Caer en el abismo

Después de la cuarta copa de vino todo se le empieza a difuminar.  Ella no bebe, en realidad ninguno de los dos suele probar el alcohol, pero la tensión era demasiado fuerte, e imposible obviar el tren con miles de vagones de recuerdos y sentimientos enterrados.

Así que bebieron. Pero esa sensación sigue ahí, justo en la boca del estómago, semejante a estar al borde de un precipicio e intentar inclinarte hacia delante con sumo cuidado todo lo que puedas, pero sin llegar a caerte. Es un sentimiento poderoso, atrayente como un imán hecho a su justa medida.

Esta noche, el tocadiscos suena en un rincón tarareando viejas glorias cubanas. Las ventanas abiertas de par en par permiten que la noche templada llegue hasta el sofá donde las dos figuras continúan suspendidas a medio camino de la boca del otro, a punto de abalanzarse sin arnés de seguridad y de cabeza al abismo más profundo.

Como en ese momento previo cuando eres consciente de que vas a hacer algo que no debes, que está mal en algún sentido cósmico, y a pesar de ello te ves a ti mismo haciéndolo antes de ejecutar la acción, de la misma manera, ellos saben que sus cuerpo se encontrarán una vez más, para escenificar lo que tan claro puede ver el ojo del alma.

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Triste Felicidad(Letras & Poesía)

Texto publicado en una de mis colaboraciones para Letras & Poesía, para quien se lo haya perdido.

Triste Felicidad


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Yo soy feliz en  mi tristeza, en esa en la que un día perfecto es aquel en que el otoño más lluvioso se deja ver o en el que la primavera llora porque el invierno se va. Porque soy de las que mira el cielo buscando nubes de lluvia que incendien mi corazón con  la melancolía, porque sí, a mí me gusta la lluvia, me gusta el olor que trae consigo y el fuerte repicar contra un tejado de madera. Me gusta que me moje las ideas y haga que mis ojos se desborden de lágrimas que no fueron ni van a ser derramadas.

No siempre es necesario sonreír, muchas veces con un amago de sonrisa basta para iluminar el día más aciago cuando te cuesta tantísimo fingir que estás bien. Todo vale, estar triste también, al final las aguas revueltas siempre vuelven a su cauce.

Soy la chica de las decepciones. Si no esperas nada, nada te puede sorprender. No soy mejor ni peor, pero escribo sobre lo que conozco y de decepciones sé un poco. Sé demasiado de esa sensación de pérdida, de mirar alrededor y ver como todo pierde su significado… Palabras, frases y gestos que ahora están vacíos, cuando un día rebosaron intenciones secretas.

Hubo un antes en el que cada farola, cada árbol, una plaza, un parque, una esquina… Todos tenían algo especial y aunque solo fuera tu mente la que se paseara por allí, era inevitable que esa amplia sonrisa asomara en la comisura de tu boca, hasta el día en el que fue sustituida por el vacío. Vacío que termina por definirte, por anclar esa mirada triste en el fondo de tus ojos, volviéndote una fortaleza inexpugnable a los ojos de los demás.

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Destatuada de ti

 

Como borrar lo imborrable.
 
Como destatuar el dolor que una vez se te grabó en la piel como un viejo tatuaje mal cicatrizado.
 
Son preguntas de las que has perdido la respuesta antes de encontrarla, pues la perdiste mientras transitabas por el mismo camino que te alejó de él. Dolor ineludible que llega tras su absurda pérdida.
 
Todos esos lluviosos años de recuerdos llorosos que se agolpan detrás de tus ojos, que miran a un lado y a otro, buscando un callejón alternativo que no existe hasta que  te desbordas de toda emoción, emoción descarnada sin sentido.
 
Pero ya no queda nada de aquel amor.
 
Solo permanece el dolor. Ese dolor que grita arriba y abajo en tu piel destatuada, pero da igual,

siempre os conoceréis de memoria.

 

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Radio silencio

Léelo también en Letras & Poesía


Ya casi no me queda nada de ti dentro, vas purgando tu efecto en mí como una mala droga, de las que te hacen tocar el cielo al principio y te descienden a los infiernos sin que te llegues a enterar mientras suena radio silencio, la que siempre tienes sintonizada para mí.

No te das cuenta. Simplemente coges las maletas y te vas. Me besas y me abrazas, eso siempre, y también me dices que me quieres y que me echarás de menos, pero esas palabras ya suenan huecas. Sales por la puerta y un cristal antibalas se instala entre nosotros, la distancia impone su ritmo y tú te dejas, te despistas y la dejas hacer, como si fuera una amante demasiado exigente.

Dime que hay de cuando me besabas con toda boca, no solo con labios secos. Dónde se quedó el dormir en brazos del otro, ahora para alcanzarte debo eludir el foso de distancia que impones en la cama por tu comodidad. A dónde mandaste las bromas, las risas compartidas, las ganas de mí.

