Caer en el abismo

Después de la cuarta copa de vino todo se le empieza a difuminar.  Ella no bebe, en realidad ninguno de los dos suele probar el alcohol, pero la tensión era demasiado fuerte, e imposible obviar el tren con miles de vagones de recuerdos y sentimientos enterrados.

Así que bebieron. Pero esa sensación sigue ahí, justo en la boca del estómago, semejante a estar al borde de un precipicio e intentar inclinarte hacia delante con sumo cuidado todo lo que puedas, pero sin llegar a caerte. Es un sentimiento poderoso, atrayente como un imán hecho a su justa medida.

Esta noche, el tocadiscos suena en un rincón tarareando viejas glorias cubanas. Las ventanas abiertas de par en par permiten que la noche templada llegue hasta el sofá donde las dos figuras continúan suspendidas a medio camino de la boca del otro, a punto de abalanzarse sin arnés de seguridad y de cabeza al abismo más profundo.

Como en ese momento previo cuando eres consciente de que vas a hacer algo que no debes, que está mal en algún sentido cósmico, y a pesar de ello te ves a ti mismo haciéndolo antes de ejecutar la acción, de la misma manera, ellos saben que sus cuerpo se encontrarán una vez más, para escenificar lo que tan claro puede ver el ojo del alma.

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Familia escogida

Como gotas de lluvia golpeteando contra la ventana, insistente, tu recuerdo viene a buscarme. A salvo, tras la cortina te observo y sé que no debo, que no puedo dejarme llevar otra vez por el engaño que supones para mí. Entre los remolinos de hojas de otoño, me parece ver tu cara mirando hacia arriba, como si supieras con exactitud donde encontrarme.

Eres la promesa de un tiempo que ya no es, de alguien que ya no está, a quien ya no puedes herir. Dicen que la amistad todo lo puede, que cuando encuentras a ese gran amigo es el otro amor de tu vida, a veces incluso el único que llegas a conocer; que las amistades son la familia que se escoge.

La nuestra era una hermandad privada, un aquelarre seguro y confortable hecho de cartón piedra. Mentías para sobrevivir y yo no me daba cuenta. Pintabas realidades opuestas al sol que asoma cada día por tu ventana, buscándote la cara, ansiando reconocerte. No sabe que esa ya no eres tú. Con cada embuste te engrandeces, o eso te crees. Buscas representar una comedia que termina en drama anunciado, pero escoges no verlo, derrapando a toda velocidad por la vida, esa sucesión de decisiones que tomamos sobre la marcha, con el piloto automático encendido, sin prestar atención.

Dicen que para superar una relación fallida hace falta al menos la mitad del tiempo que esta haya durado. Qué hacer entonces cuando ese tiempo es toda tu vida, desde que tienes memoria…

Me haría falta otra vida para vivirla sin ti.

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La vida de un abrazo

Apretarte entre mis brazos con fuerza, sentir cómo te relajas acompasando tu respiración a la mía, cómo los lloros que te convulsionan desaparecen poco a poco.

Un suspiro cerca de mi oreja me indica que estás lista para que afloje, pero no para que te suelte. Todavía no. Nos quedamos otro rato así. Las generaciones que nos separan a las dos se diluyen entre ambas, salvando a grandes zancadas la distancia, volviéndola insignificante.

Desde afuera, parece que soy yo la que te esté abrazando, pues con los años y el paso de la vida, tu estatura disminuye. Aquel cuerpo que antes me dominaba con una sola mano, hoy puedo envolverlo con el mío. No así tu mirada, igual de salvaje y poderosa que siempre, capaz de dirigir los destinos de todos nosotros.

Hoy estamos tristes, cada vez quedan menos de aquellos que formaron tu juventud. Su recuerdo lo mantendremos caliente entre ambas. O así debería haber sido. Hoy no puedo abrazarte, ni siquiera acercarme demasiado. Nos cogemos de la mano todavía oliendo a alcohol, manteniendo una distancia que nunca ha existido antes para poder mantenerte a salvo aquí conmigo…


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El sonido del silencio

Desde mi silla favorita te escucho hablar. En verdad no es una silla cualquiera, es más una butaca, una especie de silloncito que me regalé para sentarme a pensar. Siempre me ha gustado perderme entre la niebla de mis pensamientos viendo el mundo rodar, lejos de todo. Demasiado lejos también de ti, quizás.

