De hospital

Todo es peor cuando lleva la coletilla “de hospital”: comida de hospital, luces de hospital, café de hospital… Dicen que son lugares de pena y mal agüero, que sabes de qué manera entras, pero no como vas a salir.

Julia no está muy segura de que todo esto sea verdad. De lo único que estaba segura cuando traspasó el umbral del hospital era de su familia, una diferente que todavía se estaba formando, pero era la suya, la que ella siempre había deseado. Sabía también como iban a ser los próximos meses de su vida: duros e interminables, pero llenos de felicidad e ilusión. También conocía el cuerpo que duerme todas las noches al otro lado de la cama, pero ahora ya no está segura de nada; no sabe ni conoce nada de cómo van a ser los próximos días.

La espera es angustiosa y el minutero del reloj de pared avanza a trompicones, tan pronto no ha pasado un minuto como han pasado diez, pero a ella no le importa, continúa con la mirada disoluta y acuosa resiguiendo los bordes de las baldosas que conforman el suelo. Hasta que por fin la voz de la enfermera resuena en las anodinas paredes de la sala de espera anunciándole que todo ha sido un susto, que es una niña y que están esperándola para que vaya a conocerla.

Julia sigue sin saber nada de como va a ser su vida a partir de ahora, pero lo que sí sabe es que por fin está completa y que cuando la dicha es buena, ni el café de hospital sabe tan mal.

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Mercedes y Soledad

Mercedes y Soledad habían terminado por hacerse inseparables. En un principio  la primera evitaba a Sole siempre que podía, no terminaba de sentirse a gusto junto a ella… Con el tiempo se fue acostumbrando como quien se acostumbra a vivir con pequeño tirón muscular: resulta molesto, pero hay días en que ni siquiera lo notas, pero otros arde tanto que desearías poder arrancarte la cabeza de cuajo.

Una relación atípica, como tantas otras. Y es que a Mercedes no es que le haya ido mal en la vida, aunque tampoco ha triunfado ni cumplido casi ninguno de sus sueños, eso sí, Sole ha estado siempre con ella desde la adolescencia: la acompañó en la recta final del instituto e incluso fueron juntas a la universidad, y ya en la juventud se convirtió en su más fiel confidente.

Poco importaba que Mercedes tratara de poner límites y separar ambas existencias, Sole siempre conseguía volver a colarse por las pequeñas grietas que la inseguridad de la primera abría en su interior. Incluso llegaron a buscar ayuda profesional que las aconsejara sobre cómo manejar una relación que a Mercedes cada vez se le iba más de las manos.

Aunque quisiera, Mercedes no se veía capaz de cortar el hilo que las ataba, sentía que Sole la va a escoltar hasta el final de sus días.

Y así fue, la pobre solo halló libertad desde el vacío de su noveno apartamento, solo así pudo desligarse de la tenaz soledad que la mantenía prisionera de sí misma.

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El cuento de lo que se les perdió

Empezó como empiezan todas las cosas bonitas: con el sol de cara y el viento a favor.

Las velas totalmente desplegadas rugían con la intensidad de su pasión, comprometiendo con cada acometida la estabilidad del timón. Variaban el rumbo cada día, manteniéndose fieles solo a sus brújulas perdidas en el deseo, llenas de ilusión, rebosantes cuando se trataba de libertad.

Hasta que se les quebró.

En algún punto las aguas embravecidas de ese mar emocional que era su relación se les perdió la ilusión en el fondo de los Levi´s raídos de los noventa de él. Se les perdió, pero lo peor es que no supieron estar a la altura y recobrar el rumbo. Fueron a la deriva, sin encontrara puerto seguro donde atracar, esperando que la marea guiase su avance, que la luna iluminara la travesía incierta que ya ninguno estaba seguro de querer navegar.

Y lo tiraron todo por la borda.

Aquello que había comenzado con el sol de cara y el viento a favor, se convirtió en una vieja leyenda de los mares, un cuento para niños que las madres siguen contando a sus hijas en las noches de tormenta y marejada.

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Retornos de otoño…

Hace un mes que estoy desaparecida, ¿la razón? una oposición que me tenía loca. Ya vuelvo a ser libre y vuelvo de lleno a escribir y publicar y a leeros. ^^


En la tele de la terraza no dejan de repetir que el tiempo está loco, que estamos viviendo un veroño de órdago, un año más.

Tanto es así que tienes el plan perfecto entre manos: una coca-cola bien fría delante, acompañada de ese poemario que nunca tienes tiempo de terminar. Se trata de poemas sugerentes, elegantes, pero también evocativos a los placeres que tanto tiempo hace que no catas. Es por ello que de cada tanto no puedes evitar levantar la vista, alejándola de esas palabras que se te clavan fuerte en ciertas partes de la mente.

