Sonrisas de primavera

Los vio venir por el camino, con los escudos arrastrando por tierra y las espadas flojas en el cinto. Sus ojos no querían creer lo evidente: que habían perdido la batalla y estaba viendo cómo las tropas derrotadas regresaban a casa.

Los hombres retornaban vacilantes y taciturnos al castillo, esperando el destino que les tendría preparado su señora, pues habían salvado por poco la vida, pero quién sabía si la iban a conservar.

Ella los observaba en la distancia desde los altos ventanucos que cubrían los gruesos muros de su fortaleza. Afuera apenas comenzaba la primavera, los árboles desnudos se balanceaban fuerte con los embates del viento, generando una sensación desoladora en el ambiente. Se hace evidente que todavía es pronto para las campañas armadas, mucho menos para estar retornando ya de una finalizada.

Pero lo había predicho el oráculo que nunca le había fallado hasta la fecha, incluso el día que ignorándolo permitió la entrada de aquel demonio en su casa,por lo que aunque dudosa, finalmente había ordenado la incursión contra su antiguo pretendiente: no iba a consentir que volviera a excederse en los límites de sus predios, ni de su propia persona como antaño.

Sabía que ahora le tocaba hacer lo impensable, pero no podía parecer débil y debía demostrar que los fracasos tenían que pagarse, y sería ella misma la mano ejecutora del castigo. Descendió con paso firme y ligero la escalinata que separaba el portón de su hogar del patio de armas, sus capitanes la esperaban en formación, dispuestos a ofrecer sus explicaciones sobre la derrota sufrida. Llegó a la altura del general de sus tropas y echó mano de la daga de su cinto sin mediar palabra alguna y dirigiéndose al primero de los capitanes, mientras le miraba a los ojos dibujó un tajo tan rápido como mortal en su garganta. Procedió de la misma manera con el resto sin miramientos, ignorando la sangre que la salpicaba tras cada ejecución.

— Explica tú al resto de soldados las consecuencias de regresar con una derrota a casa. Seguro que lo entienden tan bien como a mí los capitanes. Nunca más daremos un paso atrás frente a ese violador.

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Retrato de mujer

Estás viendo un retrato de ella, es reciente, no tiene más de dos días.

La retratista ha sido fiel: puedo reconocer la antaño leve arruga entre las cejas, que hoy es una creciente brecha que se abre paso en su interior, cual falla tectónica emocional. En cada una de las arrugas que deberían escoltar la boca, descubro los miles de gestos de arrepentimiento, primero por su padre, después por su sustituto. Toda su vida se le pasó entre silencios y medias sonrisas escondidas que en realidad no llegaron a alcanzar nunca su mirada.

Destacan los ojos, rojos, en el centro de la cara casi eclipsando la nariz. Esas dos únicas motas de color en un retrato en blanco y negro son dos gotas de sangre figurada que transmiten una mirada vacua, vencida hace ya un tiempo.

Podría hablaros de lo bonita que tenía la boca, casi en forma de beso, siempre con dos hilos invisibles que tiraban inconscientes de las comisuras hacia arriba en una sonrisa constante. Veréis que en el retrato no está, la boca no existe, fue eliminada de un zarpazo, uno de los muchos que sufrió hasta que se le borró.

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Paseos por el Miño

El tren avanza lento y con andar inseguro por las anticuadas vías gallegas, resiguiendo el curso del río Miño hasta la costa.

El azul del cielo y del agua se mezcla con el verde de la naturaleza reinante del entorno, los árboles con el cielo y viceversa. Hay tramos en los que si te asomas lo suficiente al cristal casi tocas con la nariz el agua, tan cerca que está la vía del azul, sin nada por medio.

Con los ojos cerrados y medio dormida, escucho los susurros maravillados de otros pasajeros y sin poder evitarlo sonrío, orgullosa de que mi cotidianidad sea tan increíble para otras personas.

Aunque lo mejor está todavía por llegar, cuando tras dos horas de traqueteo constante al bajar del vagón te recibe el olor del mar y lo salado del ambiente en los labios: el olor a casa. Un olor que todos conocemos, aunque huela diferente para cada uno, la realidad es que tiene el mismo regusto a anhelo para todos.

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Cuervo guardián

Colaboración mensual con Letras & Poesia


El cuervo cambia de rama de nuevo, vigila de a pocos la puerta de la casa blanca, saltito a saltito, de rama en rama.

Dicen que encontrar un cuervo solo es señal de mal agüero, algo así como tropezarse con un gato negro en un martes y trece, pero peor porque no estamos hablando de un año de mala suerte, sino de un augurio de muerte y desolación.