Ese “tenemos que hablar”, resonó en mí con banda sonora propia, igual que una producción barata de televisión con actores demasiado mayores para sus roles a desempeñar. Soltaste esas tres palabras y el resto fue ruido, vocablos sin sentido formulados para explicarme, para que te entendiera, para que comprendiera lo impensable.

Todo cobró sentido cuando escuché la puerta cerrarse tras de ti. El silencio real me golpeó con intensidad, por primera vez la soledad me saludaba para quedarse después de haber jugado tanto a acercame a ella.


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Tu venida

Última colaboración con letras y poesía que podéis leer aquí, espero que os guste!


Aguardo todavía sangrante tu regreso, con pinturas de guerra en el corazón, adornado con costurones que lo atraviesan de norte a sur, de este a oeste y viceversa, regulando el tráfico irregular que me provoca tu reciente recuerdo.

Dicen que te perdí antes de haberte tenido, que era muy joven, que no era mi tiempo y mucho menos el tuyo. Dirían lo que fuera, esa es la verdad, afirmarían que el cielo ahoga a los vivos y que el mar revive a los muertos en vida. Dirían lo que dijeron cuando todo comenzó, cuando te atisbaron por primera vez entre los pliegues holgados de mi ropa. Miraban, observaban en la distancia, entre apenados y cautelosos, prudentes y atentos al efecto llamada en sus hijas, tratando de protegerlas del mundo, olvidándose de que el monstruo suele estar debajo de la cama.

Me quedé sola, aunque ya nunca lo estaba. Te hablaba, pero no podías contestarme, lo que no sabía es que nunca llegarías a hacerlo. Ahora la pena se refleja también en sus rostros, mucho más que antes, pero yo sé que también están aliviados de que no estés, de que te quedaras a medio camino… pero me lo guardo en el cajón de rencor en que me he convertido.

Puede que ya nadie entienda de quién estoy hablando, que el amasijo de carne blanda y sangrante que todavía soy nuble la claridad de mi juicio, pero sigo esperándote, aunque sepa que ni siquiera llegaste a venir.

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El Calor

Agosto golpea con fuerza las persianas, cerradas de cal a canto desde las diez de la mañana. Los habitantes de la ciudad se derriten poco a poco, chorreando sueños húmedos que nada tienen que ver con su libido adormecida por el calor.

Ella suspira con cansancio, no le resulta extraña la sensación de asfixia, la experimenta cada año en esta época y debería estar acostumbrada, pero lo cierto es que su cuerpo se niega a aceptarlo. Como cada noche se tiende desnuda sobre la cama, cubierta únicamente por unas braguitas un tanto deshilachadas por un costado, a ella no le importa y desde luego no tiene a nadie al otro lado de la almohada a quien impresionar. Podría ser que en ocasiones extrañase la calidad de alguien a su lado, no le resulta desconocida la sensación, pero esta noche no es una de esas veces, pues siente que poco a poco se va deshaciendo encima de la colcha de flores blancas.

Hace demasiado calor para pensar, para sentir, para follar… la mente trata de quedarse en blanco, fresca de preocupaciones que agiten el interior ardiente que la caracteriza. Las piernas pesadas, los párpados que apenas se sostienen, la nuca empapada de sudor que desciende en gotas lentas por su espalda, casi podríamos decir que la vida se le escapa entre los dedos…

Hace demasiado calor para respirar…

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Hablar por hablar

Hablar por hablar carece e sentido, las palabras son balas perdidas que se disparan sin intención de matar, como quien juega con un arma de fogueo y de pronto se da cuenta de está usando munición letal.

Cuando cierras la boca ya es tarde, el otro ya está muerto delante de ti.

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Echar a volar

Colaboración con Letras & Poesía que podéis ver aquí


Me gusta la playa con la marea baja, pasear de punta a punta y aventurarme con los pies desnudos entre las pequeñas olas que vienen a morir a la orilla, sobre todo en otoño y primavera. Es entonces cuando la soledad de la playa te permite sentirte de verdad, cuando el sonido del mar viene a ensordecer todos esos pensamientos negativos que te gritan que no eres suficiente, que no puedes, que no vas a llegar. Basta.

Me encanta el tacto de la arena en los pies, enterrarlos y sentir la humedad entre los dedos bien estirados. Es como sentir el frío dentro de mí, buscar una anestesia natural, un entumecimiento que comience en los pies y continúe escalando todo mi cuerpo echando raíces, hasta que me paralice, que me permita no volver a sentir.