Dime donde estás y te prometo que voy a rescatarte de ti mismo si hace falta, pero pídemelo…

Pídeme que te traiga de vuelta, que te que bese con los ojos como antes, que dimensione la distancia para ti de manera que deje de importar. Pídemelo y convertiré al arco iris en máquina del tiempo por y para ti.

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Ahora que te vas a casar

Me gustaría poder tenerte frente a mí y ser capaz de decirte lo que delante de este cursor que parpadea se me escapa. Se supone que debería poder expresar lo mismo desde aquí que a la cara, pero la verdad es que no puedo, ni siquiera me imagino qué podría llegar a decirte.

Supongo que te felicitaría, con las manos temblando y una sonrisa vacilante en la boca claro, pero lo haría, faltaría más. Luego todo se funde a negro como la pantalla de cine después de los créditos.

Me gusta pensar que sería un encuentro casual y desenfadado donde no hubiera lugar para rencores ni palabras con dobles sentidos por una vez, pero no lo puedo asegurar. No puedo hacerlo porque es inevitable pensar por qué nosotros no lo conseguimos, por qué nos quedamos al principio del camino tantas veces sin llegar si quiera a avanzar unos metros más allá.

No se trata de un anhelo de última hora, ni siquiera es algo que me hubiera gustado alcanzar. Es la frustración de comprobar que podías llegar a ser quién yo sabía que estabas destinado a ser mientras te empeñabas en lo contrario.

Me gustaría muchas cosas, pero sé que no podría. Sé que no sería bonito de ver, ni siquiera sería una de esas escenas de película donde se encuentran años después y aunque incómodo, todo está bien, todo está perdonado y ya nada importa. Claro que me gustaría, pero yo no soy así y tú me doliste demasiado, tanto, que prefiero alegrarme en la distancia, sin saber nada más que me haga recordar .

No suelo pensarte a menudo y es mejor así, pues tu recuerdo está teñido con la vergüenza de no saber querer.

Espérame, aquí estaré

Dame el sonido del bosque en medio de la ciudad agitada, el calor del verano en las noches más frías del invierno, la nieve en el desierto a las tres de la tarde. Dame todos los imposibles que puedas prometer hacer posibles y cámbialos por un beso en la frente cada mañana, por un mordisco inesperado en el hombro, por un te quiero tranquilo.

Si me pierdes en la noche, búscame al otro lado del cordón rojo. Prometo estar siempre al otro lado, preparada para dar el tirón necesario que te devuelva a mi lado.

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Mírame

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Las gafas redondas no acaban de sentarle bien a la forma de su cara, pero a ella le gustan tanto que se empeñó en llevárselas a pesar de la supuesta opinión experta de la dependienta de la óptica. No es una cuestión de moda sino de convicción.

Ahora la mirarán, de un modo u otro conseguirá que se fijen en su cara durante unos instantes. Como cuando el pelo verde, que la novedad duró casi dos semanas enteras durante las que la gente que solo se dirigía a ella para dedicarle cada día un nuevo par de ingeniosos insultos, se acercó para decirle lo guay que le quedaba la melena así teñida. Claro que también hubo quien se rio en su cara y a sus espaldas, pero por una vez no se había sentido sola del todo.

Esta vez ocurriría lo mismo, no podía ser de otro modo.

Excepto que no ocurrió nada. Ni aprobación ni rechazo, tan solo indiferencia, de esa que te seca en el interior los sentimientos, llegando incluso al cielo de la boca, obligándote a tragar la agria pastilla de la soledad, acercándote un paso más al abismo.

Como a ella, quien lució para siempre sus gafas nuevas en la fotografía de su reluciente y autoimpuesta lápida.

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Samaín

En el día de los muertos la línea que separa los mundos es muy fina, tanto que si te descuidas puedes pasar de un lado a otro sin ni siquiera notarlo.

La noche del 31 de octubre todos se disfrazan importando la festividad americana de Halloween. Cubren sus rostros con máscaras monstruosas y se hacen pasar por las criaturas que pueblan sus peores pesadillas mientras van en busca de dulces.

Es la noche perfecta para pasar desapercibidas, nadie se va a sorprender de un extraño trío femenino que viste con ropas oscuras y pinturas rituales en la cara, al fin y al cabo van disfrazadas de brujas.

Cuando por fin llegan al claro del bosque, encienden una potente hoguera que atraerá la atención sobre ellas, pero esa es la intención: en esta noche alguno de ellos será el sacrificio ofrecido a sus ancestros, a aquellas que antes de ellas mismas vagaron por la tierra consumidas de poder y marginadas por la sociedad. Hoy serán recompensadas…

Al día siguiente mientras se prepara el desayuno, Molly observa distraída como la presentadora del canal de noticias informa del hallazgo de varios cuerpos sin vida encontrados en el bosque la noche anterior. Todos los indicios apuntan a una fiesta de Halloween donde los chicos abusaron de algún tipo de sustancia y murieron de sobredosis.

