Entrevista realizada por Letras & Poesía

En octubre de este año tan raro que llevamos, se cumplen cuatro años de mis colaboraciones con Letras y Poesía. Han sido unos años llenos de cosas buenas, de experiencias nuevas y nuevos compañeros en el mundo de las letras. No puedo estar más agradecida a todo el equipo por el camino recorrido, ojalá nos resten muchos más años compartiendo el amor por la literatura.

Aquí os comparto la entrevista que me han hecho, espero que os guste!

Confinamiento hogareño

Las calles en las que la gente suele apelotonarse están desiertas; las tiendas que a diario vomitan personas de manera incesante, tienen la persiana echada;las cafeterías siempre rebosantes tienen las luces apagadas y las terrazas recogidas. La capital del reino está desierta, asolada por un enemigo que solo se combate desde el interior de los hogares, manteniendo la distancia con los demás.

Son días de incertidumbre, de miedo y de echarse de menos. Las distancias parece mayores desde detrás de la cortina, sin apreciar vida al otro lado, salvo un perro que pasea a su dueño por enésima vez en el día.

Solo se observa vida a las ocho de la tarde, cuando las ventanas se abren, los balcones se colman y de repente suenan música, aplausos… se escucha vida otra vez, vida agradecida con los que lo hacen posible.

Ni tú estás conmigo ni yo contigo; las casas son campos de mina con una televisión en cada estancia que nos asusta a cada hora. Solo queda resistir y pensar que el verano y la libertad están a la vuelta de la esquina.

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Los domingos están diseñados para disfrutar. Hay tantos planes perfectos de domingo como personas existen… el tuyo y el mío no puede ser más simple: pasear, recorrer sin rumbo calle tras calle el uno al lado del otro, a veces en silencio, pero casi siempre conmigo hablando sin parar. Me gusta tu manera de escuchar, atenta, aunque luego casi no contestes ni digas demasiado, pero tu presencia callada reconforta.

El silencio entre nosotros no incomoda, no obliga a nada más que a ser y a estar, a disfrutar del otro en todos los sentidos: anima a sentir con fuerza las partes donde mi cuerpo y el tuyo se unen; sugiere momentos de complicidad en los ojos del otro; sonrisas relajadas que cuelgan de la comisura de los labios al mirarnos de reojo.

Tú eres el silencio que nos conforta cuando no hay nada más que decir, cuando todo está claro y también cuando los imprevistos golpean con fuerza inesperada. Yo soy toda palabras, alborotada y atolondrada donde las haya, callo poco y vomito con violenta cada sentimiento, bueno o malo y cada uno tú lo acunas y en tu calmo interior.

Dos caras de un mismo océano: la calma de la mar, salpicada de las olas que le dan vida, impensables la una sin la otra. Como yo sin ti.

Imagen de Mike Flynn en Pixabay

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Aparentas ser

Juegas al teléfono roto sin cobertura tratando de alcanzarme otra vez, pretendiendo que vuelva a enredarme contigo.

Eres tan de ayer que vuelves a estar de moda, como cualquier prenda u objeto vintage que nos enamora desde un escaparate. Incluso ese carácter espinoso que tanto te esfuerzas en mostrar combina con los cactus decorativos de cualquier salón de diseño.

Eres tan real como ambiguo. Eres tantas cosas que ya no sé distinguirte.

Lo único que sé con seguridad es que eres el mismo error cometido una y otra vez, así de sencillo y complicado a la vez. Me tiendes de nuevo la mano y sé que no debo cogerme, lo tengo tan claro como que ya estoy aferrada a ella antes incluso de querer darme cuenta.

Distancia en el colchón

Éramos dos en un piso tan pequeño que casi no podíamos estar a la vez en la misma habitación. Quizás parezca una exageración, pero comenzamos a amarnos en una cama con un colchón de noventa sobre un somier que chirriaba con cada movimiento, el uno encima del otro, apenas podíamos movernos sin echar al otro al frío suelo de la baldosa.

Y sin amargo nunca fuimos más felices que entonces. El tiempo se paraba entre sudores cada vez que caíamos encima de ese colchón, golpeando una y otra vez con el cabecero la castigada pared de la habitación, en un soniquete tan constante como irregular que era el latir de nuestro corazones.

Pasó el tiempo y la vida por nosotros, o más bien permitimos que pasase, y de golpe nos acostumbramos a dormir en un colchón de 1,35 cada noche, casi sin rozarnos los pies ni en las noches más heladas. Nos conformamos con noches ocasionales de una pasión que siempre está a medio gas, a caballo entre la responsabilidad y el deber.

Quizás la respuesta pase por volver a instalar el colchón de noventa en la habitación estilo suite y reducir la distancia….

Imagen de monileoni en Pixabay

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Bambas musicales

Se conocieron escribiendo poesías al lado del mar, uno comenzaba lanzando un verso que el otro terminaba sin conseguir que rimasen entre sí. Mientras jugaban a rimar, se perdieron en el enamorar.

Él es de pocas palabras, pero amante incondicional de la música, tenía un verso siempre perfecto escapándose de entre sus labios, suaves y perfectos para besar. Combinaba versos con besos de poesía maltrecha, balanceando al ritmo el pie derecho, siempre con las mismas bambas negras, cada verano un poco menos lustrosas. En realidad la música resonaba a todas horas en sus oídos aunque nadie más la escuchase, las notas se deslizan trasparentes a lo largo de su campo de visión, preparadas para que él las moldee a su antojo. Ella se prendó de su misterio y capacidad de crear belleza tangible, de la que con cada acorde se te eriza uno por uno el vello del cuerpo.

