Así te descubrí

Descubrirte fue una casualidad, una suerte entre millones, de esas inesperadas que te embargan y te elevan.

¿Sabes esa sensación que te llena cuando descubres algo que no esperabas? Como cuando metes la mano en el bolsillo de un pantalón que hacía siglos que no te ponías y te encuentras con un billete con infinitas arrugas. Algo ínfimo que te llena y se convierte en imprescindible. Tu comida favorita en casa de tu abuela, el olor de la colonia que tu madre usaba cuando eras niño.

Sensaciones. Placeres. Vida vivida sin más expectativas.

Así fue como te descubrí, esperando sin esperar, como ese que se acerca demasiado a ver las olas romper contra el acantilado durante un temporal, que confía en que nada le va a ocurrir y no se puede perder ese espectáculo de la naturaleza y, sin embargo, es arrastrado sin remedio bajo el agua.

Tú fuiste mi corte de digestión imprevisto, me dejaste sin aliento y llena de ilusión. Eras quien andaba buscando dentro de mí, ese pedazo oculto por la ordinariez de la vida cotidiana.

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Bambas musicales

Se conocieron escribiendo poesías al lado del mar, uno comenzaba lanzando un verso que el otro terminaba sin conseguir que rimasen entre sí. Mientras jugaban a rimar, se perdieron en el enamorar.

Él es de pocas palabras, pero amante incondicional de la música, tenía un verso siempre perfecto escapándose de entre sus labios, suaves y perfectos para besar. Combinaba versos con besos de poesía maltrecha, balanceando al ritmo el pie derecho, siempre con las mismas bambas negras, cada verano un poco menos lustrosas. En realidad la música resonaba a todas horas en sus oídos aunque nadie más la escuchase, las notas se deslizan trasparentes a lo largo de su campo de visión, preparadas para que él las moldee a su antojo. Ella se prendó de su misterio y capacidad de crear belleza tangible, de la que con cada acorde se te eriza uno por uno el vello del cuerpo.

El sofá de su salón se convierte todas las mañanas en un baratillo de risas entre partituras y bocetos de textos que ambos protagonizan. Coautores de la misma vida, se narran cada mañana entre las sábanas, se buscan y se encuentran entre los sinónimos de posibilidades que les ofrece la vida.

Las letras y la música son sus alianzas invisibles, viven en una historia interminable con su banda sonora en bucle de manera permanente.

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Violines en el metro

Dos minutos para que el tren haga su entrada en la estación. Ha bajado las escaleras mecánicas corriendo, casi como si fuera de la gran ciudad, y justo vio como las puertas del vagón más próximo se le cerraban en las narices sin remedio. Frustrada, camina hasta el banco más próximo y se deja caer con toda la fuerza su peso. Queda medio minuto para el próximo metro. Ella menea la pierna que tiene cruzada por encima de la otra con impaciencia, mira a cada momento el reloj que tiene en la muñeca, porque aunque acaba de comprobar si tiene mensajes en el móvil, es incapaz de recordar la hora que marcaba.

Por fin ve las luces al fondo del túnel. Se levanta y acerca a la línea amarilla disuasoria. En cuanto se abren las puertas entra con paso firme, con los codos a cada lado de los costados, creándose un espacio inexistente entre la gente que como ella resoplan ante cada parada que no es la suya. Antes de que el tren se ponga de nuevo en movimiento, ya tiene la mirada enterrada en la pantalla del móvil… y de golpe ya están anunciando su parada y esta mañana todavía no le ha visto.

El tren vomita violentamente a casi todos los que lleva en su interior, y las carreras por las escaleras que ya se mueven por sí mismas se reanudan incesantes. Va por los pasillos a toda velocidad, atenta a cada sonido, con la esperanza de escuchar esa canción que suele comenzar a sonar en cuanto atisba entre la multitud madrugadora su pelo bermellón. Esta mañana no ha tenido suerte, su sitio está vacío. Comienza un día un poco más triste que el anterior…

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Aquellos niños

Ayer me encontré con la vecina del primero en el portal y me comentó que no sabía que teníamos niños, sorprendida le confirmé que no, que no tenemos, y dejé a la mujer tan desconcertada como ella me había dejado a mí.  No encontré sentido a su pregunta en aquel momento, y no volví a pensar en ella hasta hace un rato.

