Radioactive

El mundo es un lugar radioactivo, lleno de trampas mortales listas para exterminar a los colonizadores que le están destruyendo de dentro a fuera. O quizás debería serlo.

En el Apocalipsis de nuestra época, mientras los colonos nos hallamos encerrados observando desde detrás del visillo, buscando una oportunidad para hacer el mal, reviviendo sentimientos colaboracionistas propios de otras épocas, acusando sin ton ni son, dejándonos llevar por el pánico y por el odio hacia los que son diferentes, o los que se ven parecido pero no igual a lo que el espejo nos muestra; mientras todo eso pasa, el mundo al otro lado del cristal florece, respira y se despereza, se descontractura del sometimiento al que lo teníamos sujeto. Ya no vibra, ni tiembla con angustia. Las otras formas de vida toman el control temerosos del día en que nos liberen del confinamiento, cuando con botas militares destruyamos el pequeño atisbo de recuperación.

Nuestra forma de vida es un problema y nos negamos a admitirlo. Arruinamos a nuestro paso todo lo que tocamos y ni siquiera somos capaces de notarlo, de dar un paso al frente y cambiar. Decimos con la boca llena que somos humanos, que la nuestra es la mejor manera. Repetimos con desprecio: “no seas un animal”, cuando ellos no llevarían a cabo muchas de las más repugnantes acciones que nos aderezan cada día las comidas y las cenas durante el noticiario diario.

La liberación será paulatina, poco a poco volveremos a invadir los caminos, los mares y los cielos, echando sin contemplaciones a sus otros habitantes. Ojalá la tan mentada nueva normalidad tenga poco que ver con la anterior.


Colaboración con Letras y Poesía, ver aquí

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Y entonces qué

Desde la superficie y sin pararnos a respirar, recorremos el camino de la vida aguantando la respiración, con el estómago apretado y los ojos escaneando todo a nuestro alrededor, los músculos agarrotados prometen una gran resaca emocional.

Desconfiamos primero y preguntamos después, incluso cuando se trata de nosotros mismos. No nos paramos, arrollamos a nuestro paso, empeñados en conseguir esto y lo otro sin disfrutar ni el recorrido ni las paradas en las distintas estaciones de la vida.

La pregunta es inevitable: ¿y entonces qué? Qué pasa cuando ya tienes la carrera, el trabajo o ese sueño cumplido, qué pasa entonces. En qué momento vas a vivir, a respirar, a ser. Cuándo vas a profundizar en ti, a conocerte, a rascar un poco más allá de la cobertura que ofrecemos a los demás.

Desnúdate, conócete por dentro, tócate por fuera y por dentro, siéntete. Empezarás a vivir.

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Deseos de año nuevo

Pasear todos los días por la orilla del mar; leer tranquila y sin prisas con un café al lado; levantarme tarde y desayunar mis cosas favoritas; buscar el donde se esconde el sol en el océano cada noche; dormir la siesta con mi abuela, con su mano acariciando mi cara mientras afuera truena; respirar con fuerza; el sonido del silencio; el olor de pan recién hecho; el tacto de esa bufanda tan suave.

Enumerar deseos es fácil, es como decir la lista de la compra de memoria: sabes las cosas que debes decir porque son imprescindibles en el día a día, pero qué hay de eso que no recuerdas a la primera, o de lo que sabes que necesitas pero te falta voluntad para llevar a cabo, qué hay de ti.

Vamos a sacudirnos las gotas de lluvia que nos calan el alma. Vamos a vivir, a sentir y a permitirnos ser.

Imagen de S. Hermann & F. Richter en Pixabay

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Las cosas bonitas de la vida

Me gustan las cosas bonitas y con luz, que me hagan sentir bien y reconfortada…

Una cafetería con encanto; unas luces anaranjadas que recuerden al fuego; una librería antigua y abarrotada de libros por todas partes, no importa si está un poco desastrada… las tiendas con aires antiguos, o vintage, que está más de moda decirlo así; una cabaña en medio de ninguna parte en un invierno con nieve, o un océano cristalino a mis pies.

No es cuestión de superficialidad. Todo aquello que tiene un aire especial me trae ráfagas de inspiración sazonada de felicidad que me llenan de vida, y también de esperanza. Esperanza en que puede haber otro mundo con un color distinto, más sensible y real que este en el que nos ha tocado pelear para vivir. Me da esperanza en que no todo es moda y que la gente especial existe y puede vencer a toda la ordinariez que puebla la Tierra.

No voy a disculparme porque me agrade lo especial de la vida, ni porque encuentre reconfortante la belleza escondida en las cosas tristes y difíciles, esas de las que casi siempre se nutren mis letras.

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Hogueras en la ciudad

Dan las ocho y en el polígono del sur se hace de noche, como cada día las hogueras comienzan a arder para templar el ambiente de una primavera todavía demasiado fría. Mires donde mires se alzan las columnas de humo, engordando la campana de contaminación de la ciudad, envolviendo las calles numeradas con ese característico olor.

Cada esquina tiene historia y nombre propio aunque cada vez te cuenten una historia diferente, si quieres fijarte, te darás cuenta de que ciertos detalles siempre persisten. Son esas pequeñas particularidades las que te cuentan la realidad de sus vidas. Realidad que maquillan cada día antes de salir de casa, que los demás preferimos obviar por no incomodarnos al pasar.

Las gafas de la ignorancia no pesan en la conciencia de casi nadie, el humo de las hogueras difumina la realidad que convive con la incomodidad.

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Reflexiones

“Branding para conseguir seguidores” Penny L.

Nos animan a vendernos, no como antes claro, nos hemos desligado de las prietas lazadas de los corsés para sustituirlas por las asfixiantes cadenas de las redes sociales. En busca del like te animan a subir una foto en la cama cubierta con una sábana, a publicar esa otra medio borrosa en bikini sin la parte de arriba.

