Te levantarás

A veces una media verdad duele más que una buena mentira. Suele ser así porque es inesperada, proviniente de la llanura del corazón donde arden todas las pasiones buenas: el amor, la amistad, el cariño… Justo en ese lugar donde los que más quieres han logrado clavar su bandera de triunfo, es donde luego clavarán el cuchillo que será el que te desangre de dentro a fuera.

No lo verás venir, o sí, pero te cubrirás la visión con los velos de la autoimpuesta ignorancia, vacía de todo y de todos. Antes de que te des cuenta volverás a estar sola, sangrante y con rodillas y nudillos heridos a cada caída.

Pero, como en las películas, te arrancarás con manos sangrantes el puñal incrustado para seguir caminando.

La traición solo escuece hasta que deja de importar.

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Frío en el corazón

La niebla hecha jirones se despliega ante mí mostrándome un camino incierto que ya no sé si quiero recorrer. Entre nubes me veo correr, desesperada por alcanzar aquello que se perdió hace tanto tiempo pero que no puedo dejar ir todavía, aunque debería.

El tren avanza penoso entre los peñascos nevados y los árboles helados, un paisaje más propio de Narnia que de la vida real. Pero está bien así, detrás del cristal me siento a salvo de todo excepto de mis propios pensamientos, excepto de mí misma…

La vuelta a casa debería calentar el corazón, no llenarlo de pequeñas estalactitas que hielan la ilusión de un reencuentro frío y carente de emoción.

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Dejarse vencer

Llegó el día en que tuve que hacerme una promesa a mí misma: no volver a llorar. Me olvidé de quien era, de mis fortalezas y de mi seguridad. Las dejé a buen recaudo en algún lugar, bien adentro de mí, olvidadas sin más.

Cuando me veo reflejada en el espejo tengo que pensar un momento, pararme y reconocerme bajo esa capa de ordinariez que me ha cubierto silenciosa, como un simple hechizo punzante que ha desfigurado quien soy.

Cuando este día llegó, el de las promesas que os decía, me lo prometí a fuego en el alma: no dejarme vencer por ese otro yo que acecha cuando pierdo el control.

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Mi habitación propia

“Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción” Virgina Woolf.

Son pocos los espacios que tenemos en los que podemos ser libres y ser quienes realmente somos. Son escasos los momentos en los que la realidad no nos roba cada pedazo de vida, absorbido por la urgencia del ahora mismo y de las responsabilidades. Y es que hemos llegado a un punto en el que los llamados “problemas del primer mundo” nos eclipsan la vista y la mente de lo que de verdad importa: la vida, la amistad, un trabajo digno, satisfacer el alma con las pequeñas cosas…

Muchos ni siquiera tienen el privilegio de quejarse de que no tienen una habitación propia, porque son demasiados todavía los que no son dueños de su propia vida, ni siquiera de su propia mente.

Aquellas y aquellos que somos tan afortunados de tener un refugio al que llamar nuestro deberíamos saber aprovecharlo, y dejar de quejarnos de una vez porque las hojas del otoño están cayendo una vez más y es un espectáculo demasiado bonito para obviarlo.

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¿Por qué escribes?

Me preguntan por qué o para qué escribo. Nunca es fácil contestar a esa pregunta.Resulta difícil explicar la sensación de vaciado que produce la escritura, la terapia intensiva de dejarte ir entre las letras, sin llegar a pensar demasiado qué estás escribiendo en realidad.

Es complicado de entender, casi imposible para quien no conoce del amparo que pueden producir unos versos.

¿Para qué escribo? 

Escribo para mí, para ser yo.

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Reflexiones de septiembre

Las hojas de los árboles comienzan a rodar por las aceras haciendo crujir mis pasos a cada rato. Es septiembre y su llegada, un mes que por momentos se siente más comienzo que el propio enero.

Todos los comienzos son motivo de excitación y nervios, como cuando eres pequeño y una vez acabado agosto estás deseando que empiece septiembre para volver al cole. El olor a libros nuevos, lápices, rotulatores y el reencuentro con los compañeros. Luego te haces mayor y ese sentimiento es reemplazado por otra emoción un poco más negativa, es la aparición de las obligaciones.