Es en una de esas pausas cuando le ves. No está solo, son un grupo de chicos y chicas entre copas, tonteando unos con otras, entonados demasiado pronto, aunque nunca lo sea lo suficiente en realidad. Salvo ese par de ojos que están fijos en ti por encima de la copa ginebra que saborea despacio, entornando la mirada a cada sorbo, como para estudiarte mejor, igual que el lobo de Caperucita.

Te ruborizas y bajas la vista, solo un momento, para luego alzarla de nuevo son una sonrisa en cada pestaña.

Quien sabe como terminará la tarde… Todo es posible con este calor inusual, hasta terminar saboreando un gintonic en la boca de otro en el baño de un bar.

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Mi pequeña

Ella me espera al final de cada mal día, sin esperar nada a cambio, lista para rascarle el gris a la vida cuando esta se empeña en empañarse y no dejarnos ver lo bella que es. Me calienta fuerte y rápido, haciéndome entrar en calor tras abandonar la bonita y helada jaula de cristal en que se ha convertido mi rutina

 Al término de la jornada más espantosa sé que mi pequeña estará abajo esperándome, lista para tomarla entre mis piernas y sentir sus embestidas en el centro de mí.

Es algo que me enorgullece aunque tenga que aguantar las miradas de reojo a la salida de la oficina cuando cambio mis tacones por unas sencillas deportivas y unos vaqueros ajustados, miradas que resbalan por la brillante chaqueta de cuero que me protege de ellas.

Total, qué importancia pueden tener después de subir de un salto a mi querida Yamaha con el cielo abierto sobre mí.

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La penúltima sombra en la noche

Las noches de agosto en las ciudades de interior suelen consistir en interminables horas de rodar sobre el colchón húmedo de sudor. Por eso, mis noches veraniegas suelen discurrir conmigo acodado en el alféizar de la ventana, pasando el cigarro a medias de una mano a otra, calada tras calada.

Las noches en las que después del segundo pitillo todavía no ha aparecido comienzo a inquietarme: casi nunca llega tarde a nuestra no-cita. Esperando a que su silueta se recorte en el vano de enfrente, pienso como en realidad lo único que nos une son estos momentos a oscuras alumbrados por la farola de luz titilante que cuelga entre nuestras respectivas ventanas. Mientras que no distingo los pliegues de su camisola tres tallas mayor que ella, recuerdo las primeras sonrisas que intercambiamos, escondidas las caras entre el humo de la penúltima calada, siempre la penúltima.

Y ahí está por fin, auténtica y despreocupada, liberada de las ataduras del sujetador y de la prisión de las medias obligadas para trabajar.

Libre por fin.

— Siento el retraso, ¿echamos el penúltimo?— pregunta con la sonrisa iluminada por el mechero.

Siempre el penúltimo…

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El faro de Bares

La vida del farero en Bares es dura y fría, sobre todo en los largos inviernos del año. También podría pensarse que es una existencia solitaria en medio de la punta formadora de tormentas de Galicia.

Podría pensarse, porque en verdad no es nada solitaria. Cada día llegan como abejas a la miel: turistas armados con Canons y Nikons esperando retratar las maravillas de esta parte del fin del mundo… Aunque luego siempre siempre se paran anonadados y entre chillidos excitados tratando de descifrar cual es el gallo entre las gallinas de mi corral.

De vez en cuando también aparece alguno o alguna, libreta y bolígrafo en mano. A esos te los puedes encontrar apoyados en cualquier risco, abstraídos en su mundo de ideas mientras garabatean sin parar en sus hojas en blanco.

Todos vienen en busca de algo, no creo que sepan con exactitud el qué. Simplemente vienen. No se dan cuenta de que ya lo tienen y los acantilados de la Estaca solo ayuda a liberarlos.

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Retrato

Es un retrato estremecedor de ella, de no hace tanto, de hace unos días en realidad. Toda su vida se la pasó entre silencios y medias sonrisas escondidas que en realidad nunca alcanzaban sus ojos.

La retratista ha sido fiel: puedo reconocer la antaño leve escondida entre las cejas. Hoy es una creciente brecha que se abre paso a su interior, cual falla tectónica emocional. En cada una de las arruguitas que deberían escoltar la boca, descubro los miles de gestos de arrepentimiento: primero por su padre y después por su sustituto.

Destacan los ojos, rojos, en el centro de la cara casi eclipsan esa nariz cuya personalidad nunca pudo pasar desapercibida. Esas dos únicas motas de color en un retrato en blanco y negro: dos gotas de sangre figuradas que trasparentan una mirada vacua, vencida hace un tiempo.

