Cultura del selfie

Hacía un tiempo que no escribía para hablar sin más, para dar mi opinión sobre algo, pero después de volver de vacaciones siento más que nunca la necesidad de, café en mano, quejarme del género humano en una de sus facetas más bajas.

El caso es que he estado una semana de vacaciones en Barcelona, llegué el lunes siguiente a cuando todo pasó. No voy a mentir y decir que no se me pasó por la cabeza anularlo todo y no ir, pero a pesar del miedo era más importante que nunca hacer el viaje.

Como no podía ser de otro modo, la visita a las Ramblas era más que imperativa. Y allí fue donde mi indignación comenzó a fermentarse, desde el primer recuerdo hasta el último.

Las rosas, peluches, notas, velas… se acumulan en los distintos puntos donde se apagaron las luces que ahora brillan con fuerza en el cielo. Todos los visitantes nos paramos ante los improvisados altares. Es impensable no hacerlo. Impensable, como ponerse a hacer fotos de los recordatorios, o todavía peor, sacar el palo selfie y perpetuar esa cultura horrible que fomenta el morbo de la búsqueda de la foto perfecta, la necesidad de cuantos más likes mejor.

No puedo describir la sensación de estar allí de pie, con la realidad del horror golpeándote de frente y la estupidez e insensibilidad de muchos apabullándote a la vez. Esa no es manera de recodar a nadie, víctima o no.

Yo escojo recordar la sensación de unidad y desafío contra los que no tienen respeto por la vida humana ni por la libertad. Yo escojo la Rambla llena de luz y de color.

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Ella vs Ella

La violencia contra la mujer tiene casi tantas caras como mujeres existen. Todas ellas son intolerables y repugnantes. Sin embargo, resulta especialmente perturbador cuando esta violencia se materializa de ella a ella, de mujer a mujer.

Son muchos los ejemplos y por supuesto, no hago alusión a esas prácticas culturales donde mujeres dañan a mujeres, a hijas y nietas propias, porque la ignorancia del que cree estar actuando bien y el miedo son dos de las grandes barreras que todavía tenemos que saltar para alcanzar esa igualdad que parece que nunca llegamos a ver materializada, que solo atisbamos desde ese techo de cristal transparente desde donde nos agazapamos.

No es eso, en este caso me refiero sobre todas a esas cosas tan tontas y a la vez tan normalizadas que ya se perciben como habituales en nuestro entorno y pasan desapercibidas. Es el caso de los insultos en paredes, las famosas puertas de cualquier baño de un bar o una discoteca, los comentarios a media voz de chicas sobre chicas, los prejuicios infundados. Todo aquello contra lo que nos erguimos y sin embargo seguimos haciéndonos unas a otras.

La igualdad y el respeto comienza por un@ mism@.


Como muestra:

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Chiquilladas que tienen que dejar de ser llamadas así.

La mala educación

La mala educación es uno de los rasgos más característicos grande parte de la población del planeta. Dicho así puede parecer una banalidad enorme en comparación con la cantidad de problemas reales que tiene la humanidad. No obstante, realmente es un problema más allá de lo poco agradable que puede ser alguien te haga daño en una de las muchas esferas que tiene la vida, porque también es verdad que muchas veces la mala educación lleva aparejada una gran insensibilidad para con los demás.

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En este sentido no hay más que investigar un poco al respecto sobre ciertos experimentos sociológicos donde un actor  simula que se desmaya en medio de la calle y nadie hace nada al respecto, nadie se inmuta.

Otro ejemplo muy recurrente es en situaciones de violencia verbal muy agresiva, ya sea de él hacia ella o de ella hacia el o si son del mismo género: la reacción más habitual es mantenerse al margen, donde nada salpique, ni quiera las conciencias.

También están las pequeñas cosas, los pequeños detalles cotidianos que arañan dentro del alma un poquito cada vez: la falta de saludo, ignorar a otra persona a propósito, las burlas, los malos gestos…

La mala educación del ser humano parece que en ciertas regiones es endémica, arraigada en la cultura y vestida de independencia o individualismo, mal entendidos desde mi humilde opinión.

Hay días en que hay que darle una pensada a según que cosas, y eso.

Andrea

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Terrazas de primavera

La Semana Santa se presenta en todo su esplendor. Desde hace unos días se observa en todos los rincones de las ciudades donde impera el buen tiempo como se despliegan los toldos de las terrazas, se sacan las sillas y mesas a la calle incrementando el tamaño de la habitual terraza de rigor para los fumadores, que se mantiene durante todo el año, porque ya se sabe: los vicios no entienden de tiempo ni de salud.