Molly sonríe satisfecha, en los tiempos que corren resulta de lo  más fácil honrar a los antepasados…

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Acuarelas

La plaza mayor se agita a tu alrededor: los niños recién salidos de la escuela, las madres merienda en mano, trabajadores que vuelven a sus casas, enamorados que exprimen las últimas horas de sol del otoño. Todo ello es realidad y también acuarela, técnica en la que tu trabajas mejor: emborronándolo todo primero para luego definir con precisión.

Siempre en la misma terraza, sentado cada vez en un ángulo distinto, dispuesto a captar cada vez una nueva y mejor imagen que plasmar en el papel. Los camareros que no te conocen tuercen el gesto cuando ven para que usas el vaso de agua que les has pedido. Los hay que conocen tus costumbres te lo ceden con gusto, saben que luego se quedaran con un pedacito de tu arte.

Porque así eres tú, creador y artista, de esos que dejan que sus obras vuelen lejos de él para encontrar su hogar. El arte es poco agradecido dicen, pero es alimento para el alma.

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Tu peor enemigo

Cada mañana está ahí para juzgarte un día más. Debes enfrentarte a su cruel veredicto con el cuerpo y el alma desnudos. Acatas en la sentencia desfavorable con la resignación de quien se sabe condenado, convencida de que su verdad es universal y no está en tu mano modificarla.

Así, otra un nuevo día más te arrastras de vuelta a la miseria del autodesprecio incapaz de enfrentarte al reflejo que te devuelve el espejo.

Te dejas vencer sin ni siquiera mirar de verdad, sin atreverte a ver más allá de esos supuestos defectos que solo lo son para tus ojos expertos, maleducados en revistas y programas más irreales que los mundos de la magia.

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A los que esperan en casa

Sois vosotros, sois los pilares que les hacen resistir, en quienes piensan para volver a casa tras cada día difícil, por quienes se angustian cuando la jornada se alarga y no pueden tomarse un momento para avisaros.

Sois la otra cara, la sufridora, la que hipoteca su vida por la de ellos y por la de todos en realidad, porque les seguís por todo el país, voláis lejos con alas prestadas, con el orgullo que solo entre vosotros podéis compartir porque no todos lo entienden.

Son muchas las veces que habéis de callar, aguantar los insultos casuales temiendo reacciones adversas, pasando de largo ante pintadas ofensivas, tratando de encontrarle explicación a algo que no lo tiene.

Pero calláis y bajáis la cabeza, porque no merece la pena, porque todos pertenecéis a la misma familia.

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Es complicado

Octubre recién estrenado arrecia hojas tibias sobre ella que se balancea en el columpio frente a la casa como si no hubiera nada más alrededor. Con aire adolescente mueve los pies de adelante para atrás, al ritmo de la música que solo se escucha en su cabeza, al son de la Avril Lavigne de Complicated.

Se deja llevar por la impaciencia y las decepciones de su yo adolescente, por el rímmel mal aplicado y el eye liner desbordando unos ojos demasiado grandes ya de por sí. Permite que las sensaciones la arrastren, como si deseara ser una de esas hojas que se agita libre en el cielo antes de precipitarse hacia el suelo.

De pronto comienza a impulsarse con furia, cada vez más fuerte. Los nudillos blancos de sujetarse a las cadenas del columpio. El cuerpo inclinado: ahora adelante, después hacia atrás. Rápido, rápido, más rápido.

Hasta que llega la caída, pero no estrepitosa sino calculada y elegante, un salto felino hacia el vacío desde el columpio.

Vuelve a tener los pies en la tierra de nuevo, esta vez para siempre…

 

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Concierto privado

La música suena de fondo, la misma que el verano pasado vivimos saltando como dos locos enamorados en los conciertos. Hoy sin embargo, suena más suave y acústica para que puedas tocarme al ritmo sin perder un solo compás.

Me tienes sentada sobre tus rodillas, agarrada como si fuera esa guitarra española que sé, te hubiera encantado aprender a tocar. Mi cuerpo hace las veces de ese sueño incumplido, supliendo la aspereza de las cuerdas, con la suavidad de mis curvas bajo tus dedos.

Rozas despacio mi piel, con la palma de la mano, procurando arrancarme el sonido de lo más hondo de la garganta, raspado los recuerdos de casi una vida de mutua compañía, de locuras y aventuras, de tonterías.

Somos distintas caras de la misma manera, indivisibles en su conjunto, unidas en su futuro.

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