Cabina de barrio

Siempre que vuelvo a casa vuelvo al barrio, ese conjunto de calles que me vieron crecer. Cada rincón continúa teniendo un significado: la iglesia donde fui a catecismo con el resto de niños vecinos, el descampado detrás de dicha iglesia, donde se suponía que no debías ir y donde siempre acababas irremediablemente, la panadería donde saben qué pan se compra en mi casa todos los días y la frutería donde me llaman por mi nombre. Lugares todos que me han visto llegar y marcharme, y ahora volver de vez en cuando.

Pero los cambios no son solo cosa mía. Todo cambia, aunque nada cambia, que diría Meredith Grey, y donde creímos que el tiempo se detendría a nuestro paso y tras nuestra marcha, en realidad el mundo sigue girando porque eso es lo que hace, y cuando te quieres dar cuenta no te reconoces ni a ti mism@.

De repente algo falla en el paisaje, como esa cabina telefónica, esa que ni siquiera tiene ya un teléfono para intentar una llamada al pasado. Es el esqueleto vacío de otro tiempo y otra forma de vida más dependiente que no tiene cabida en el mundo de hoy, son trastos de mobiliario urbano que progresivamente van desapareciendo de las aceras sin que llegues a darte cuenta, igual que esas pequeñas partes que pierdes sin reparar en ello.

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Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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