Noches adolescentes

La tormenta de verano que  por fin se desata sobre la ciudad me recuerda nuestras carreras bajo los balcones cualquier lluvioso sábado noche de otoño antes de los exámenes, viviendo sobre la delgada línea que separa adolescencia de juventud.

Las noches entre risas y amigos que se sucedían una tras otra, siempre con la línea temporal marcada a las cuatro, que era nuestra cita a solas para comernos a besos bajo la luz intermitente de cualquier farola, pues el todavía impuesto toque de queda se cumplía a las cinco de la mañana.

Luego de vuelta a casa: yo descalza dando saltos sobre los adoquines de la ciudad y tú con mis agudos zapatos de tacón pendiendo de una mano, ambos borrachos, pero de pasión el uno por el otro.

Por último la dura despedida en mi portal. Los besos ardientes en el hueco de la escalera. Lenguas enredadas con sabor a tequila viejo en tu garganta y en la mía. La ropa revuelta y profanada. Las caricias furtivas demasiado por debajo de la línea alba. Tu cuerpo duro contra el mío.

Al final: solo una mirada enamorada bastaba antes de la puerta del portal nos separase, la misma que me dedicas hoy desde tu lado de la cama en una noche de recuerdos de las primeras veces compartidas.

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Bienvenido Junio

Las tardes de junio tienen un sabor especial, tienen ese dulce regusto de anticipación y expectativa de lo que sabes que está por venir. Son esas tardes con la chica del pelo moreno, la que te gusta en un secreto gritado a voces por tu corazón, pero que ella ignora.

Son los primeros helados de la temporada, con ella manchándote la barbilla con su cucurucho de chocolate y menta. Son las tardes de domingo que se alargan demasiado para terminar en su portal con un casi pendido de los labios.

Es el verano que te llama a gritos, ¡déjalo entrar!

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Ráfagas de recuerdos

¿Te acuerdas de aquel amor de adolescencia, ese que te persiguió hasta tu juventud mientras tratabas de dejarlo atrás?

Después de haber leído esa pregunta es más que posible que un solo nombre se te haya venido a la cabeza a la velocidad del rayo, que una única cara sea la que se haya aparecido delante de tus ojos abiertos mirándote casi fijamente, como si estuviera justo ahí.

Sabes bien de quién te estoy hablando, siempre hay un “alguien” que cala más hondo, que hace más daño, que se queda más adentro para siempre. Suele ser la persona con la que aprendemos todo: a querer y luego a amar, a besar y a soñar, con quién descubrimos el placer por primera vez con otra persona, pero también lo que puede doler eso que tanto quieres.

Son esas relaciones compuestas de blancos puros y negros azabaches, donde todos los sentimientos pasan de cero a cien en milésimas de segundo, porque aún no sabes que las cosas que surgen a fuego lento se disfrutan más y tienen un mejor final.

Esos amores son los que dejan una huella indeleble en alguna parte de cada uno de nosotros. Unos pueden llegar a ser duraderos, otros solo son un recuerdo envuelto en los vientos de la memoria, pero todos son inolvidables.

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Retazos de adolescencia

A los quince años tus sentimientos salían a borbotones, directos del estómago, vomitados sin pasar por la gran censora de nuestras vidas que es la cabeza…

En la adolescencia cada vez piensas más y sientes menos, la nueva Santa Inquisición que es la sociedad trata de moldearte y te dice que sentir y como pensar…

En la veintena ya no queda nada; amar está mal visto e incomoda, y el que piensa es un iluso idealista.

Ni contigo ni conmigo.

Tu y yo separados…

Dime por qué, por qué siempre lejos de ti.

Por qué no entiendes que es mirarte y ponerme a temblar,

 que es perderte y volver a llorar, 

que es mirar y perderme en tus ojos,

 que es sentirte y sonreír de nuevo.

Tu y yo separados…

Dime por qué somos como las vías del tren,

siempre cerca

pero sin llegar nunca a encontrase.