descubrirte fue una casualidad, una suerte entre millones, de esas inesperadas que te embargan y te elevan.

¿Sabes esa sensación que te llena cuando descubres algo que no esperabas? Como cuando metes la mano en el bolsillo de un pantalón que hacía siglos que no te ponías y te encuentras con un billete con infinitas arrugas. Algo ínfimo que te llena y se convierte en imprescindible. Tu comida favorita en casa de tu abuela, el olor de la colonia que tu madre usaba cuando eras niño.

Sensaciones. Placeres. Vida vivida sin más expectativas.

Así fue como te descubrí, esperando sin esperar, como ese que se acerca demasiado a ver las olas romper contra el acantilado durante un temporal, que confía en que nada le va a ocurrir y no se puede perder ese espectáculo de la naturaleza y, sin embargo, es arrastrado sin remedio bajo el agua.

Tú fuiste mi corte de digestión imprevisto, me dejaste sin aliento y llena de ilusión. Eras quien andaba buscando dentro de mí, ese pedazo oculto por la ordinariez de la vida cotidiana.

Imagen de Roger Mosley en Pixabay

Licencia Creative Commons
Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

 

Distancia en el colchón

Éramos dos en un piso tan pequeño que casi no podíamos estar a la vez en la misma habitación. Quizás parezca una exageración, pero comenzamos a amarnos en una cama con un colchón de noventa sobre un somier que chirriaba con cada movimiento, el uno encima del otro, apenas podíamos movernos sin echar al otro al frío suelo de la baldosa.

Y sin amargo nunca fuimos más felices que entonces. El tiempo se paraba entre sudores cada vez que caíamos encima de ese colchón, golpeando una y otra vez con el cabecero la castigada pared de la habitación, en un soniquete tan constante como irregular que era el latir de nuestro corazones.

Pasó el tiempo y la vida por nosotros, o más bien permitimos que pasase, y de golpe nos acostumbramos a dormir en un colchón de 1,35 cada noche, casi sin rozarnos los pies ni en las noches más heladas. Nos conformamos con noches ocasionales de una pasión que siempre está a medio gas, a caballo entre la responsabilidad y el deber.

Quizás la respuesta pase por volver a instalar el colchón de noventa en la habitación estilo suite y reducir la distancia….

Imagen de monileoni en Pixabay

Licencia Creative Commons
Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

 

Mala combustión

Hay momentos que se quedan grabados en la mente, puede que no recuerdes las palabras que usaste, o quizás sí y las repitas inconsciente una y otra vez en la mente, como un mantra que te aporta seguridad, como una sensación que te acosa sin dejarte respirar.

Puede que no tengas claro qué día de la semana era o qué llevabas puesto mientras sucedía, pero seguro que si te pregunto qué sentías sabrás contestarme muy bien, ni siquiera necesitarás pensar demasiado en ello, con sentirlo será suficiente. Una ola de energía de traspasa con fuerza, lista para arrollarte si no tienes los pies bien anclados al presente; la realidad se volverá borrosa y una pequeña parte de ti querrá volver atrás y ya no habrá salvación.

Es curioso el poder que tienen algunos desencadenantes. Suena Rozalén con su “Vuelve” y parece que estoy sintiendo cómo me vibra el móvil en un imaginario mensaje, el mismo que he recibido durante tanto tiempo en las mismas ocasiones que casi se había vuelto parte de mi paisaje emocional.

Parece que casi te estoy viendo doblar la esquina de la casa de tus abuelos, el aire despistado y el pelo revuelto. El corazón se me desboca como cada una de las veces que creo atisbar tu reflejo entre la gente, la boca seca y el temblor en los dedos de las manos, todo mi cuerpo reacciona contigo, como la clásica reacción de dos componentes químicos destinados a combinarse…

Lástima que la nuestra sea una combinación demasiado letal para poder sostenerse. Lástima que no eras tu, ni siquiera en mi cabeza sigues siendo, ya solo cabe la imagen que yo guardo de aquello que parecía, pero que no llegó a ser.
Imagen de lisa runnels en Pixabay

Licencia Creative Commons
Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Radio silencio

Léelo también en Letras & Poesía


Ya casi no me queda nada de ti dentro, vas purgando tu efecto en mí como una mala droga, de las que te hacen tocar el cielo al principio y te descienden a los infiernos sin que te llegues a enterar mientras suena radio silencio, la que siempre tienes sintonizada para mí.

No te das cuenta. Simplemente coges las maletas y te vas. Me besas y me abrazas, eso siempre, y también me dices que me quieres y que me echarás de menos, pero esas palabras ya suenan huecas. Sales por la puerta y un cristal antibalas se instala entre nosotros, la distancia impone su ritmo y tú te dejas, te despistas y la dejas hacer, como si fuera una amante demasiado exigente.

Dime que hay de cuando me besabas con toda boca, no solo con labios secos. Dónde se quedó el dormir en brazos del otro, ahora para alcanzarte debo eludir el foso de distancia que impones en la cama por tu comodidad. A dónde mandaste las bromas, las risas compartidas, las ganas de mí.

Dime donde estás y te prometo que voy a rescatarte de ti mismo si hace falta, pero pídemelo…

Pídeme que te traiga de vuelta, que te que bese con los ojos como antes, que dimensione la distancia para ti de manera que deje de importar. Pídemelo y convertiré al arco iris en máquina del tiempo por y para ti.

