Liquidación de primavera

La primavera asoma detrás de las nubes de evolución, tapando la timidez del sol con sus pronunciadas barrigas llenas de humedad.

Las terrazas de las cafeterías comienzan a llenarse de humanos reconvertidos en caracol que se arrastran en busca de los escurridizos rayos de un sol todavía débil y sumiso, igual que ellos ante los golpes inmisericordes de la vida.

Como los demás, ellos también han salido de sus caparazones durante la tarde, en busca de un consuelo y amor perdido hace un tiempo. Son una pareja al final del camino conjunto, que transita los últimos recodos de la separación hablando como desconocidos sobre un café destemplado mientras reparten las ganancias de una vida perdida.

Por fin se respetan los turnos de palabra, con la educación que nunca antes fuera necesaria entre ellos. Porque ahora, puestos a perder los perdieron todo: desde el amor hasta la cartera, guardando solo reproches y sucios secretos, terminando por liquidar con prisas los activos de su desamor.

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La buena suerte

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Su humor hacía juego con el del cielo sobre la ciudad que no presagiaba nada bueno, y es que nunca le habían gustado los martes y aquel día era un gran martes y trece.

Como todos los días arrastraba los pies por los roñosos adoquines de una ciudad adormilada a la hora de la siesta. Se había vuelto a escabullir por la puerta de la cocina, todo hombros encorvados y miradas furtivas hacia cada esquina.

Avanzaba paso a paso, contando cada una de las baldosas que dejaba atrás y cuidando de no pisar ninguna de las rayas que dibuja la acera. En su concentración no escuchó los quejidos de su anciana madre por haberse escapado otra vez desde la casucha en la que vivían, ni tampoco se percató de la escalera abierta de par en par que acababa de atravesar hasta que fue demasiado tarde… Hoy en día los técnicos de telefonía ponen sus escalones en cualquier desafortunada parte.

Con la respiración agitada se concentró en avanzar despacio y respirar desde el pecho, como insistía su psicóloga desde hacía años. Con la mirada desenfocada y las piernas casi incapaces de sujetarle, por fin alcanzó la familiar puerta del local y pidió su habitual par de cartones.

Entre cartón y cartón, el corazón volvió a latirle con normalidad y la tarde se fue sin que nadie de los que allí estaba se dieran cuenta. Los cartones siguieron llegando y él tachando y desechando uno tras otro y otro más… Y así sin darse cuenta ese otro que vive en su interior y que rara aparecía gritó:

— ¡¡¡Bingo!!!

Y salió de allí con tres mil euros del bote en el bolsillo todavía sin tenerlo muy claro, hasta que se topó de frente con un aterciopelado gato negro con los ojos fijos en él…

Apareció al día siguiente: tirado en un callejón con la panza abierta, y el bolsillo también sin rastro del cheque.

Maldita la mala suerte que había venido por fin a llevárselo.

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Suéltame de una vez

Me gusta el olor a ropa recién lavada cuando la tiendes bien temprano por la mañana, cuando todavía se está secando el rocío de la madrugada. Las manos se me quedan heladas al contacto con la ropa, casi no siento ni las pinzas ni la cuerda de tender. Inerte, como en tantos otros aspectos aspectos de mi vida me dejo arrollar por los acontecimientos, sin freno ni voluntad.

Y cuando la colada ya ondea liberada al viento no puedo evitar la envidia. Me celo de su libertad de movimiento, de su alegre danza a los ojos del sol.

Es un momento de liberación, pero también de final para mí: significa que debo volver adentro, a la oscuridad de su tiranía, a la locura de esos ojos que me miran con un odio eterno e injustificado. Cada día deseo ser una sábana, desprenderme con fuerza y de un tirón de las pinzas de su odio que me sujetan y salir volando por fin.

Quizás un día lo haga, antes de que él tome la decisión por mí.