Los primeros rayos del amanecer están entre mis favoritos, los que se reflejan sobre las bateas de la ría de Vigo cada mañana, bajo la sombra de las alas de una gaviota madrugadora y todavía silenciosa. Al grito de “tierra a la vista”, trato de meter todos mis miedos en un cajón y enterrarlos bien profundos, donde ya no pueda llegar a ellos, donde no me vuelvan a molestar.

Todo ello bulle en mi mente, las sensaciones, los olores, mi vida vivida entre lo conocido mientras el tren se arrastra despacio como una oruga testaruda a lo largo de la accidentada orografía, alejándome poco a poco de mi lugar en el mundo. Cuando quiero darme cuenta, los valles verdes y las montañas, son reemplazados por campos que se extienden amarillos allá donde alcanza la vista. La tierra cambia al rojo desértico de las ventas deshabitadas, y los girasoles vuelven sus caras al verme pasar.

Los nuevos comienzos siempre dejan atrás algún final… yo siempre echaré la vista atrás, buscándote en el retrovisor.

 

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Entrevista realizada por Letras & Poesía

En octubre de este año tan raro que llevamos, se cumplen cuatro años de mis colaboraciones con Letras y Poesía. Han sido unos años llenos de cosas buenas, de experiencias nuevas y nuevos compañeros en el mundo de las letras. No puedo estar más agradecida a todo el equipo por el camino recorrido, ojalá nos resten muchos más años compartiendo el amor por la literatura.

Aquí os comparto la entrevista que me han hecho, espero que os guste!

El miedo

Los monstruos acechan, se esconden al otro lado de la pared, ocultos tras el velo claroscuro del atardecer. Es la luz color sangre del ocaso la que mejor los moldea, la que les insufla la vida que te falta a ti tras cada respiración.

El miedo es compañero de vida, acecha tras cada esquina controlándolo todo si se lo consientes. En ocasiones eriza tu cuerpo en señal de advertencia, y es mejor echar a correr sin dudar.

Nos acompaña siempre; de niños nos cuidamos de dejar la mano colgando del colchón, por si acaso algo acecha en la oscuridad debajo de la cama; de adolescentes nos revolcamos en las tinieblas de la confusión de unos sentimientos inabarcables; la etapa adulta de la vida viene acompañada de una niebla densa y espesa, que en ocasiones te permite ver a duras penas el camino que tienes frente a ti, y en otras te conduce como el minotauro en el laberinto: vagando sin encontrar jamás la salida.

Cuando mira, desnuda de toda mentira. Despoja de los disfraces que nos enfundamos para salir al mundo y sentirnos un poco más valientes.

Para aprender a vencerlo basta con mirarlo a los ojos y no apartar la mirada jamás.

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Radioactive

El mundo es un lugar radioactivo, lleno de trampas mortales listas para exterminar a los colonizadores que le están destruyendo de dentro a fuera. O quizás debería serlo.

En el Apocalipsis de nuestra época, mientras los colonos nos hallamos encerrados observando desde detrás del visillo, buscando una oportunidad para hacer el mal, reviviendo sentimientos colaboracionistas propios de otras épocas, acusando sin ton ni son, dejándonos llevar por el pánico y por el odio hacia los que son diferentes, o los que se ven parecido pero no igual a lo que el espejo nos muestra; mientras todo eso pasa, el mundo al otro lado del cristal florece, respira y se despereza, se descontractura del sometimiento al que lo teníamos sujeto. Ya no vibra, ni tiembla con angustia. Las otras formas de vida toman el control temerosos del día en que nos liberen del confinamiento, cuando con botas militares destruyamos el pequeño atisbo de recuperación.

Nuestra forma de vida es un problema y nos negamos a admitirlo. Arruinamos a nuestro paso todo lo que tocamos y ni siquiera somos capaces de notarlo, de dar un paso al frente y cambiar. Decimos con la boca llena que somos humanos, que la nuestra es la mejor manera. Repetimos con desprecio: “no seas un animal”, cuando ellos no llevarían a cabo muchas de las más repugnantes acciones que nos aderezan cada día las comidas y las cenas durante el noticiario diario.

La liberación será paulatina, poco a poco volveremos a invadir los caminos, los mares y los cielos, echando sin contemplaciones a sus otros habitantes. Ojalá la tan mentada nueva normalidad tenga poco que ver con la anterior.


Colaboración con Letras y Poesía, ver aquí

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