Licencia Creative Commons
Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

 

Ahora que te vas a casar

Me gustaría poder tenerte frente a mí y ser capaz de decirte lo que delante de este cursor que parpadea se me escapa. Se supone que debería poder expresar lo mismo desde aquí que a la cara, pero la verdad es que no puedo, ni siquiera me imagino qué podría llegar a decirte.

Supongo que te felicitaría, con las manos temblando y una sonrisa vacilante en la boca claro, pero lo haría, faltaría más. Luego todo se funde a negro como la pantalla de cine después de los créditos.

Me gusta pensar que sería un encuentro casual y desenfadado donde no hubiera lugar para rencores ni palabras con dobles sentidos por una vez, pero no lo puedo asegurar. No puedo hacerlo porque es inevitable pensar por qué nosotros no lo conseguimos, por qué nos quedamos al principio del camino tantas veces sin llegar si quiera a avanzar unos metros más allá.

No se trata de un anhelo de última hora, ni siquiera es algo que me hubiera gustado alcanzar. Es la frustración de comprobar que podías llegar a ser quién yo sabía que estabas destinado a ser mientras te empeñabas en lo contrario.

Me gustaría muchas cosas, pero sé que no podría. Sé que no sería bonito de ver, ni siquiera sería una de esas escenas de película donde se encuentran años después y aunque incómodo, todo está bien, todo está perdonado y ya nada importa. Claro que me gustaría, pero yo no soy así y tú me doliste demasiado, tanto, que prefiero alegrarme en la distancia, sin saber nada más que me haga recordar .

No suelo pensarte a menudo y es mejor así, pues tu recuerdo está teñido con la vergüenza de no saber querer.

Liquidación de primavera

La primavera asoma detrás de las nubes de evolución, tapando la timidez del sol con sus pronunciadas barrigas llenas de humedad.

Las terrazas de las cafeterías comienzan a llenarse de humanos reconvertidos en caracol que se arrastran en busca de los escurridizos rayos de un sol todavía débil y sumiso, igual que ellos ante los golpes inmisericordes de la vida.

Como los demás, ellos también han salido de sus caparazones durante la tarde, en busca de un consuelo y amor perdido hace un tiempo. Son una pareja al final del camino conjunto, que transita los últimos recodos de la separación hablando como desconocidos sobre un café destemplado mientras reparten las ganancias de una vida perdida.

Por fin se respetan los turnos de palabra, con la educación que nunca antes fuera necesaria entre ellos. Porque ahora, puestos a perder los perdieron todo: desde el amor hasta la cartera, guardando solo reproches y sucios secretos, terminando por liquidar con prisas los activos de su desamor.

Licencia Creative Commons
CafÈs para el alma de Andrea RodrÌguez Naveira est· sujeto a Licencia Creative Commons AtribuciÛn-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Está dentro de ti

Solo te podía ver en la distancia y a veces ni siquiera te distinguía de la marejada de fondo que siempre te acompañaba.

Eras imposible de abordar, rodeada por el nutrido grupo de satélites que formaban tu coraza.

Vivías en una burbuja, brillante y atractiva en su exterior, imposible de ignorar la magia que te envolvía.

Salvo cuando alzas el velo protector, entonces las imperfecciones te vuelven humana y real, imperfectamente perfecta en un mundo donde sobran Barbies de plástico.

Déjate caer y vencer, lucha y vuélvete a erguir.

Está dentro de ti, esperando que te atrevas a continuar: ella, de la que me enamoré cuando solo eras tú.

Licencia Creative Commons
CafÈs para el alma de Andrea RodrÌguez Naveira est· sujeto a Licencia Creative Commons AtribuciÛn-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Suéltame de una vez

Me gusta el olor a ropa recién lavada cuando la tiendes bien temprano por la mañana, cuando todavía se está secando el rocío de la madrugada. Las manos se me quedan heladas al contacto con la ropa, casi no siento ni las pinzas ni la cuerda de tender. Inerte, como en tantos otros aspectos aspectos de mi vida me dejo arrollar por los acontecimientos, sin freno ni voluntad.

Y cuando la colada ya ondea liberada al viento no puedo evitar la envidia. Me celo de su libertad de movimiento, de su alegre danza a los ojos del sol.

Es un momento de liberación, pero también de final para mí: significa que debo volver adentro, a la oscuridad de su tiranía, a la locura de esos ojos que me miran con un odio eterno e injustificado. Cada día deseo ser una sábana, desprenderme con fuerza y de un tirón de las pinzas de su odio que me sujetan y salir volando por fin.

Quizás un día lo haga, antes de que él tome la decisión por mí.

Licencia Creative Commons
CafÈs para el alma de Andrea RodrÌguez Naveira est· sujeto a Licencia Creative Commons AtribuciÛn-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Despertar

Veo nuestras fotografías en la pared y parecemos felices. Nos asemejamos a una de esas parejas que duermen uno encima del otro toda la noche, sin separarse siquiera por la fina tela de la sábana.

Sin embargo ya no puedo contar el número de veces que ha sonado el despertador de tu lado de la cama sin que lo apagaras de un manotazo. Seguramente muchas más de las que me hubiese gustado.

No estás.

No estás ni siquiera para disculparte por no estar, algo muy tuyo eso.

Mañana será otra mañana como hoy, pero el despertador por fin sonará en el olvido.

Licencia Creative Commons
CafÈs para el alma de Andrea RodrÌguez Naveira est· sujeto a Licencia Creative Commons AtribuciÛn-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.