Más pronto que tarde, todas esas terrazas estarán completas, al punto de que será casi deporte de riesgo atreverte a zigzaguear entre las mesas tratando de encontrar una libre, ya no digamos de que esté situada a la sombra.

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Todo ello no representa un problema, tan solo hace referencia a la cultura del ocio y tiempo libre en vacaciones. Sin embargo hay un pequeño detalle que hace desquiciante el ir de “terraceo”. Ya no es la odisea de obstáculos que tienes que superar para conseguir una mesa, más todavía si vas cargada con bolsas, o el precio desorbitado por cualquier consumición porque, ojo, tienes que pagar la terraza por la que estás haciendo uso. No. El añadido es tan tontería como común: por regla general, en estos casos de superpoblación en los bares y cafeterías, el camarero de servicio está saturado y cuando recoge una mesa lo suela hacer deprisa y corriendo, pasando un trapo húmedo para retirar cualquier resto que hayan podido dejar los anteriores clientes. Muy bien. Lo malo llega cuando tú te sientas y te apoyas en la recién recogida mesa y te pringas la camisa, los brazos, el bolso, o lo que sea que hayas apoyado en la mesa húmeda y no del todo limpia.

Son las cosas más pequeñas e insignificantes las que a menudo nos hacen perder más rápido los estribos, y para mí nada peor que llegar cansada, acalorada y apoyarme sin darme en una mesa con estas características sin darme cuenta. El calor suele multiplicarse y salir en forma de vapor por las orejas =)

Andrea

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Deseos vecinales

Para la primera entrada de esta sección no podía hablar de otro tema que no fueran mis vecinos, resulta imperativo si tenemos en cuenta que todos los días me dan ganas de echar la pared abajo con una excavadora y aparecer encima abriendo camino en su cocina.

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Cada noche me aseguro de que tengo el despertador programado para la hora correcta a la que debe sonar al día siguiente, en realidad no sé por qué me molesto en ello si todas las mañanas alrededor de las siete y media tengo mi propia alarma personalizada: los golpes y gritos en la cocina de mis vecinos, que está pared con pared con mi propia habitación.

Es evidente que cuando convives en un edificio puede haber encontronazos puntuales por ruidos: que si la música muy alta, que si gritos a deshoras, niños que corren demasiado, tacones indiscretos… Todo puede ser normal, o dejar de serlo llegado a determinado punto.

Cuando se llega a ese punto en el que se cruza la delgada línea de las simples molestias todo pasa a otro nivel: en mi caso me posee bastante la histeria y una ira furibunda anega mis entraña. No puede haber un despertar más motivador!

Piénsalo así: estás durmiendo y es un sueño de esos reparadores, sin sueños, hasta que en tu cabeza perfectamente descansada una manada de orcos ruidosos se abren paso entre insultos, amenazas, golpes y estallidos. Todo ello metido muy adentro de tu cabeza, por lo que te despiertas con el sobresalto en el cuerpo. Es una pena que al segundo siguiente eres consciente que la manada no está en tu cabeza, sino al otro lado de la pared.

Otro ejemplo muy desquiciante es cuando en la perpetua noche de las tardes de invierno, atrapada en casa y tratando de estudiar, leer, escribir, trabajar… Hasta los libros de Ken Follet se estremecen con los golpes del patinete por el pasillo del piso vecino, mientras su dueño te ilustra cómo es perseguido por policías, vaqueros, ladrones… a voz en grito y hasta bien pasadas las diez de la noche.

Son solo algunos ejemplos de los fáciles, tampoco vayamos a hacer sangre, como la que se me precipita orejas abajo todos los días de la semana.

En el título hablaba de deseos vecinales, hubiera sido mucho más interesante tratar alguna historia secreta de escalera, llena de pasiones prohibidas pero no, lo mío es más viejo que sacar la basura. Y es que se ve la muchas personas no poseen el don de la empatía: sino no puedo explicarme cómo sabiendo que tu cocina está pegada a la cabecera de la cama de otra persona pones la lavadora a la una de la mañana. Es más, la gente no tiene sentido de la educación y mucho menos sabe convivir en comunidad.

Si alguna vez desaparezco y no vuelvo por este blog ya sabéis donde encontrarme: liderando mi propia manada de orcos con fines asesinos! Si a algun@ le pasan cosas similares ya sabéis, entre orcos todo vale… solo espero que beban café! ajajaja

Andrea

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