Recuerdos infantiles

Me acuerdo que estábamos a finales de agosto, en la recta final de las vacaciones de verano, pero yo seguía en las mismas que la primera semana en casa de la abuela: escondida entre los árboles frutales de la huerta de detrás de casa devorando libro tras libro. Los libros era lo único que variaba en realidad.

Mi piel seguía siendo de un blanco nuclear igual que cuando llegué de la ciudad, total, el sol no llegaba a filtrarse del todo entre las hojas de mis árboles. Pese al empeño de la abuela que como todos los años trataba de evitar que la miopía ganase otra dioptría, pasaba las horas entre las páginas de decenas de libros arropada por el silencio de mi alrededor…

Espera… ¿Silencio?

Quienes dicen que en las aldeas el silencio es abrumador es porque no conocen demasiado los sonidos reales que te rodean cuando te sientas a escuchar. En mis lecturas se colaban fragmentos de todo tipo: sierras eléctricas que siempre encuentran algo que cortar, estemos a 40º o bajo cero, alguna gallina que decide que es hora de poner un huevo y te lo hace saber cacareo en grito, perros que se indignan porque alguien se digna a pasar por delante de la cancela que custodian, nietas que llaman a voces a sus abuelas porque no saben en que finca están trabajando y ya es hora de comer…

Ahora no obviemos las “silenciosas” y frescas noches del campo gallego: en cuanto cae la noche los grillos comienzan un concierto que dura y dura hasta la madrugada, con intervenciones estelares de alguna lechuza incluso y de nuevo los perros tienen también su parcela todavía más furiosos que por el día. La verdad es que la noche está plagada de sonidos poco identificables derivados de una repentina ráfaga de viento solitaria, de un zorro escabulléndose de un gallinero… ¡Y no nos olvidemos que a las cinco de la mañana los gallos tocan diana!

La tranquilidad que proporciona todo esto en conjunto solo es comparable con el rumor de las olas del mar… Pensar que mi infancia me ha regalado una banda sonora semejante no me puede hacer sentir más afortunada.

P. d.: sin olvidarnos de algún ruidoso día de lluvia que siempre hay, al fin y al cabo estamos hablando de Galicia.

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Abuelas embrujadas…

— Abuelaaaaa, ¿por qué el tiesto de la entrada está caliente? ¿Las plantas hierven?

—¡Neno estate quieto! No me toques el caldero… digo el tiesto, que no es para jugar…

— Mamaaaaá, la abuela no me deja tocar nada…

— ¿Otra vez luna llena ayer a la noche mamá? —  un gesto afirmativo a su hija confirma que la abuela ha tenido una noche movidita y que no está para que le toquen ni el caldero ni otra cosa…

— Ay diosa… ¿Cómo me mandas un nieto…? —  suspira con resignación.

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La soledad de las letras (Colaboración para L&P)

Colaboración quincenal para Letras & Poesía, para quien se lo haya perdido. L&P


“Estando sola en este gran mundo, no lo estoy del todo” Emily Dickinson.

Desde pequeña he sentido fascinación por la soledad, pero no cualquier tipo de soledad sino aquella reservada para los enamorados de las letras. Como Emily Dickinson en realidad nunca estaba, ni estoy, sola: los libros y la escritura son compañeros de viaje cuando se trata de vivir.

Entre las páginas de los libros aprendí cosas que nadie antes me había enseñado: terminé de entender en qué consistía exactamente el sexo cuando era pequeña y descubrí mundos que, aunque imaginarios, me hicieron pasear por la Tierra Media y creer en que la magia, a fuerza de creer en ella, tiene que existir de verdad. Comprendí que mientras un libro caiga en tus manos, mientras puedas inventar una historia, no estarás solo.

Y es que la soledad del lector es la misma que la que tiene que experimentar el escritor para que su inspiración tome forma material y salga a través de sus dedos. Es un proceso solitario en el que aunque se esté escribiendo en la mitad de una estación de tren, en realidad te rodea una isla de soledad. Una soledad únicamente compartida con las historias que bullen en tu cabeza.

El olor del verano hace que sea inevitable recordar aquellos veranos pasados en la terraza de mi abuela, pasando de un libro a otro sin apenas darme cuenta, llenando página tras página de cuadernos con letras que nunca verán la luz porque no eran lo suficientemente buenos, porque todavía no lo son.

Dicen que gran parte de lo que somos surge en la adolescencia… La mía discurrió entre libros y letras de prueba, acompañada de personajes con los que compartí sus vidas y la mía, que me inspiraron para escribir, pero también para vivir.

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