Podría hablaros de los bonita que tenía la boca cuando éramos dos niñas que hacían todo juntas, casi en forma de beso, con dos hilos invisibles que tiraban inconscientes de las comisuras hacia arriba en una sonrisa constante que costaba borrarle a pesar e todo. Verás que sin embargo que en el retrato no está, se aprecia borrada de un zarpazo, uno de los muchos que sufrió hasta que se le borró.


Inspirado en uno de los dibujos de Paula Bonet.

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Una noticia inesperada

Habían ido a cenar al restaurante de las noches especiales, ese al que acuden cuando se trata de celebrar algo importante, o en fechas especiales. Pero la verdad era que no tenían nada que celebrar, más bien todo lo contrario.

Después de casi catorce años de relación, las cosas estaban un poco estancadas entre Lola y Juan. No se podía decir que ya no se quisieran, eran muchos los años compartidos como para no haber aprendido a quererse, de una manera u otra. Pero resultaba innegable que en su caso, el paso del tiempo y la facilidad con que habían surgido las cosas los había abocado a una relación sin vida, frígida del deseo y la pasión propia de las relaciones de los casi treinteañeros que eran.

Entre bocado y bocado, Lola observaba atenta a Juan, sabía que habían ido allí por algún motivo, algo que estaba costando decirle y ella se temía lo peor. Cuando por fin llegaron los postres, Juan comenzó a remover el culo en la silla de esa característica manera que tenía cuando se prepara para decir algo…

— Lola… Hace un tiempo que hay algo que quiero decirte. Son muchos años a tu lado y no has hecho más que hacerme feliz, y llegado este momento… — comenzó a decir mientras con la mano derecha rebuscaba algo en el bolsillo de la chaqueta.

— ¡Para Juan! No sigas… Yo no estoy preparada para…

Y justo cuando iba a decir que no estaba preparada para casarse, él saca por fin la mano de la chaqueta y pone sobre la mesa la tarjeta de un conocido local de intercambio de parejas. La mirada de pánico en los ojos de Lola muta de súbito, pasando al más puro asombro.

— Pero Juan… ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Yo creía que me ibas a pedir matrimonio!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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Asthea (Prólogo)

Corría a toda velocidad por el jardín y se reía tanto que se estaba quedando sin aire, pero no podía parar…

– ¿Ves como no puedes pillarme?- Preguntó la corredora por encima de su hombro.

– Vale, tienes razón. ¡Para!- Contestó el perseguidor- ¡Aliena, para!

La niña se paró al comprobar que la distancia era suficiente para atestiguar que había vencido claramente. Se tiró al suelo entre jadeos y risas excitadas, contenta de haber ganado la carrera.

– Te dije que no puedes conmigo corriendo- le dijo Aliena al niño de nombre Karem.

– Acepto esta derrota, pero cuando quieras volvemos a practicar con la espada y comprobamos quien es el mejor, otra vez. – Le recordó mordazmente Karem. Fue un golpe bajo: él tenía dos años más que ella y estaba más fuerte.

Aliena, indignada, cerró ligeramente sus ojos negros y pensó el hechizo que provocaba cosquillas. Tuvo que pensarlo detenidamente, pues no podía arriesgarse a pronunciar mal la palabra y que en lugar de cosquillas, a Karem le saliesen cuernos o algo peor.

La magia es un arte complicado de dominar. En Asthea posee su propio idioma, palabras creadas por los antiguos con el fin de invocar y canalizar las fuerzas de la naturaleza, donde se halla la magia.

“Raer”, pensó rápidamente Aliena mientras sus ojos se abrían repentina y desmesuradamente, como le pasaba siempre que invocaba un hechizo. Notó como Karem alzaba su escudo mágico en torno a sí mismo, pero como siempre, el conjuro de ella fue más veloz  y las traspasó antes de estar protegido por completo, provocando risas instantáneas en él.

– Pero en la magia no me ganas, dos de tres… – murmuró Aliena mientras mantenía el hechizo activo.

– Vale, vale, valeeee. ¡Tú ganas! Pero paraaaa- rogaba Karem rodando por el suelo mientras se retorcía de la risa.

Ellos no lo saben, pero dos pares de ojos los observaban desde lo alto de las almenas del castillo de Asthia. Atentos a cada risa, a cada contacto, ambas miradas se cruzaban con preocupación ante lo que sus ojos videntes preveían…


Un proyecto rescatado va tomando forma, aquí un pequeño adelanto. Espero que os guste!

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