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Como letras de Sabina

Primera colaboración del año con Letras & Poesía


Hace tiempo que el olvido se comió esa parte de mí donde reinabas en alborotado silencio, ordenándolo todo de esa manera tan tuya y tan poco mía.

Nos deshicimos la vida de golpe, tirándonos sin mirar si había cama sobre la que aterrizar cada noche, para luego tirárnosla a la cara sin ni siquiera llegar a parpadear… Demasiado deprisa, demasiado intenso, demasiado auténtico para vivirlo y saborearlo todo a la vez.

Siempre seremos como esa canción de Sabina: de los buenos noventa, seca, con letras muy fuertes para según qué oídos, pero también imposible de olvidar incluso queriendo. Hace demasiado que nos escuchamos en bucle las excusas, como un vinilo demasiado rayado que no pasa del cuarto corte, que te mata con sus chirrídos, pero que aun así no eres capaz de tirar porque qué bien suenan las tres anteriores, joder.

Nunca dejaremos de ser como ese poemario de bolsillo, tan manoseado, agrietado y lleno de marcas que solo tú entiendes y sin el que no puedes pasar de una estación de metro a otra. Y aunque lo arrastras contigo por el fondo de cada uno de tus bolsos, sigue ahí, fiel tras cada golpe inesperado.

Igual que las posesiones que guardamos por pura nostalgia, así nos mantenemos el uno al otro: en un eterno stand by lleno de por si acasos que nunca llegan a materializarse.

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Conversaciones interiores absurdas (o no)

Desde el otro lado de la cafetería su mirada me atraviesa, observándome justo por encima de la espuma espesa de su café con leche.

Estoy incómoda y no sé como he de comportarme ante esa mirada que me perfora la cabeza gacha. Este no es mi ambiente… los silloncitos pegados a los ventanales de la cafetería repletos de señora muy pintadas y con demasiada laca me incomodan, sé que me han mirado dos veces cuando he entrado, admirando a la luz de las decenas de lucecitas que parpadean en el enrejado del techo mis maltrechas Vans de toda la vida. Por esto, me he sentado en la primera mesa que he visto y he enterrado mi nariz en el cuaderno: el dibujo siempre me a mantenido a salvo.

Justo cuando terminaba de esbozar una vieja dragona que presuntuosa se limpia las escamas con las garras, he reparado en esa mirada.

La he dibujado claro, porque eso es lo que hago cuando algo me gusta, y cuando me disgusta también.

Pero… ¿Acercame a él? NO.

¿Darle pie para que sea él el que inicie el movimiento? De ninguna manera.

Mejor me quedo aquí, rodeada de viejas dragonas imaginarias y no tan imaginarias, sintiéndome fuera de lugar un rato más.

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Abuelas embrujadas…

— Abuelaaaaa, ¿por qué el tiesto de la entrada está caliente? ¿Las plantas hierven?

—¡Neno estate quieto! No me toques el caldero… digo el tiesto, que no es para jugar…

— Mamaaaaá, la abuela no me deja tocar nada…

— ¿Otra vez luna llena ayer a la noche mamá? —  un gesto afirmativo a su hija confirma que la abuela ha tenido una noche movidita y que no está para que le toquen ni el caldero ni otra cosa…

— Ay diosa… ¿Cómo me mandas un nieto…? —  suspira con resignación.

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Desmemoria

Me gustaría escribirte una carta como las de antes, un mensaje escrito sin pretensiones de inmediatez como los de ahora que se acumulan sin abrir en la bandeja de entrada esperando a ser descartados en dos segundos.

Quisiera escribirla e imaginar como la recibes, extrañado por encontrar en el buzón algo diferente a la habitual propaganda, pero también absurdamente emocionado al ver mi letra desastre en el reverso del sobre.

Te tomarías tu tiempo para leerla, estoy segura de ello, saboreando cada palabra mientras imaginas las inflexiones de mi voz casi como si te la estuviese leyendo yo misma, incluso te puedo ver cerrando los ojos como para poder observarme.