No obstante, con o sin obligaciones, todos sentimos ese gusanillo a la vuelta de algo. Siempre nos preguntamos cómo será este año, qué sorpresas traerá la nueva etapa. Pues el tiovivo nunca para de girar con la ilusión repartida entre sus caballitos. Vuelta a vuelta, siempre predecible, pero emocionante al mismo tiempo.

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Musas viajeras

Para algunos viajar es una necesidad, otra forma de alimentar el alma y recargar las musas cuando estas se quedan sin poderes para la inspiración.

Hay algo mágico en descubrir las cosas curiosas que tiene la vida. Es hermoso como no dejamos de sorprendernos ante las pequeñas curiosidades que sin esperarlo nos aportan una ráfaga de inspiración para nuestro arte particular.

Cosas como encontrarte con un festival de música folk en medio de la oscuridad en un pueblo costero. Sobre el escenario, un grupo con integrantes de origen asiático interpretan el folk con dejes orientales tan integrados que apenas se hacen notar. Solo en terras celtas, claro.

Con una sonrisa y el lamento de la armónica en los oídos, sabes que has llegado a ese sitio por algo, para que una de esos golpes de vientos te traiga algo inesperado, tanto, que ni siquiera sabías que pudieras necesitar.

Solo te encontrará si sales a buscarlo…

Y que las musas te encuentren trabajando, mejor si es viajando…

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Cabina de barrio

Siempre que vuelvo a casa vuelvo al barrio, ese conjunto de calles que me vieron crecer. Cada rincón continúa teniendo un significado: la iglesia donde fui a catecismo con el resto de niños vecinos, el descampado detrás de dicha iglesia, donde se suponía que no debías ir y donde siempre acababas irremediablemente, la panadería donde saben qué pan se compra en mi casa todos los días y la frutería donde me llaman por mi nombre. Lugares todos que me han visto llegar y marcharme, y ahora volver de vez en cuando.

Pero los cambios no son solo cosa mía. Todo cambia, aunque nada cambia, que diría Meredith Grey, y donde creímos que el tiempo se detendría a nuestro paso y tras nuestra marcha, en realidad el mundo sigue girando porque eso es lo que hace, y cuando te quieres dar cuenta no te reconoces ni a ti mism@.

De repente algo falla en el paisaje, como esa cabina telefónica, esa que ni siquiera tiene ya un teléfono para intentar una llamada al pasado. Es el esqueleto vacío de otro tiempo y otra forma de vida más dependiente que no tiene cabida en el mundo de hoy, son trastos de mobiliario urbano que progresivamente van desapareciendo de las aceras sin que llegues a darte cuenta, igual que esas pequeñas partes que pierdes sin reparar en ello.

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Por las calles adoquinadas

Dice Federico Moccia en su último libro, Tres veces tú, que uno no debe volver a los lugares de su adolescencia, que una vez vistos desde los ojos que te aporta la madurez pierden todo el brillo y fantasía que tenían.

Puede que no lo diga exactamente así, pero así es como lo siento yo mientras camino otra vez por estas calles adoquinadas. Avanzo con el paso firme de quien conoce el lugar, con la ventaja que aporta que ahora los tacones se quedan en casa más de lo que salen a pasear.

Desde cualquiera de las terrazas improvisadas se puede ver como todo a cambiado, aunque en el fondo sigue siendo lo de siempre: los mismos antros con otros nombres y otro estilo de música, porque ni siquiera el único oasis del rock de la ciudad ha podido ganarle la batalla al reggaeton.

Aunque todo parece inalterable a pesar del paso del tiempo, tu mirada no deja de toparse con pequeños cambios, detalles que no pasan desapercibidas para el ojo experto del alma. Es curioso como somos perfectamente capaces de encontrar las inevitables diferencias que trae consigo el paso del tiempo en casi todo menos en nosotr@s mism@s…

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