Ojalá para siempre: unidas y fuertes

Hoy más que nunca somos las nietas de aquellas que murieron quemadas por luchar por sus derechos, por no conformarse y querer para sí mismas y para sus hijas un presente y un futuro mejor.

Por ellas llevamos dentro todo lo necesario para seguir levantándonos por nosotras mismas, por nuestras hijas y también por nuestros hijos, para que sean parte de una lucha que nos incumbe a todos y todas

Somos herederas de la fuerza de nuestras madres, de nuestras abuelas y todas las mujeres antes que ellas que lucharon porque fuéramos iguales que la otra mitad de la población del mundo.

Somos más de la mitad en realidad, porque somos más longevas, aunque en muchas ocasiones nos limitamos a sobrevivir cuando en nosotras nace la vida, somos vida.

Si nosotras paramos, la vida se paraliza.

Ojalá un mundo donde seamos y nos sintamos libres, donde no tengamos que mirar atrás en una calle oscura con el móvil en ristre, por si acaso.

Ojalá una sociedad donde las miradas sean limpias y no ensucien la belleza de unos cuerpos hechos para admirar.

Ojalá pronto, ojalá para siempre: unidas y fuertes.

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Retazos pasionales

Es como cuando ves a alguien besarse de verdad, con ganas, hasta casi comerse en la boca del otro.

Tienen tanta prisa y ansia que se entrelazan fuerte, lengua con legua, bebiéndose el alma por la boca.

Ellos eran de ese tipo, de los impacientes, de los que se aman tan rápido como fuerte. Sin medida.

La pasión los arrasó sin piedad, despojándolos de toda vanidad.

De jovencitos eran imparables: una fuerza de la naturaleza combinada.

Hoy son la pareja que pasea cogida con la misma fuerza de antaño por el parque, sin soltarse nunca las manos.

La memoria a ella la abandonó, pero el la conserva por los dos.

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Entre ataduras

Colaboración para Letras & Poesía


Eras como la cubierta de uno de esos vinilos de los ochenta: vistosa y llena de colores, de las que te atraen para que las acaricies sobre el plástico sin darte ni cuenta.
Solo te fijas en el colorido y en lo bien que suena la cara A del disco, para qué te ibas a fijar en la B si la A es tan sexi.
Eso fue lo que me pasó a mí, solo vi una cara de ti.
Solo vi aquello que me quisiste mostrar, y para cuando descubrí el retrato completo: ya se me habían comido los gusanos.
Porque sabes, yo te creía siempre y sin teorías, porque para mí tu palabra bastaba.
Pero no para ti, para ti yo siempre dejaba que desear:
No era lo suficiente cariñosa, ni tampoco bonita.
Me considerabas débil y fácil de controlar.
Te desesperaban mis necesidades, pero no me dejabas volar.
Me atabas bien corto, no fuera que tuviera algo que pensar.
Y aunque te cansaste pronto de mí, nunca me dejaste marchar.
Fue entonces cuando me di cuenta: la cuerda dejó de apretar y yo tuve que admitir que me hiciste desaparecer.

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La buena suerte

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Su humor hacía juego con el del cielo sobre la ciudad que no presagiaba nada bueno, y es que nunca le habían gustado los martes y aquel día era un gran martes y trece.

Como todos los días arrastraba los pies por los roñosos adoquines de una ciudad adormilada a la hora de la siesta. Se había vuelto a escabullir por la puerta de la cocina, todo hombros encorvados y miradas furtivas hacia cada esquina.

Avanzaba paso a paso, contando cada una de las baldosas que dejaba atrás y cuidando de no pisar ninguna de las rayas que dibuja la acera. En su concentración no escuchó los quejidos de su anciana madre por haberse escapado otra vez desde la casucha en la que vivían, ni tampoco se percató de la escalera abierta de par en par que acababa de atravesar hasta que fue demasiado tarde… Hoy en día los técnicos de telefonía ponen sus escalones en cualquier desafortunada parte.

Con la respiración agitada se concentró en avanzar despacio y respirar desde el pecho, como insistía su psicóloga desde hacía años. Con la mirada desenfocada y las piernas casi incapaces de sujetarle, por fin alcanzó la familiar puerta del local y pidió su habitual par de cartones.

Entre cartón y cartón, el corazón volvió a latirle con normalidad y la tarde se fue sin que nadie de los que allí estaba se dieran cuenta. Los cartones siguieron llegando y él tachando y desechando uno tras otro y otro más… Y así sin darse cuenta ese otro que vive en su interior y que rara aparecía gritó:

— ¡¡¡Bingo!!!

Y salió de allí con tres mil euros del bote en el bolsillo todavía sin tenerlo muy claro, hasta que se topó de frente con un aterciopelado gato negro con los ojos fijos en él…

Apareció al día siguiente: tirado en un callejón con la panza abierta, y el bolsillo también sin rastro del cheque.

Maldita la mala suerte que había venido por fin a llevárselo.

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Me gustas así

Me desperté con el olor de las tostadas francesas en la nariz, idénticas a aquellas que comíamos todas las mañanas en pijama en aquel verano junto a la playa.

Recuerdo muchos placeres de ese viaje y también la manera en que te estirabas cada amanecer mirando al mar. Siempre me ha gustado mirar como te mueves, con ese paso lento y desganado de genio despistado.

