Corazón de chocolate

Una dura capa de chocolate negro recubre ese oculto corazón de fondant de miradas indiscretas. Eres como esa balada de rock: dura y llena de aristas por fuera, pero también dulce en los bajos de tu carácter.

Que aunque te hagas la dura, conmigo no puedes. Que a pesar de tus rechazos, los besos contigo saben mejor, incluso los que tienen sabor a humo después de un cigarro a medias entre las arrugas de la cama.

Porque aparentas ser solo fachada, cuando en tu interior guardas la ciudad dorada. Déjate compartirla siendo amada.

Derrite y endulza ese amargo corazón.

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Escampará

Y se fue, como se van las nubes después de un chaparrón tropical, así sin avisar.

Construyó lejos todo aquello que aquí dinamitó con su marcha. Pero no se fue solo: se hizo acompañar de la parte racional que todavía me mantenía viva, dejando tras de sí una cáscara vacía, rota de promesas sin empezar a cumplir y sueños todavía sin imaginar.

Después de la tormenta siempre suele escampar, pero después de ti al sol ya no le queda valor.

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Alimento para el alma

Deja que el agua te lave las penas. Permite que arrastre el rastro salado de tus mejillas hasta que limpie tu alma de todo dolor.

Y aliméntate en cuerpo y alma para ti.



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¡Ayudadnos a difundirlo! Urge ayuda por crisis de cólera en Yemen. (por Textos Solidarios)

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Trapecista

Vestido con brillantes colores que semejan una segunda piel, el trapecista se prepara en su puesto en las alturas antes de jugar con el destino y arriesgar otra noche en las cuerdas. La adrenalina es la de siempre, la emoción también, pero la sensación de vértigo es mayor, como siempre que actúa cerca de casa.

Quedan unos segundos para que termine el número que le precede y sin pensarlo dos veces hace su gran entrada desde los cielos de la carpa arco iris que protege el espectáculo. Las exclamaciones de asombro son inmediatas, como siempre, igual que las caras de susto entre el público, pero todo eso ya no importa.

En el momento en que permite que el show le posea el resto del mundo deja de existir: los sonidos se mezclan en una cacofonía difícil de identificar para unos oídos que lo único que escuchan es la propia respiración y el ritmo acelerado del corazón.

Los momentos previos al culmen del ejercicio son siempre los más críticos: la concentración absoluta le dificulta la toma de conciencia de nuevo, complica la buscada cercanía con el público que su matrimonio con el trapecio divorcia de la realidad. Solo cuando abre los ojos, para ver esta vez, fija sus ojos en mi y me ve.

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Chica en zapatillas 2

La continuación de este pequeño relato… Chica en zapatillas 1


Madrid tiene un olor especial, un olor que podría reconocer en cualquier parte del mundo. Con el metro bajo las entrañas de la ciudad, cada tren se encarga de hacer circular ese aroma por cada uno de los contrastes de la villa.

Ella es una de los cientos de asiduos en el metro cada día: con sus zapatillas danzando en los pies se ha recorrido cada andén del centro para llegar a todos esos lugares de los que siempre había leído tanto antes de mudarse a la capital. Pero esta no es una de esas noches donde espera volverse en el último tren a su pequeño estudio en el centro.

Esta noche la espera una cena elegante en un restaurante todavía más elegante, un lugar de esos donde se junta lo más granado de la alta sociedad madrileña; nada que ver con los comensales habituales de los chinos o mexicanos a los que le gusta acudir a ella.

Cuando por fin se baja del coche solo lo hace por una razón, y es darle una oportunidad a ese experimento de relación con ese dandy de sonrisa dulce del que se quedó prendada en la sección de poesía de la FNAC de Callao. Unos cuantos helados más tarde ya estaba enganchada a la conversación interesante, a la cítrica fragancia que desprendía y a las suaves caricias que producía al hablar.

Así que ahí estaba esa noche, lista para cenar en un restaurando donde tiene para usar más cubertería que dedos tiene en la mano.

— Disculpe señorita, ¿pero le importaría cambiarse de calzado?

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Noches adolescentes

La tormenta de verano que  por fin se desata sobre la ciudad me recuerda nuestras carreras bajo los balcones cualquier lluvioso sábado noche de otoño antes de los exámenes, viviendo sobre la delgada línea que separa adolescencia de juventud.

Las noches entre risas y amigos que se sucedían una tras otra, siempre con la línea temporal marcada a las cuatro, que era nuestra cita a solas para comernos a besos bajo la luz intermitente de cualquier farola, pues el todavía impuesto toque de queda se cumplía a las cinco de la mañana.

Luego de vuelta a casa: yo descalza dando saltos sobre los adoquines de la ciudad y tú con mis agudos zapatos de tacón pendiendo de una mano, ambos borrachos, pero de pasión el uno por el otro.

Por último la dura despedida en mi portal. Los besos ardientes en el hueco de la escalera. Lenguas enredadas con sabor a tequila viejo en tu garganta y en la mía. La ropa revuelta y profanada. Las caricias furtivas demasiado por debajo de la línea alba. Tu cuerpo duro contra el mío.

Al final: solo una mirada enamorada bastaba antes de la puerta del portal nos separase, la misma que me dedicas hoy desde tu lado de la cama en una noche de recuerdos de las primeras veces compartidas.

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