El Calor

Agosto golpea con fuerza las persianas, cerradas de cal a canto desde las diez de la mañana. Los habitantes de la ciudad se derriten poco a poco, chorreando sueños húmedos que nada tienen que ver con su libido adormecida por el calor.

Ella suspira con cansancio, no le resulta extraña la sensación de asfixia, la experimenta cada año en esta época y debería estar acostumbrada, pero lo cierto es que su cuerpo se niega a aceptarlo. Como cada noche se tiende desnuda sobre la cama, cubierta únicamente por unas braguitas un tanto deshilachadas por un costado, a ella no le importa y desde luego no tiene a nadie al otro lado de la almohada a quien impresionar. Podría ser que en ocasiones extrañase la calidad de alguien a su lado, no le resulta desconocida la sensación, pero esta noche no es una de esas veces, pues siente que poco a poco se va deshaciendo encima de la colcha de flores blancas.

Hace demasiado calor para pensar, para sentir, para follar… la mente trata de quedarse en blanco, fresca de preocupaciones que agiten el interior ardiente que la caracteriza. Las piernas pesadas, los párpados que apenas se sostienen, la nuca empapada de sudor que desciende en gotas lentas por su espalda, casi podríamos decir que la vida se le escapa entre los dedos…

Hace demasiado calor para respirar…

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Echar a volar

Colaboración con Letras & Poesía que podéis ver aquí


Me gusta la playa con la marea baja, pasear de punta a punta y aventurarme con los pies desnudos entre las pequeñas olas que vienen a morir a la orilla, sobre todo en otoño y primavera. Es entonces cuando la soledad de la playa te permite sentirte de verdad, cuando el sonido del mar viene a ensordecer todos esos pensamientos negativos que te gritan que no eres suficiente, que no puedes, que no vas a llegar. Basta.

Me encanta el tacto de la arena en los pies, enterrarlos y sentir la humedad entre los dedos bien estirados. Es como sentir el frío dentro de mí, buscar una anestesia natural, un entumecimiento que comience en los pies y continúe escalando todo mi cuerpo echando raíces, hasta que me paralice, que me permita no volver a sentir.

Los primeros rayos del amanecer están entre mis favoritos, los que se reflejan sobre las bateas de la ría de Vigo cada mañana, bajo la sombra de las alas de una gaviota madrugadora y todavía silenciosa. Al grito de “tierra a la vista”, trato de meter todos mis miedos en un cajón y enterrarlos bien profundos, donde ya no pueda llegar a ellos, donde no me vuelvan a molestar.

Todo ello bulle en mi mente, las sensaciones, los olores, mi vida vivida entre lo conocido mientras el tren se arrastra despacio como una oruga testaruda a lo largo de la accidentada orografía, alejándome poco a poco de mi lugar en el mundo. Cuando quiero darme cuenta, los valles verdes y las montañas, son reemplazados por campos que se extienden amarillos allá donde alcanza la vista. La tierra cambia al rojo desértico de las ventas deshabitadas, y los girasoles vuelven sus caras al verme pasar.

Los nuevos comienzos siempre dejan atrás algún final… yo siempre echaré la vista atrás, buscándote en el retrovisor.

 

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El miedo

Los monstruos acechan, se esconden al otro lado de la pared, ocultos tras el velo claroscuro del atardecer. Es la luz color sangre del ocaso la que mejor los moldea, la que les insufla la vida que te falta a ti tras cada respiración.

El miedo es compañero de vida, acecha tras cada esquina controlándolo todo si se lo consientes. En ocasiones eriza tu cuerpo en señal de advertencia, y es mejor echar a correr sin dudar.

Nos acompaña siempre; de niños nos cuidamos de dejar la mano colgando del colchón, por si acaso algo acecha en la oscuridad debajo de la cama; de adolescentes nos revolcamos en las tinieblas de la confusión de unos sentimientos inabarcables; la etapa adulta de la vida viene acompañada de una niebla densa y espesa, que en ocasiones te permite ver a duras penas el camino que tienes frente a ti, y en otras te conduce como el minotauro en el laberinto: vagando sin encontrar jamás la salida.

Cuando mira, desnuda de toda mentira. Despoja de los disfraces que nos enfundamos para salir al mundo y sentirnos un poco más valientes.

Para aprender a vencerlo basta con mirarlo a los ojos y no apartar la mirada jamás.

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Bambas musicales

Se conocieron escribiendo poesías al lado del mar, uno comenzaba lanzando un verso que el otro terminaba sin conseguir que rimasen entre sí. Mientras jugaban a rimar, se perdieron en el enamorar.

