Cuando te vayas

Los días tachados en el calendario me cuentan que tan solo quedan unas semanas para que te vayas a marchar. Sé que es una aventura con retorno, pero joder, que largo va a ser el año sin ti. Sin ti y sin tus manías, esas que me exasperan y a la vez me hacen sonreír con fuerza. Pensándolo bien tu marcha es una buena noticia para las arrugas de mi cara, pues tendrán descanso de las risas diarias.

Cuando te vayas, procura no olvidarte de nada, ni siquiera de ti mismo y de quien eres conmigo. Acuérdate de nosotros, de quienes somos juntos y de quienes queremos llegar a ser. Pero sobre todo acuérdate de vivir por ti.

No te preocupes por mí , yo voy a estar bien, entre mis libros y letras de siempre. Viviendo, pero contigo en la mente.

CafÈs para el alma de Andrea RodrÌguez Naveira est· sujeto a Licencia Creative Commons AtribuciÛn-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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Descontando

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Cubrirte la cara con los besos que no podré darte cuando no estés.

Abrazarte toda la noche, por las que tendré que abrazarme a mí misma.

Agarrarte de la mano por la calle y esconderme en el hueco de hombro.

Apurar el tiempo, antes de que empiece a descontar.

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Cultura del selfie

Hacía un tiempo que no escribía para hablar sin más, para dar mi opinión sobre algo, pero después de volver de vacaciones siento más que nunca la necesidad de, café en mano, quejarme del género humano en una de sus facetas más bajas.

El caso es que he estado una semana de vacaciones en Barcelona, llegué el lunes siguiente a cuando todo pasó. No voy a mentir y decir que no se me pasó por la cabeza anularlo todo y no ir, pero a pesar del miedo era más importante que nunca hacer el viaje.

Como no podía ser de otro modo, la visita a las Ramblas era más que imperativa. Y allí fue donde mi indignación comenzó a fermentarse, desde el primer recuerdo hasta el último.

Las rosas, peluches, notas, velas… se acumulan en los distintos puntos donde se apagaron las luces que ahora brillan con fuerza en el cielo. Todos los visitantes nos paramos ante los improvisados altares. Es impensable no hacerlo. Impensable, como ponerse a hacer fotos de los recordatorios, o todavía peor, sacar el palo selfie y perpetuar esa cultura horrible que fomenta el morbo de la búsqueda de la foto perfecta, la necesidad de cuantos más likes mejor.

No puedo describir la sensación de estar allí de pie, con la realidad del horror golpeándote de frente y la estupidez e insensibilidad de muchos apabullándote a la vez. Esa no es manera de recodar a nadie, víctima o no.

Yo escojo recordar la sensación de unidad y desafío contra los que no tienen respeto por la vida humana ni por la libertad. Yo escojo la Rambla llena de luz y de color.

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No hay palabras

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La penúltima sombra en la noche

Las noches de agosto en las ciudades de interior suelen consistir en interminables horas de rodar sobre el colchón húmedo de sudor. Por eso, mis noches veraniegas suelen discurrir conmigo acodado en el alféizar de la ventana, pasando el cigarro a medias de una mano a otra, calada tras calada.

Las noches en las que después del segundo pitillo todavía no ha aparecido comienzo a inquietarme: casi nunca llega tarde a nuestra no-cita. Esperando a que su silueta se recorte en el vano de enfrente, pienso como en realidad lo único que nos une son estos momentos a oscuras alumbrados por la farola de luz titilante que cuelga entre nuestras respectivas ventanas. Mientras que no distingo los pliegues de su camisola tres tallas mayor que ella, recuerdo las primeras sonrisas que intercambiamos, escondidas las caras entre el humo de la penúltima calada, siempre la penúltima.

Y ahí está por fin, auténtica y despreocupada, liberada de las ataduras del sujetador y de la prisión de las medias obligadas para trabajar.

Libre por fin.

— Siento el retraso, ¿echamos el penúltimo?— pregunta con la sonrisa iluminada por el mechero.

Siempre el penúltimo…

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Danza en la tormenta (Colaboración para L&P)

Colaboración quincenal para Letras & Poesía, para quien se lo haya perdido.


Florecía cada noche bajo su boca, abierta en canal hasta el alma y un poco más abajo. Vulnerable y despojada de toda piel.

Su cadera en unión perfecta y en línea continua con la de él, como cielo y mar en el horizonte, inseparables a pesar de las tormentas de verano que oscurecen al primero y encabritan al segundo. Se fusionan una y otra vez en un baile sin final, dependientes ambos para tocar el cielo y bajar a lo profundo del mar.

Cada vaivén de ambos provoca el estallido de la noche abierta y estrellada ante sus ojos. Porque entre ambos nace vida, crean y destruyen, todo a la vez, sin orden ni concierto. Recorren un camino de ida del que no podrán volver si no es con el alma en llamas y el corazón en las manos.

Pero su tiempo es limitado. Conservarán en la memoria demasiados pocos amaneceres enrollados en el otro, buscando aquello que tienen delante, ciegos a lo que se evaporó en la humedad de la noche.

Como se les disipó el amor sin enterarse.

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Noches de concierto

Las noches de rock se suceden bajo el sol de las estrellas, buscando el alma que perdiste en el último plenilunio bajo el pentagrama fantasma de las canciones que ya no sonarán.

La bruja volará esta noche una penúltima vez antes de colgar la escoba en la cueva de los lamentos, mientras en secreto haces el amor con el error de tu vida, ese que también es el único gran amor que vas a tener.

Presta atención al cielo cuando todo acabe, exhala el humo del cigarrillo de después en dirección a las estrellas. Verás como se resume tu vida en un puñado de notas musicales que ascienden desde el escenario.

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