Él continúa ajeno al mundo, saltando y sin quitarle un ojo u otro a la puerta donde espera por la que ella salga. Aunque ella todavía no lo sepa, él está allí para protegerla, por lo menos hasta que pueda defenderse por sí misma. La sigue de cerca, volando a cierta distancia, manteniéndose al margen para no levantar ninguna sospecha hasta que llegue el momento adecuado…

Ella se dirige  a la boca del metro, o a la del lobo, según como se veo… Va de camino a casa de su pareja, para intentar arreglarlo una vez más. Sigue sin tener claro qué decir ni mucho menos como, en vista de como se toma él cada palabra que sale de su boca. Pero está decidida, llegará y no dejará que le interrumpa ni una sola vez, le pondrá voz a cada una de sus frustraciones.

Lo que ella no sabe es con lo que se va a encontrar una vez allí y es que la muerte la espera agazapada tras los ojos de él… Es entonces cuando el cuervo abandona los saltitos y se decide a atacar, comienza por los ojos para no detenerse hasta el final.


Ojalá todas tuviéramos un cuervo guardián.

Ojalá llegue el día en que el 8 de marzo carezca de sentido.

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Sabadete

Otra noche sola en la cama. Son muchas las que paso sola, guardándote tu lado de la cama caliente para cuando puedas volver y acurrucarte a mi lado.

No me gustan los ruidos de noche, y menos cuando estoy sola, me hacen sentir insegura y miedosa, como una niña a la que sus padres dejan sola en casa por primera vez.  Los ruidos del edificio me acosan, el ascensor retumba siniestro y los electrodomésticos se confabulan para asustarme pasada la media noche. No es un miedo racional, pero tampoco exagerado, simplemente una inquietud que me asalta sin pensarlo demasiado.

Hace un rato que lo escucho, es constante y va en aumento y se escucha claramente en la habitación. Me revuelvo incómoda en la cama y termino por levantarme a darme un paseo absurdo por el apartamento a comprobar que todo está cerrado y en su lugar, lo cual está, como era de esperar. Vuelvo a la habitación y compruebo también que las puertas del balcón están bien aseguradas, me meto de nuevo entre las sábanas y vuelvo a mi libro.

Pero ahí sigue, el sonido constante y repetitivo. Vuelvo a cerrar el libro de nuevo hasta que escucho un fuerte alarido seguido de un espeso silencio a continuación: evidentemente eran los vecinos de arriba haciendo un sábado sabadete de manual.

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Samaín

En el día de los muertos la línea que separa los mundos es muy fina, tanto que si te descuidas puedes pasar de un lado a otro sin ni siquiera notarlo.

La noche del 31 de octubre todos se disfrazan importando la festividad americana de Halloween. Cubren sus rostros con máscaras monstruosas y se hacen pasar por las criaturas que pueblan sus peores pesadillas mientras van en busca de dulces.

Es la noche perfecta para pasar desapercibidas, nadie se va a sorprender de un extraño trío femenino que viste con ropas oscuras y pinturas rituales en la cara, al fin y al cabo van disfrazadas de brujas.

Cuando por fin llegan al claro del bosque, encienden una potente hoguera que atraerá la atención sobre ellas, pero esa es la intención: en esta noche alguno de ellos será el sacrificio ofrecido a sus ancestros, a aquellas que antes de ellas mismas vagaron por la tierra consumidas de poder y marginadas por la sociedad. Hoy serán recompensadas…

Al día siguiente mientras se prepara el desayuno, Molly observa distraída como la presentadora del canal de noticias informa del hallazgo de varios cuerpos sin vida encontrados en el bosque la noche anterior. Todos los indicios apuntan a una fiesta de Halloween donde los chicos abusaron de algún tipo de sustancia y murieron de sobredosis.

Molly sonríe satisfecha, en los tiempos que corren resulta de lo  más fácil honrar a los antepasados…

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Es complicado

Octubre recién estrenado arrecia hojas tibias sobre ella que se balancea en el columpio frente a la casa como si no hubiera nada más alrededor. Con aire adolescente mueve los pies de adelante para atrás, al ritmo de la música que solo se escucha en su cabeza, al son de la Avril Lavigne de Complicated.

Se deja llevar por la impaciencia y las decepciones de su yo adolescente, por el rímmel mal aplicado y el eye liner desbordando unos ojos demasiado grandes ya de por sí. Permite que las sensaciones la arrastren, como si deseara ser una de esas hojas que se agita libre en el cielo antes de precipitarse hacia el suelo.

De pronto comienza a impulsarse con furia, cada vez más fuerte. Los nudillos blancos de sujetarse a las cadenas del columpio. El cuerpo inclinado: ahora adelante, después hacia atrás. Rápido, rápido, más rápido.