Es un sueño simple: escribir y mandar una carta… un sueño hoy irrealizable. El tiempo te ha robado las posibilidades, se te ha llevado la memoria de una vida a medio vivir.

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Trapecista

Vestido con brillantes colores que semejan una segunda piel, el trapecista se prepara en su puesto en las alturas antes de jugar con el destino y arriesgar otra noche en las cuerdas. La adrenalina es la de siempre, la emoción también, pero la sensación de vértigo es mayor, como siempre que actúa cerca de casa.

Quedan unos segundos para que termine el número que le precede y sin pensarlo dos veces hace su gran entrada desde los cielos de la carpa arco iris que protege el espectáculo. Las exclamaciones de asombro son inmediatas, como siempre, igual que las caras de susto entre el público, pero todo eso ya no importa.

En el momento en que permite que el show le posea el resto del mundo deja de existir: los sonidos se mezclan en una cacofonía difícil de identificar para unos oídos que lo único que escuchan es la propia respiración y el ritmo acelerado del corazón.

Los momentos previos al culmen del ejercicio son siempre los más críticos: la concentración absoluta le dificulta la toma de conciencia de nuevo, complica la buscada cercanía con el público que su matrimonio con el trapecio divorcia de la realidad. Solo cuando abre los ojos, para ver esta vez, fija sus ojos en mi y me ve.

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Chica en zapatillas 2

La continuación de este pequeño relato… Chica en zapatillas 1


Madrid tiene un olor especial, un olor que podría reconocer en cualquier parte del mundo. Con el metro bajo las entrañas de la ciudad, cada tren se encarga de hacer circular ese aroma por cada uno de los contrastes de la villa.

Ella es una de los cientos de asiduos en el metro cada día: con sus zapatillas danzando en los pies se ha recorrido cada andén del centro para llegar a todos esos lugares de los que siempre había leído tanto antes de mudarse a la capital. Pero esta no es una de esas noches donde espera volverse en el último tren a su pequeño estudio en el centro.

Esta noche la espera una cena elegante en un restaurante todavía más elegante, un lugar de esos donde se junta lo más granado de la alta sociedad madrileña; nada que ver con los comensales habituales de los chinos o mexicanos a los que le gusta acudir a ella.

Cuando por fin se baja del coche solo lo hace por una razón, y es darle una oportunidad a ese experimento de relación con ese dandy de sonrisa dulce del que se quedó prendada en la sección de poesía de la FNAC de Callao. Unos cuantos helados más tarde ya estaba enganchada a la conversación interesante, a la cítrica fragancia que desprendía y a las suaves caricias que producía al hablar.

Así que ahí estaba esa noche, lista para cenar en un restaurando donde tiene para usar más cubertería que dedos tiene en la mano.

— Disculpe señorita, ¿pero le importaría cambiarse de calzado?

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Huída 

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Las marcas en su cuerpo eran cada vez más visibles: desde los moratones que ya amarilleaban hasta los cortes recién hechos.

Las cicatrices en su alma, aunque invisibles, asomaban detrás de su triste mirada, perenne estación tras estación.

Aquel día no estaba pensando, solo era capaz de sentir y sentía todo aquel dolor, físico y psíquico, las humillaciones y las faltas de respeto. Como un autómata, realizó los preparativos de manera mecánica procurando no dejar evidencias que la pudieran delatar. El último paso fue el peor, no solo por el dolor, también por la repugnancia de dejarle algo suyo.

Cuando terminó y hubo recogido todo, salió por la puerta tan solo con el bolso colgado al hombro. Girando sobre los talones encaró por última vez la entrada de su casa y con de un rápido movimiento prendió una cerilla y la arrojó sobre el líquido inflamable que recorría el suelo.

Sin más dilación se giró de nuevo perdiéndose en la noche…

Horas después, él se enteraría del incendio en su casa, correría hacia allí, ansioso por saber de ella, pero no la encontraría… Tan solo le quedaría de recuerdo los restos de medio dedo calcinado.

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