Con las mejillas todavía arreboladas, mi reflejo me devuelve la mirada desde el espejo semi empañado del lavabo. En verdad parece que todavía tenga los veinte años que la gente sigue suponiendo que tengo, claro que la gente supone cualquier cosa, como que en nuestra casa hay niños que corren descalzos por el parqué a media tarde, que se ríen como locos y se revuelcan por el sofá para terminar aterrizando con un golpe sordo en el suelo, que los grititos y risas sofocadas provienen de juegos infantiles y no de dos locos enamorados desde hace tantos años.

Podríamos decir que sí, que tenemos niños, que todavía mantenemos a esos niños que fuimos bien anclados en nuestro interior, que aquellos adolescentes con varios grados de temperatura corporal por encima de lo normal siguen intactos. Podríamos decir muchas cosas de quienes fuimos, todavía más de quienes somos hoy, pero lo cierto es que lo único que importa es el tú y yo.

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Me gustas así

Me desperté con el olor de las tostadas francesas en la nariz, idénticas a aquellas que comíamos todas las mañanas en pijama en aquel verano junto a la playa.

Recuerdo muchos placeres de ese viaje y también la manera en que te estirabas cada amanecer mirando al mar. Siempre me ha gustado mirar como te mueves, con ese paso lento y desganado de genio despistado.

Me gusta observarte entre el flequillo, que te irrites porque te sientes vigilado y te vuelvas demasiado torpe hasta para ti.

Y que cuanto más torpe, más rías.

Me gustas así, porque no te escondes y puedo verte de verdad y hacía demasiado que te escondías.

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Un mal día

Cuando tengas un mal día mira al cielo, yo estaré haciendo lo mismo desde aquí.

Cuando no puedas más, fíjate en el espejo con atención, estoy segura de que podrás atisbar mi mirada detrás de la tuya.

En los días demasiado largos acuérdate de las noches de verano junto al mar, siempre demasiado cortas y con la marea a nuestros pies.

Para esos días que en los que la vida parece ganarte la partida olvídate de todo, salvo de vivirla como si la tuvieras a tus pies.

Cuando dudes de ti y las fuerzas quieran fallarte, no te rindas, mírate a través del filtro de mi mirada y verás a alguien ganador.

Cuando tengas un mal día piensa en mí, yo estaré pensando y acordándome de ti.

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Escóndete de mí

Colaboración quincenal para Letras & Poesía para quien se lo haya perdido.


Escóndete de mi vista.

Aparta de mí tu mirada de luz y oscuridad. Tapa también tras los dientes esa sonrisa de pasión por la que me dejas asomar.

No vuelvas a mostrarme nada, o me perderé dentro de ti para siempre. Me ocultaré donde no puedan encontrarme, entre la espesura de tu mirar.

No juegues más, ocúltame el pliegue desnudo de tu ingle y la curva perfecta que desafía a la gravedad de tu pecho descubierto.

Pues contigo albergándome en tu interior, la plenitud alcanza otra dimensión, porque tú eres de mí como yo soy de ti también, partes independientes de un todo aleatorio.

Por eso no debes mostrarte ante mí otra vez, ya que una vez lo haga me escurriré entre tus dedos como el agua de tormenta en septiembre.

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Cuando te vayas

Los días tachados en el calendario me cuentan que tan solo quedan unas semanas para que te vayas a marchar. Sé que es una aventura con retorno, pero joder, que largo va a ser el año sin ti. Sin ti y sin tus manías, esas que me exasperan y a la vez me hacen sonreír con fuerza. Pensándolo bien tu marcha es una buena noticia para las arrugas de mi cara, pues tendrán descanso de las risas diarias.

Cuando te vayas, procura no olvidarte de nada, ni siquiera de ti mismo y de quien eres conmigo. Acuérdate de nosotros, de quienes somos juntos y de quienes queremos llegar a ser. Pero sobre todo acuérdate de vivir por ti.

No te preocupes por mí , yo voy a estar bien, entre mis libros y letras de siempre. Viviendo, pero contigo en la mente.

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Ella. Ingenua.

Me confié, dejándome llevar

sin llegar siquiera a pensar,

que eras tu quien me alejaba.

Ingenua fui hasta la última parada,

cuando me echaste bajo el bus de una patada.

Ingenuidad.

Con punto y seguido. Porque seguirás.

Porque no será ni la primera ni la última vez que me pase. Que me fíe y confíe, para acabar aplastada y girando bajo las ruedas de otro camión, que es la vida de cualquier otro amor.

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