El sofá de su salón se convierte todas las mañanas en un baratillo de risas entre partituras y bocetos de textos que ambos protagonizan. Coautores de la misma vida, se narran cada mañana entre las sábanas, se buscan y se encuentran entre los sinónimos de posibilidades que les ofrece la vida.

Las letras y la música son sus alianzas invisibles, viven en una historia interminable con su banda sonora en bucle de manera permanente.

Imagen de Jorge Guillen en Pixabay

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Violines en el metro

Dos minutos para que el tren haga su entrada en la estación. Ha bajado las escaleras mecánicas corriendo, casi como si fuera de la gran ciudad, y justo vio como las puertas del vagón más próximo se le cerraban en las narices sin remedio. Frustrada, camina hasta el banco más próximo y se deja caer con toda la fuerza su peso. Queda medio minuto para el próximo metro. Ella menea la pierna que tiene cruzada por encima de la otra con impaciencia, mira a cada momento el reloj que tiene en la muñeca, porque aunque acaba de comprobar si tiene mensajes en el móvil, es incapaz de recordar la hora que marcaba.

Por fin ve las luces al fondo del túnel. Se levanta y acerca a la línea amarilla disuasoria. En cuanto se abren las puertas entra con paso firme, con los codos a cada lado de los costados, creándose un espacio inexistente entre la gente que como ella resoplan ante cada parada que no es la suya. Antes de que el tren se ponga de nuevo en movimiento, ya tiene la mirada enterrada en la pantalla del móvil… y de golpe ya están anunciando su parada y esta mañana todavía no le ha visto.

El tren vomita violentamente a casi todos los que lleva en su interior, y las carreras por las escaleras que ya se mueven por sí mismas se reanudan incesantes. Va por los pasillos a toda velocidad, atenta a cada sonido, con la esperanza de escuchar esa canción que suele comenzar a sonar en cuanto atisba entre la multitud madrugadora su pelo bermellón. Esta mañana no ha tenido suerte, su sitio está vacío. Comienza un día un poco más triste que el anterior…

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Imagen de engin akyurt en Pixabay

Galicia

Había una vez un reino que muchos decían saber que estaba encantado. Custodiado por montañas al este y al sur, al norte y al oeste solo se puede acceder por mar, a través de una costa tan irregular como las manualidades con tijeras de un niño de dos años o de un abuelo con el pulso demasiado trémulo. Con el cielo casi siempre nublado, el olor a tierra mojada se hace sentir casi en cualquier lugar, incluso en tras las noche más larga y calurosa del verano, nunca se sabe cómo de nublada puede amanecer la mañana.

Hablando de magia… las leyendas son muchas y muy variadas, solo hace falta pasear por alguno de los húmedos bosques escuchando el discurrir de los arroyos para ver un destello aquí o allá, o viendo al final del verano de la puesta de sol en la playa, enamorándote del color y del olor que se te pega en el alma cada vez un poquito más. Y en los inviernos oscuros y sombríos, siempre habrá un fuego amigo que te guíe al calor de la cocina de hierro de alguna abuela. Aquí ellas siempre tienen razón y si auguran mal de amores, mejor hacerles caso, eso sí, nunca responderán de manera directa a una pregunta, ¿por qué hacerlo cuando se puede responder con otra pregunta?

El nuestro es un reino donde se hablan dos lenguas diferentes, una de ellas tan autóctona que se cuela en el sonido de la otra cuando sus gentes no la usan, tan especial e irrepetible esta última, que no suena por igual en cualquier punto cardinal. Un acento tan enraizado que no se pierde nunca, aunque la necesidad obligue a usar el inglés a diario, el pensamiento siempre será gallego, pues la morriña pesa demasiado en el corazón.

 

 Imagen de cheli ortiz en Pixabay

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Un tango en el Retiro

Entre el verde del Retiro suenan las notas de un tango argentino. La voz de Gardel se pierde entre el verdor del pulmón verde de la ciudad, atrayendo a los que pasean entre los caminos laberínticos del parque.

Con más arrugas que cuando con apenas 16 años aprendió a cruzar las piernas al ritmo de la música, baila exactamente igual que entonces. La falda bermellón revolotea a su alrededor, haciendo parecer que flota un par de palmos por encima del resto de mediocres bailarines que lo intentan a su lado,

En verdad su compañero no es experto bailarín, pero su destreza hace que ambos brillen con intensidad en las tardes de la canícula madrileña. Por amor al arte hacen las delicias de los turistas de también de los de siempre, que acuden puntuales a las citas domingueras de última hora, anónimos, pero que son los de siempre, dispuestos a aplaudir y emocionarse con cada quiebro.

La juventud de las carnes la ha abandonado hace poco, pero su espíritu es más joven que nunca bajo las últimas luces del último domingo, bailando como si no fuera a haber otro al final de la semana próxima.

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Ser y estar

Cada vez que te veo me invade esa característica sensación avergonzada. Eres mi cúmulo perfecto de pesares, esos que nunca tuvieron una cura apropiada. Todavía sigues siendo mi lastimosa debilidad en las noches en blanco, cuando te pienso y te dejo entrar y ya no puedo dejarme ir a la paz de la fase REM.

Continúas en mí, como el alcohol de garrafón del último local, arrojándome a los brazos de la resaca emocional consentida.

Sigues y seguirás, porque yo te lo permito, porque te dejo ser y estar en mí una década más.

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