Susurros tras la pared

Las paredes son tan finas como un biombo de bambú, la banda sonora de las mañanas nos acompaña a todos los vecinos, los sonidos de entrechocar las tazas del desayuno, el hervir de las cafeteras italianas de toda la vida y los apresurados portazos que te hacen saber que el del cuarto llega tarde al trabajo.

El correr de la vida se paraliza a partir de las nueve en mi edificio. Los más madrugadores se han ido hace horas, los niños hace un rato que han comenzado las clases, y las abuelas bajan silenciosas con sus carritos a la compra para la comida de sus nietos. Es entonces cuando comienza mi jornada, con el segundo café de la mañana el teclado del ordenador parece mucho más abordable. El sonido de las teclas me acompaña hasta cerca de mediodía, no sé si conservaré algo de lo escrito todas estas horas, pero por lo menos no me sentiré culpable por otro día improductivo en la improvisada oficina que es mi salón.

La hora de la comida se aproxima y los sonidos comienzan de nuevo, más tenues claro, no todos vuelven a casa para comer, pero sé que él si lo hace. Sabré que ha llegado porque las paredes de mi piso se estremecerán con el portazo con el que deleita a los cimientos del edificio cada día. A ella no se la escucha claro, es como una ratoncita, a veces se la escucha rebullir de aquí para allá, pero siempre silenciosa y afanada. Él es su opuesto más ruidoso, como un elefante que se hace notar en su casa y en cada una de las estancias de la mía. El ruido es increíble, pero el sonido del silencio de ella es atronador. No hay gritos sin embargo, su voz me llega imprecisa a través de las paredes, contenida, se aprecia el rechinar de dientes de él, un grito susurrado y cargado de odio contra ella. Me llega amortiguado, tengo que prestar atención para poder escucharlo, para poder notarlo, pero está ahí, igual que la mirada huidiza de ella y su sonrisa fugaz cada vez que coincidimos en el balcón dándole las últimas caladas al penúltimo cigarro del día.

Los gritos son susurros que están ahí, solo hay que pararse y prestar la atención necesaria y sobre todo, querer hacerlo.

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Bajo tierra

La sirena suena de repente, o el pito, como le llaman muchos. Al principio era casi una llamada a la esperanza de que existía la posibilidad de ponerse a cubierto de los bombardeos que destellaban en el azul del mar y del cielo. Luego nos dimos cuenta de que correr a refugiarse era una mala idea, un pie fuera de sitio y los que iban detrás de ti te arroyaban sin piedad, igual que esta guerra entre hermanos estaba arrasando esta tierra roja.

Sin embargo, el que no corría volaba hacia la entrada más cercana a los refugios subterráneos que recorrían nuestra ciudad desde hacía menos de un año, convirtiéndola en una suerte de queso gruyere con mil oscuros recovecos donde esconderse de las bombas. En muchos lugares el cemento todavía está fresco y en una esquina un par de niños se entretienen pintando con los dedos bajo la angustiada mirada de su madre, que no para de mirar a ambos lados del pasillo intermitentemente, quien sabe si buscando al padre de los niños, esperando que haya llegado a tiempo a una de las bocas de salvación.

En realidad aquí no se está tan mal, el frescor del subsuelo nos protege del calor asfixiante del verano almeriense, por lo menos hasta que la galería principal se abarrota y casi no se puede llenar los pulmones de aire, como ahora… Mientras trato de concentrarme en respirar miro fijamente los dibujos de los niños y un pensamiento me sobresalta, a saber si esos garabatos nos sobrevivirán a todos antes de que termine esta guerra fratricida…

Al rato el pito vuelve a retumbar en la ciudad. Es nuestra señal, podemos salir de nuevo a la superficie, volver a correr bajo el sol de mediodía hacia nuestras casas, hasta que tengamos que volver a cobijarnos bajo tierra, esperando llegar a tiempo.

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El camposanto

El cementerio en pleno campo castellano se envuelve en un eterno amarillo sin nada más que escolte su soledad que un par de árboles raquíticos.

De forma alargada y piedra colorada, refleja el abandono que sufren sus moradores, solo colmados de atenciones dos veces escasas al año: una durante las fiestas blancas y la otra por el festejo del día de los muertos, que en la España castellana dista mucho de ser la celebración que se estila en ultramar.