Él es de pocas palabras, pero amante incondicional de la música, tenía un verso siempre perfecto escapándose de entre sus labios, suaves y perfectos para besar. Combinaba versos con besos de poesía maltrecha, balanceando al ritmo el pie derecho, siempre con las mismas bambas negras, cada verano un poco menos lustrosas. En realidad la música resonaba a todas horas en sus oídos aunque nadie más la escuchase, las notas se deslizan trasparentes a lo largo de su campo de visión, preparadas para que él las moldee a su antojo. Ella se prendó de su misterio y capacidad de crear belleza tangible, de la que con cada acorde se te eriza uno por uno el vello del cuerpo.

El sofá de su salón se convierte todas las mañanas en un baratillo de risas entre partituras y bocetos de textos que ambos protagonizan. Coautores de la misma vida, se narran cada mañana entre las sábanas, se buscan y se encuentran entre los sinónimos de posibilidades que les ofrece la vida.

Las letras y la música son sus alianzas invisibles, viven en una historia interminable con su banda sonora en bucle de manera permanente.

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Violines en el metro

Dos minutos para que el tren haga su entrada en la estación. Ha bajado las escaleras mecánicas corriendo, casi como si fuera de la gran ciudad, y justo vio como las puertas del vagón más próximo se le cerraban en las narices sin remedio. Frustrada, camina hasta el banco más próximo y se deja caer con toda la fuerza su peso. Queda medio minuto para el próximo metro. Ella menea la pierna que tiene cruzada por encima de la otra con impaciencia, mira a cada momento el reloj que tiene en la muñeca, porque aunque acaba de comprobar si tiene mensajes en el móvil, es incapaz de recordar la hora que marcaba.

Por fin ve las luces al fondo del túnel. Se levanta y acerca a la línea amarilla disuasoria. En cuanto se abren las puertas entra con paso firme, con los codos a cada lado de los costados, creándose un espacio inexistente entre la gente que como ella resoplan ante cada parada que no es la suya. Antes de que el tren se ponga de nuevo en movimiento, ya tiene la mirada enterrada en la pantalla del móvil… y de golpe ya están anunciando su parada y esta mañana todavía no le ha visto.

El tren vomita violentamente a casi todos los que lleva en su interior, y las carreras por las escaleras que ya se mueven por sí mismas se reanudan incesantes. Va por los pasillos a toda velocidad, atenta a cada sonido, con la esperanza de escuchar esa canción que suele comenzar a sonar en cuanto atisba entre la multitud madrugadora su pelo bermellón. Esta mañana no ha tenido suerte, su sitio está vacío. Comienza un día un poco más triste que el anterior…

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Sonrisas de primavera

Los vio venir por el camino, con los escudos arrastrando por tierra y las espadas flojas en el cinto. Sus ojos no querían creer lo evidente: que habían perdido la batalla y estaba viendo cómo las tropas derrotadas regresaban a casa.

Los hombres retornaban vacilantes y taciturnos al castillo, esperando el destino que les tendría preparado su señora, pues habían salvado por poco la vida, pero quién sabía si la iban a conservar.

Ella los observaba en la distancia desde los altos ventanucos que cubrían los gruesos muros de su fortaleza. Afuera apenas comenzaba la primavera, los árboles desnudos se balanceaban fuerte con los embates del viento, generando una sensación desoladora en el ambiente. Se hace evidente que todavía es pronto para las campañas armadas, mucho menos para estar retornando ya de una finalizada.

Pero lo había predicho el oráculo que nunca le había fallado hasta la fecha, incluso el día que ignorándolo permitió la entrada de aquel demonio en su casa,por lo que aunque dudosa, finalmente había ordenado la incursión contra su antiguo pretendiente: no iba a consentir que volviera a excederse en los límites de sus predios, ni de su propia persona como antaño.

Sabía que ahora le tocaba hacer lo impensable, pero no podía parecer débil y debía demostrar que los fracasos tenían que pagarse, y sería ella misma la mano ejecutora del castigo. Descendió con paso firme y ligero la escalinata que separaba el portón de su hogar del patio de armas, sus capitanes la esperaban en formación, dispuestos a ofrecer sus explicaciones sobre la derrota sufrida. Llegó a la altura del general de sus tropas y echó mano de la daga de su cinto sin mediar palabra alguna y dirigiéndose al primero de los capitanes, mientras le miraba a los ojos dibujó un tajo tan rápido como mortal en su garganta. Procedió de la misma manera con el resto sin miramientos, ignorando la sangre que la salpicaba tras cada ejecución.

— Explica tú al resto de soldados las consecuencias de regresar con una derrota a casa. Seguro que lo entienden tan bien como a mí los capitanes. Nunca más daremos un paso atrás frente a ese violador.

Retrato de mujer

Estás viendo un retrato de ella, es reciente, no tiene más de dos días.