No creo que esté mejor o peor una cosa u la otra, lo criticable es cómo se juzga a quien lo hace, y a quien no lo hace también. Llega incluso a ser contradictorio, pero es en el mundo en el que vivimos: una contradicción constante que pretende contentar a todos.

Cada vez se discrepa más y peor sobre la definición de feminismo, lo cual escojo tomarme por el lado positivo, por el hecho de que mientras haya debate en la calle será que está vivo, colea y se defiende de los rancios ataques de siempre y de otros más innovadores encubiertos.

Ser una feminista de las incómodas, con la boca demasiado grande y el pensamiento firme.

Estamos llegando a un punto en que parece que solo valen los extremos, donde lo que predomina es el cansancio de las mujeres de que todo siga prácticamente igual que siempre, donde parece que tengas que resistirte hasta que te maten, entonces serás mártir y santa, sino tu palabra no valdrá nada.

Dicen por ahí que el feminismo está de moda, que es un movimiento en auge, espero que así continúe y que no se desvirtúe siguiendo el camino del odio, pues ellos son compañeros, no el enemigo.

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Quien soy yo

Yo soy la chica rara de la libreta, la que te puedes encontrar en el roncón más apartado de tu bar favorito, o en esa pequeña cala poco transitada que te viene a la mente cuando piensas en el mar.

Llego silenciosa, amortiguando las pisadas de mis desgastadas Vans, procurando mimetizarme con el entorno. Me camuflo en cualquier esquina que me permita observar sin llamar la atención, y es entonces cuando comienza el juego.

Me gusta inventarme la vida de los demás, imaginarme que los gin tónics que toman las chicas que tengo al lado son de celebración por algún éxito alcanzado, o quizás conmemoración de la despedida de un mal desamor. Prefiero pensar que el joven que pase a un abuelo en muletas es en  verdad su nieto y que cada domingo después de comer salen a llenarse de arena los zapatos. Quiero creer que la pareja que discute enzarzada en una esquina lo hace por diferencias de sus creencias, que el debate es apasionado pero sano y será zanjado en un remolino de sábanas deshechas.

A mis gafas de ver le gusta filtrar lo malo por lo bueno, colar el mal color de lo diario y teñirlo con el color del ocaso, pues la realidad es demasiado real como para vivirla todo el rato, por eso no dudo en escaparme a ese otro mundo de color.

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La bailarina que hace sentir

Colaboración mensual con  Letras & Poesía


El escenario se rinde ante la magnitud de la bailarina. Ella, con todo su diminuto ser, inunda de esencia hasta al último espectador del gran auditorio. Se deja mecer por el sonido de la música, combándose y estremeciéndose con cada acorde. Ejecuta con precisión cada movimiento, llegando a tiempo a cada corte, como si la música de un mapa se tratara. Los ojos cerrados ven a través de sus párpados, se mueven frenéticos con cada sacudida de ella.

La bailarina no mira a nadie, pero se comunica con todos; no se dirige a nadie en particular, pero todos y todas la entienden. Es el idioma universal de la danza y la música. La delicadeza de los cuerpos plegándose ante las notas que suenan acompasadas.

Las palabras son preciosas, pueden ser tanto dardos envenenados como flechas de amor, pero no siempre son necesarias para hacer sentir… Una mirada puede clavarse más profundo que el cuchillo más afilado, una caricia que estremece como un susurro delicado tras la oreja, la risa de un bebé, el gimoteo de tu perro cuando te siente triste. Ninguno articula palabras inteligibles, pero se les  escucha más alto que si te gritasen por un altavoz.

Llega el final de la actuación y todo queda en silencio: la música se extingue despacio, la bailarina se detiene y mantiene la posición final, nadie entre el público habla todavía, pero la emoción es palpable…

De repente la ovación final, todo estalla y la bailarina por fin abre los ojos agradecida, una vez más sin hablar.

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Reflexiones a la esperanza

Las primeras veces son difíciles, algunas hasta duelen, pero luego todo se hace más fácil… O eso nos decimos con esperanza. A veces nos cuesta mantenerla, la esperanza digo, porque es una amiga huidiza poco dada a quedarse al lado de uno.

Con frecuencia nos perdemos por el camino que no sabíamos que queríamos recorrer, incluso nos equivocamos cuando queremos volver a casa. Nos cuesta horrores aflojar ese nudo del estómago que apretamos a cada hora un poco más fuerte sin ni siquiera darnos cuenta.

Es difícil reflexionar y admitir dónde nos equivocamos, levantarnos cuando nos caemos. Parece más fácil mantenernos en el suelo y lamentarnos antes de volver a erguirse con todas las heridas visibles, como cuando ese temor nocturno nos asalta y nos refugiamos bajo las mantas, como si estas fueran un escudo protector capaz de salvarnos de cualquier amenaza.

La esperanza es huidiza, agárrala y déjate llevar por ella…

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Te levantarás

A veces una media verdad duele más que una buena mentira. Suele ser así porque es inesperada, proviniente de la llanura del corazón donde arden todas las pasiones buenas: el amor, la amistad, el cariño… Justo en ese lugar donde los que más quieres han logrado clavar su bandera de triunfo, es donde luego clavarán el cuchillo que será el que te desangre de dentro a fuera.

No lo verás venir, o sí, pero te cubrirás la visión con los velos de la autoimpuesta ignorancia, vacía de todo y de todos. Antes de que te des cuenta volverás a estar sola, sangrante y con rodillas y nudillos heridos a cada caída.

Pero, como en las películas, te arrancarás con manos sangrantes el puñal incrustado para seguir caminando.

La traición solo escuece hasta que deja de importar.

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