Galletas compartidas

A Marina le encanta ir al colegio, aunque también le gusta mucho dormir hasta tarde y que su abuela la despierte dándole muchos besos y con un chocolate bien espeso. Es la abuela quien la lleva cada día a la escuela, sus padres trabajan y no los ve hasta la tarde, pero sabe que su madre deja preparada toda su ropa y que su padre se encarga de que siempre tenga la merienda para el recreo lista. Menos mal que de peinarla se encarga su abuela, porque ninguno de los dos tiene ni idea, piensa mientras mira atenta en el espejo como la abuela le trenza rápido el pelo. Es día de cole, así que hoy no va a desayunar chocolate, pero seguro que por la tarde en el parque tendrá un sándwich de nocilla. 

El día en clase pasa rápido, están aprendiendo a leer y a escribir, pero después les dejan tiempo para colorear y eso es más divertido. Cuando se acaba el día y salen todos en orden para irse a casa, ve a su madre entre la gente que está esperando a otros niños. “Qué raro” piensa Marina, pues siempre la recoge la abuela para comer juntas en su casa. 

  • ¿Y la abuela, mami?
  • ¡Hola cariño! Hoy he podido venir a buscarte yo, ¿no estás contenta?
  • Sí… pero es que hoy me había prometido espaguetis para comer… 
  • Bueno, puede que la abuela ya los haya dejado preparados en casa para que los comamos las dos. 
  • ¡Bieeeeen!

Se van las dos contentas a casa y preparan entre ambas la mesa para comer los famosos espaguetis de la abuela.

  • Oye cariño, ¿te sigue gustando la merienda que llevas al recreo? ¿o quieres que la cambiemos por otra?
  • No, está bien, me gustan las galletas.
  • De acuerdo… pero entonces, ¿por qué no te las comes Marina? Me ha dicho tu profesora que se las das a un niño de tu clase. 

La niña se queda quieta un momento, mira de reojo a su madre con el tenedor con los espaguetis suspendido en el aire. 

  • Sí que me las como… 
  • Marina, no me mientas, tu profe me ha contado que todos los días se las das a otro niño. ¿Se mete él contigo para que se las des?
  • ¡No!
  • ¿Entonces qué pasa cariño?

Marina se queda de nuevo callada y mira su plato de espaguetis, ya nunca le gustarán tanto como antes de ese día. 

  • Es que los papás de Julio son pobres. 
  • ¿Cómo dices?
  • Sí… son pobres y no tienen dinero para comprarle la merienda a Julio, y a veces solo desayuna unas galletas, por eso siempre tiene hambre y yo le doy mi merienda. ¡Pero mamá! No se lo puedes decir a nadie, es un secreto, y yo no se lo he contado a nadie.

Su madre se queda muda de asombro, jamás habría pensado que ese sería el caso. Llevaba días pensando en cómo abordar el tema con su hija, convencida como estaba de que sufría acoso escolar y que lo estaba pasando mal en el colegio. Ahora se daba cuenta de que en realidad sufría igualmente, pero por su amigo. 

  • Bueno, en ese caso, ¿qué te parece si en lugar de llevar galletas solo para ti, llevas un paquete para Julio también?
  • ¿De verdad podemos hacer eso mamá? ¿Y me prometes que no se lo dirás a nadie? ¿Por favoooooor?

Marina mira con los ojos abiertos de par en par a su madre, que le acaricia el pelo despacio y finalmente asiente. La niña vuelve su atención a los espaguetis, feliz, convencida de que las galletas son suficiente. Su madre por el contrario se queda perdida en sus pensamientos, mirando a su hija, pensado en el gesto que ha tenido con su amigo, siendo consciente de que los niños son conscientes de las desigualdades que tenemos al lado y escogemos ignorar.

Imagen de giovannibiagini en Pixabay

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