Así pues, las visitas son raras, salvando la excepción del par de abuelas viudas y sus visitas domingueras para cambiar las velas agotadas a sus maridos. La soledad del paraje es tal que ahora ni en las noches de las vacaciones estivales aparecen adolescentes jugando al quien se atreve, a ver quien se llega más al centro de la capilla y apaga más cirios, ocupados como están en los juegos de muertos vivientes en las consolas de su casa.

El cementerio es paciente, sabe que al final todos los que no han querido hacerle una visita en algún momento irán a él en el final de sus días. Es la virtud de la vida humana, el polvo retorna a la tierra, que lo espera con los brazos abiertos, es la dulce venganza de la soledad de los cementerios…

Un tango en el Retiro

Entre el verde del Retiro suenan las notas de un tango argentino. La voz de Gardel se pierde entre el verdor del pulmón verde de la ciudad, atrayendo a los que pasean entre los caminos laberínticos del parque.

Con más arrugas que cuando con apenas 16 años aprendió a cruzar las piernas al ritmo de la música, baila exactamente igual que entonces. La falda bermellón revolotea a su alrededor, haciendo parecer que flota un par de palmos por encima del resto de mediocres bailarines que lo intentan a su lado,

En verdad su compañero no es experto bailarín, pero su destreza hace que ambos brillen con intensidad en las tardes de la canícula madrileña. Por amor al arte hacen las delicias de los turistas de también de los de siempre, que acuden puntuales a las citas domingueras de última hora, anónimos, pero que son los de siempre, dispuestos a aplaudir y emocionarse con cada quiebro.

La juventud de las carnes la ha abandonado hace poco, pero su espíritu es más joven que nunca bajo las últimas luces del último domingo, bailando como si no fuera a haber otro al final de la semana próxima.

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Aquellas letras que perdió

Nunca le había costado tanto encontrar las palabras, siempre habían sido sus aliadas desde la infancia. Leer tantos libros desde tan temprana edad le había asegurado un buen repertorio de vocabulario, de pequeña incluso se jactaba de poder insultar por lo bajini a quien se metiera con ella sin que se la entendiera del todo, haciéndolo en el castellano antiguo o en el latín que sacaba de las novelas históricas que consumía.

Siempre se había sentido acompañada si tenía un libro entre las manos, más tarde comenzó a ser ella la que contaba las historias, para sí misma claro, pero daba vida y eso la hacía vivir todavía más intensamente. Por el camino y con los años fue perdiendo fe e ilusión, pero nunca abandonó porque le gustaba y porque siempre tenía algo que contar en la punta de los dedos.

Hasta que dejó de fabricar magia.

Hoy es el día de Sant Jordi, el día del libro, y se pasea entre estantes en busca de nada en particular, quizás un poquito de esa chispa que antes fluía casi sin esfuerzo. Sabe que volverá, que es cuestión de tiempo y de estar atenta a cualquier destello mágico que haga brotar de nuevo las palabras, pero no puede evitar sentirse un tanto perdida sin su compañía.

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El abandonado

Hace un año que llegué y ahí estabas, ya con las marcas de abandono en la piel. En aquel momento parecía que todavía podías con la vida, o que la vida todavía no había podido contigo.

He pasado a tu lado cada día, durante el final del verano, cuando llegó la caída de las hojas y el frío del invierno, viendo como el paso del tiempo deterioraba más y más tu apariencia, haciendo evidentes las señales de rotura.

No sé tu historia, lo que te ha pasado, ni lo que has sufrido. Me da mucha pena observar como cada vez que te veo tienes un aspecto más desmejorado y siempre cuesta un poco más seguir adelante, desviar la vista de nuevo y hacer como que no ocurre nada, que no estás en la calle.

La realidad es que se trata de un coche abandonado, que comenzó con las ruedas pinchadas y ha terminado con todos los cristales rotos y con mil marcas y ralladuras en la chapa y pintura. Es desagradable de ver, afea el barrio y da sensación de inseguridad, pero lo preocupante no es eso, lo alarmante es que podría ser una persona y actuaríamos de la misma manera: sintiendo pena, pero desviando la mirada.

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Mírame

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Las gafas redondas no acaban de sentarle bien a la forma de su cara, pero a ella le gustan tanto que se empeñó en llevárselas a pesar de la supuesta opinión experta de la dependienta de la óptica. No es una cuestión de moda sino de convicción.

Ahora la mirarán, de un modo u otro conseguirá que se fijen en su cara durante unos instantes. Como cuando el pelo verde, que la novedad duró casi dos semanas enteras durante las que la gente que solo se dirigía a ella para dedicarle cada día un nuevo par de ingeniosos insultos, se acercó para decirle lo guay que le quedaba la melena así teñida. Claro que también hubo quien se rio en su cara y a sus espaldas, pero por una vez no se había sentido sola del todo.

