Susurros tras la pared

Las paredes son tan finas como un biombo de bambú, la banda sonora de las mañanas nos acompaña a todos los vecinos, los sonidos de entrechocar las tazas del desayuno, el hervir de las cafeteras italianas de toda la vida y los apresurados portazos que te hacen saber que el del cuarto llega tarde al trabajo.

El correr de la vida se paraliza a partir de las nueve en mi edificio. Los más madrugadores se han ido hace horas, los niños hace un rato que han comenzado las clases, y las abuelas bajan silenciosas con sus carritos a la compra para la comida de sus nietos. Es entonces cuando comienza mi jornada, con el segundo café de la mañana el teclado del ordenador parece mucho más abordable. El sonido de las teclas me acompaña hasta cerca de mediodía, no sé si conservaré algo de lo escrito todas estas horas, pero por lo menos no me sentiré culpable por otro día improductivo en la improvisada oficina que es mi salón.

La hora de la comida se aproxima y los sonidos comienzan de nuevo, más tenues claro, no todos vuelven a casa para comer, pero sé que él si lo hace. Sabré que ha llegado porque las paredes de mi piso se estremecerán con el portazo con el que deleita a los cimientos del edificio cada día. A ella no se la escucha claro, es como una ratoncita, a veces se la escucha rebullir de aquí para allá, pero siempre silenciosa y afanada. Él es su opuesto más ruidoso, como un elefante que se hace notar en su casa y en cada una de las estancias de la mía. El ruido es increíble, pero el sonido del silencio de ella es atronador. No hay gritos sin embargo, su voz me llega imprecisa a través de las paredes, contenida, se aprecia el rechinar de dientes de él, un grito susurrado y cargado de odio contra ella. Me llega amortiguado, tengo que prestar atención para poder escucharlo, para poder notarlo, pero está ahí, igual que la mirada huidiza de ella y su sonrisa fugaz cada vez que coincidimos en el balcón dándole las últimas caladas al penúltimo cigarro del día.

Los gritos son susurros que están ahí, solo hay que pararse y prestar la atención necesaria y sobre todo, querer hacerlo.

Imagen de Free-Photos en Pixabay .

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Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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