Conversaciones interiores absurdas (o no)

Desde el otro lado de la cafetería su mirada me atraviesa, observándome justo por encima de la espuma espesa de su café con leche.

Estoy incómoda y no sé como he de comportarme ante esa mirada que me perfora la cabeza gacha. Este no es mi ambiente… los silloncitos pegados a los ventanales de la cafetería repletos de señora muy pintadas y con demasiada laca me incomodan, sé que me han mirado dos veces cuando he entrado, admirando a la luz de las decenas de lucecitas que parpadean en el enrejado del techo mis maltrechas Vans de toda la vida. Por esto, me he sentado en la primera mesa que he visto y he enterrado mi nariz en el cuaderno: el dibujo siempre me a mantenido a salvo.

Justo cuando terminaba de esbozar una vieja dragona que presuntuosa se limpia las escamas con las garras, he reparado en esa mirada.

La he dibujado claro, porque eso es lo que hago cuando algo me gusta, y cuando me disgusta también.

Pero… ¿Acercame a él? NO.

¿Darle pie para que sea él el que inicie el movimiento? De ninguna manera.

Mejor me quedo aquí, rodeada de viejas dragonas imaginarias y no tan imaginarias, sintiéndome fuera de lugar un rato más.

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Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

9 comentarios en “Conversaciones interiores absurdas (o no)

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