Hasta que llega la caída, pero no estrepitosa sino calculada y elegante, un salto felino hacia el vacío desde el columpio.

Vuelve a tener los pies en la tierra de nuevo, esta vez para siempre…

 

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La ira de Dionisio

Colaboración en Letras y Poesía


El vino en su aliento vuelve a hacerse presente, como cada domingo de resaca. Cada ronquido expirado en su dirección hace que abandone la idea prematura de cualquier posibilidad de desayuno, otra vez.

Hace más de dos años que no puede ni siquiera usar su rouge de labios favorito: le recuerda demasiado al color del vino tinto ligeramente agitado en una copa turbia de maldad que emana del que fuera su compañero. Fuera en pasado, pues con la afición al placer de Dionisio se inauguró una perenne vendimia donde la recogida no era la uva, sino la dignidad que ambos pierden tras cada borrachera en el fondo de cada cartón vacío: él tras cada nuevo embate, ella con cada nuevo moretón.

Y siempre se vuelve hacia ella. De repente la nota, como si la viera por vez primera desde el viernes noche, la ve y la ira cobra vida en las vidrieras transparentes de sus ojos. Se descarga contra su cara, contra sus costillas, contra su pelo… una y otra vez hasta que está demasiado cansado para continuar y necesita una copa (cartón en realidad) más.

Ella espera paciente encogida sobre sí misma en la baldosa, sabe que siempre pasa. Suele quedarse sin fuerzas tras los cuatro primeros cuatro golpes bien asestados, directos al cuerpo, corazón, alma y dignidad, ya se ocupará más tarde ella misma de recogerse en pedazos y volver a construirse.

Hasta la próxima, porque detrás de la primera bofetada  siempre hay más.

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De hospital

Todo es peor cuando lleva la coletilla “de hospital”: comida de hospital, luces de hospital, café de hospital… Dicen que son lugares de pena y mal agüero, que sabes de qué manera entras, pero no como vas a salir.

Julia no está muy segura de que todo esto sea verdad. De lo único que estaba segura cuando traspasó el umbral del hospital era de su familia, una diferente que todavía se estaba formando, pero era la suya, la que ella siempre había deseado. Sabía también como iban a ser los próximos meses de su vida: duros e interminables, pero llenos de felicidad e ilusión. También conocía el cuerpo que duerme todas las noches al otro lado de la cama, pero ahora ya no está segura de nada; no sabe ni conoce nada de cómo van a ser los próximos días.

La espera es angustiosa y el minutero del reloj de pared avanza a trompicones, tan pronto no ha pasado un minuto como han pasado diez, pero a ella no le importa, continúa con la mirada disoluta y acuosa resiguiendo los bordes de las baldosas que conforman el suelo. Hasta que por fin la voz de la enfermera resuena en las anodinas paredes de la sala de espera anunciándole que todo ha sido un susto, que es una niña y que están esperándola para que vaya a conocerla.

Julia sigue sin saber nada de como va a ser su vida a partir de ahora, pero lo que sí sabe es que por fin está completa y que cuando la dicha es buena, ni el café de hospital sabe tan mal.

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Mercedes y Soledad

Mercedes y Soledad habían terminado por hacerse inseparables. En un principio  la primera evitaba a Sole siempre que podía, no terminaba de sentirse a gusto junto a ella… Con el tiempo se fue acostumbrando como quien se acostumbra a vivir con pequeño tirón muscular: resulta molesto, pero hay días en que ni siquiera lo notas, pero otros arde tanto que desearías poder arrancarte la cabeza de cuajo.

Una relación atípica, como tantas otras. Y es que a Mercedes no es que le haya ido mal en la vida, aunque tampoco ha triunfado ni cumplido casi ninguno de sus sueños, eso sí, Sole ha estado siempre con ella desde la adolescencia: la acompañó en la recta final del instituto e incluso fueron juntas a la universidad, y ya en la juventud se convirtió en su más fiel confidente.

Poco importaba que Mercedes tratara de poner límites y separar ambas existencias, Sole siempre conseguía volver a colarse por las pequeñas grietas que la inseguridad de la primera abría en su interior. Incluso llegaron a buscar ayuda profesional que las aconsejara sobre cómo manejar una relación que a Mercedes cada vez se le iba más de las manos.

Aunque quisiera, Mercedes no se veía capaz de cortar el hilo que las ataba, sentía que Sole la va a escoltar hasta el final de sus días.

Y así fue, la pobre solo halló libertad desde el vacío de su noveno apartamento, solo así pudo desligarse de la tenaz soledad que la mantenía prisionera de sí misma.

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