La retratista ha sido fiel: puedo reconocer la antaño leve arruga entre las cejas, que hoy es una creciente brecha que se abre paso en su interior, cual falla tectónica emocional. En cada una de las arrugas que deberían escoltar la boca, descubro los miles de gestos de arrepentimiento, primero por su padre, después por su sustituto. Toda su vida se le pasó entre silencios y medias sonrisas escondidas que en realidad no llegaron a alcanzar nunca su mirada.

Destacan los ojos, rojos, en el centro de la cara casi eclipsando la nariz. Esas dos únicas motas de color en un retrato en blanco y negro son dos gotas de sangre figurada que transmiten una mirada vacua, vencida hace ya un tiempo.

Podría hablaros de lo bonita que tenía la boca, casi en forma de beso, siempre con dos hilos invisibles que tiraban inconscientes de las comisuras hacia arriba en una sonrisa constante. Veréis que en el retrato no está, la boca no existe, fue eliminada de un zarpazo, uno de los muchos que sufrió hasta que se le borró.

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Paseos por el Miño

El tren avanza lento y con andar inseguro por las anticuadas vías gallegas, resiguiendo el curso del río Miño hasta la costa.

El azul del cielo y del agua se mezcla con el verde de la naturaleza reinante del entorno, los árboles con el cielo y viceversa. Hay tramos en los que si te asomas lo suficiente al cristal casi tocas con la nariz el agua, tan cerca que está la vía del azul, sin nada por medio.

Con los ojos cerrados y medio dormida, escucho los susurros maravillados de otros pasajeros y sin poder evitarlo sonrío, orgullosa de que mi cotidianidad sea tan increíble para otras personas.

Aunque lo mejor está todavía por llegar, cuando tras dos horas de traqueteo constante al bajar del vagón te recibe el olor del mar y lo salado del ambiente en los labios: el olor a casa. Un olor que todos conocemos, aunque huela diferente para cada uno, la realidad es que tiene el mismo regusto a anhelo para todos.

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Cuervo guardián

Colaboración mensual con Letras & Poesia


El cuervo cambia de rama de nuevo, vigila de a pocos la puerta de la casa blanca, saltito a saltito, de rama en rama.

Dicen que encontrar un cuervo solo es señal de mal agüero, algo así como tropezarse con un gato negro en un martes y trece, pero peor porque no estamos hablando de un año de mala suerte, sino de un augurio de muerte y desolación.

Él continúa ajeno al mundo, saltando y sin quitarle un ojo u otro a la puerta donde espera por la que ella salga. Aunque ella todavía no lo sepa, él está allí para protegerla, por lo menos hasta que pueda defenderse por sí misma. La sigue de cerca, volando a cierta distancia, manteniéndose al margen para no levantar ninguna sospecha hasta que llegue el momento adecuado…

Ella se dirige  a la boca del metro, o a la del lobo, según como se veo… Va de camino a casa de su pareja, para intentar arreglarlo una vez más. Sigue sin tener claro qué decir ni mucho menos como, en vista de como se toma él cada palabra que sale de su boca. Pero está decidida, llegará y no dejará que le interrumpa ni una sola vez, le pondrá voz a cada una de sus frustraciones.

Lo que ella no sabe es con lo que se va a encontrar una vez allí y es que la muerte la espera agazapada tras los ojos de él… Es entonces cuando el cuervo abandona los saltitos y se decide a atacar, comienza por los ojos para no detenerse hasta el final.


Ojalá todas tuviéramos un cuervo guardián.

Ojalá llegue el día en que el 8 de marzo carezca de sentido.

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Sabadete

Otra noche sola en la cama. Son muchas las que paso sola, guardándote tu lado de la cama caliente para cuando puedas volver y acurrucarte a mi lado.

No me gustan los ruidos de noche, y menos cuando estoy sola, me hacen sentir insegura y miedosa, como una niña a la que sus padres dejan sola en casa por primera vez.  Los ruidos del edificio me acosan, el ascensor retumba siniestro y los electrodomésticos se confabulan para asustarme pasada la media noche. No es un miedo racional, pero tampoco exagerado, simplemente una inquietud que me asalta sin pensarlo demasiado.

Hace un rato que lo escucho, es constante y va en aumento y se escucha claramente en la habitación. Me revuelvo incómoda en la cama y termino por levantarme a darme un paseo absurdo por el apartamento a comprobar que todo está cerrado y en su lugar, lo cual está, como era de esperar. Vuelvo a la habitación y compruebo también que las puertas del balcón están bien aseguradas, me meto de nuevo entre las sábanas y vuelvo a mi libro.

Pero ahí sigue, el sonido constante y repetitivo. Vuelvo a cerrar el libro de nuevo hasta que escucho un fuerte alarido seguido de un espeso silencio a continuación: evidentemente eran los vecinos de arriba haciendo un sábado sabadete de manual.

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