Me gusta observarte entre el flequillo, que te irrites porque te sientes vigilado y te vuelvas demasiado torpe hasta para ti.

Y que cuanto más torpe, más rías.

Me gustas así, porque no te escondes y puedo verte de verdad y hacía demasiado que te escondías.

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Recuerdos infantiles

Me acuerdo que estábamos a finales de agosto, en la recta final de las vacaciones de verano, pero yo seguía en las mismas que la primera semana en casa de la abuela: escondida entre los árboles frutales de la huerta de detrás de casa devorando libro tras libro. Los libros era lo único que variaba en realidad.

Mi piel seguía siendo de un blanco nuclear igual que cuando llegué de la ciudad, total, el sol no llegaba a filtrarse del todo entre las hojas de mis árboles. Pese al empeño de la abuela que como todos los años trataba de evitar que la miopía ganase otra dioptría, pasaba las horas entre las páginas de decenas de libros arropada por el silencio de mi alrededor…

Espera… ¿Silencio?

Quienes dicen que en las aldeas el silencio es abrumador es porque no conocen demasiado los sonidos reales que te rodean cuando te sientas a escuchar. En mis lecturas se colaban fragmentos de todo tipo: sierras eléctricas que siempre encuentran algo que cortar, estemos a 40º o bajo cero, alguna gallina que decide que es hora de poner un huevo y te lo hace saber cacareo en grito, perros que se indignan porque alguien se digna a pasar por delante de la cancela que custodian, nietas que llaman a voces a sus abuelas porque no saben en que finca están trabajando y ya es hora de comer…

Ahora no obviemos las “silenciosas” y frescas noches del campo gallego: en cuanto cae la noche los grillos comienzan un concierto que dura y dura hasta la madrugada, con intervenciones estelares de alguna lechuza incluso y de nuevo los perros tienen también su parcela todavía más furiosos que por el día. La verdad es que la noche está plagada de sonidos poco identificables derivados de una repentina ráfaga de viento solitaria, de un zorro escabulléndose de un gallinero… ¡Y no nos olvidemos que a las cinco de la mañana los gallos tocan diana!

La tranquilidad que proporciona todo esto en conjunto solo es comparable con el rumor de las olas del mar… Pensar que mi infancia me ha regalado una banda sonora semejante no me puede hacer sentir más afortunada.

P. d.: sin olvidarnos de algún ruidoso día de lluvia que siempre hay, al fin y al cabo estamos hablando de Galicia.

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Frío en el corazón

La niebla hecha jirones se despliega ante mí mostrándome un camino incierto que ya no sé si quiero recorrer. Entre nubes me veo correr, desesperada por alcanzar aquello que se perdió hace tanto tiempo pero que no puedo dejar ir todavía, aunque debería.

El tren avanza penoso entre los peñascos nevados y los árboles helados, un paisaje más propio de Narnia que de la vida real. Pero está bien así, detrás del cristal me siento a salvo de todo excepto de mis propios pensamientos, excepto de mí misma…

La vuelta a casa debería calentar el corazón, no llenarlo de pequeñas estalactitas que hielan la ilusión de un reencuentro frío y carente de emoción.

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Para ti de mí

Por el ventanal se cuela una leve brisa helada.

La música suave suena desde el mini altavoz de viaje que siempre nos acompaña.

Afuera hiela y hasta nieva, pero aquí dentro el sol late entre nosotros.

Frente al ventanal damos vueltas al ritmo de nuestra música. Tú me susurras al oído cada letra de la canción, como si hubiera sido escrita para mí de ti.

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Suéltame de una vez

Me gusta el olor a ropa recién lavada cuando la tiendes bien temprano por la mañana, cuando todavía se está secando el rocío de la madrugada. Las manos se me quedan heladas al contacto con la ropa, casi no siento ni las pinzas ni la cuerda de tender. Inerte, como en tantos otros aspectos aspectos de mi vida me dejo arrollar por los acontecimientos, sin freno ni voluntad.

Y cuando la colada ya ondea liberada al viento no puedo evitar la envidia. Me celo de su libertad de movimiento, de su alegre danza a los ojos del sol.

Es un momento de liberación, pero también de final para mí: significa que debo volver adentro, a la oscuridad de su tiranía, a la locura de esos ojos que me miran con un odio eterno e injustificado. Cada día deseo ser una sábana, desprenderme con fuerza y de un tirón de las pinzas de su odio que me sujetan y salir volando por fin.

Quizás un día lo haga, antes de que él tome la decisión por mí.

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Desde mi lado de la cama

Te observo desde mi lado de la cama, a veces tan lejos de ti que asemeja un abismo entre los dos. Pero no esta madrugada, hoy con solo inspirar te metes dentro de mi hasta por la nariz.

Te miro y vuelvo a mirar a cada minuto, no estoy muy seguro de que si cerrara un rato los ojos te fuera a encontrar al abrirlos. Te veo a ti y me fijo en la depresión que forma tu cadera con tu pierna eterna.

No puedo evitarlo y tengo que acercarme y cubrir ese hueco desnudo con una caricia primero, luego con un suave mordisco que me permita saborearte un poco más.

Te siento sonreír por como tensas la piel, aún sin despertar del todo, todavía en tus sueños pero tan feliz.

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