Esta vez ocurriría lo mismo, no podía ser de otro modo.

Excepto que no ocurrió nada. Ni aprobación ni rechazo, tan solo indiferencia, de esa que te seca en el interior los sentimientos, llegando incluso al cielo de la boca, obligándote a tragar la agria pastilla de la soledad, acercándote un paso más al abismo.

Como a ella, quien lució para siempre sus gafas nuevas en la fotografía de su reluciente y autoimpuesta lápida.

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Be a rockstar

Ser estrella del rock y vivir en el autobús, una ciudad sin nombre cada noche, para no equivocarte. Saborear las noches de verano en toda su fuerza: el sudor corriendo entre los pechos, la camiseta empapada y el pelo pegado a la cara.

Ir por la vida con la camisa arrugada y el alma partida en dos, pero no importa: quizás la próxima canción sea el hilo adecuando para recoserte con puntadas bien prietas. O quizás no, y en el próximo gran pueblo encuentres esa brizna de inspiración que viene faltándote y termine por completarte.

Poco importa en realidad, las almas perdidas son ricas en emociones, en pasiones y en libertad. Vuela libre mientras puedas, antes de que los demonios de la realidad y las responsabilidades te seccionen cada una de las plumas de tus alas.

No quieras bajarte de la vida en la siguiente parada, puedes descubrir que es billete único sin stop hasta mi mundo: el mundo real.

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Liquidación de primavera

La primavera asoma detrás de las nubes de evolución, tapando la timidez del sol con sus pronunciadas barrigas llenas de humedad.

Las terrazas de las cafeterías comienzan a llenarse de humanos reconvertidos en caracol que se arrastran en busca de los escurridizos rayos de un sol todavía débil y sumiso, igual que ellos ante los golpes inmisericordes de la vida.

Como los demás, ellos también han salido de sus caparazones durante la tarde, en busca de un consuelo y amor perdido hace un tiempo. Son una pareja al final del camino conjunto, que transita los últimos recodos de la separación hablando como desconocidos sobre un café destemplado mientras reparten las ganancias de una vida perdida.

Por fin se respetan los turnos de palabra, con la educación que nunca antes fuera necesaria entre ellos. Porque ahora, puestos a perder los perdieron todo: desde el amor hasta la cartera, guardando solo reproches y sucios secretos, terminando por liquidar con prisas los activos de su desamor.

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La buena suerte

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Su humor hacía juego con el del cielo sobre la ciudad que no presagiaba nada bueno, y es que nunca le habían gustado los martes y aquel día era un gran martes y trece.

Como todos los días arrastraba los pies por los roñosos adoquines de una ciudad adormilada a la hora de la siesta. Se había vuelto a escabullir por la puerta de la cocina, todo hombros encorvados y miradas furtivas hacia cada esquina.

Avanzaba paso a paso, contando cada una de las baldosas que dejaba atrás y cuidando de no pisar ninguna de las rayas que dibuja la acera. En su concentración no escuchó los quejidos de su anciana madre por haberse escapado otra vez desde la casucha en la que vivían, ni tampoco se percató de la escalera abierta de par en par que acababa de atravesar hasta que fue demasiado tarde… Hoy en día los técnicos de telefonía ponen sus escalones en cualquier desafortunada parte.

Con la respiración agitada se concentró en avanzar despacio y respirar desde el pecho, como insistía su psicóloga desde hacía años. Con la mirada desenfocada y las piernas casi incapaces de sujetarle, por fin alcanzó la familiar puerta del local y pidió su habitual par de cartones.

Entre cartón y cartón, el corazón volvió a latirle con normalidad y la tarde se fue sin que nadie de los que allí estaba se dieran cuenta. Los cartones siguieron llegando y él tachando y desechando uno tras otro y otro más… Y así sin darse cuenta ese otro que vive en su interior y que rara aparecía gritó:

— ¡¡¡Bingo!!!

Y salió de allí con tres mil euros del bote en el bolsillo todavía sin tenerlo muy claro, hasta que se topó de frente con un aterciopelado gato negro con los ojos fijos en él…

Apareció al día siguiente: tirado en un callejón con la panza abierta, y el bolsillo también sin rastro del cheque.

Maldita la mala suerte que había venido por fin a llevárselo.

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